JOSÉ LEZAMA LIMA (1910-1976)

José Lezama Lima nació en La Habana un 19 de diciembre de 1910, murió en esa ciudad el nueve de agosto de 1976. Llevo años leyéndolo y escribiendo sobre él, he aquí algunos de esos poemas, seleccionados entre otros escritos. Cuando los escribí tenía entre 17 y 20 años:

Foto de Chantal Triana a JLL en mi escritorio, regalo de la autora.
Foto de Chantal Triana a JLL en mi escritorio, regalo de la autora.

EL LIBRO QUE ACABO DE LEER

Desde años esta lectura me estaba destinada,

desde una calle, un estante, unos ojos,

desde la adolescencia y la vejez de su autor.

Desde una casa con columna salomónicas,

la única de la barriada.

Desde estas letras a mis ojos hay una sabiduría de siglos

desde aquellas manos a mis manos hay un silencio metafísico.

Desde años este libro me estaba esperando

en la brevedad del recinto de la poesía.

 

RUMOR EN EL OJO

Oh tú impedido, sombra sobre el muro

José Lezama Lima

 

Ante tí no tardaré en desnudarme

ni me reiré muchas veces a hurtadillas.

No puedes devolverme los sudores.

Ante ti la foto se quedará vacía

y el que quiera escriir que escriba,

vamos a ver qué palabras utiliza.

No se me va a caer la piel,

el pudor no va a intoxicarme.

Amores no hay,

pero un pequeño enlace, un detalle.

Yo te perseguiré, tú déjate,

en la procesión de los desnudos.

Hazte simple que será más difícil.

Mi boca irá a buscarte.

Ante ti, colapso de la luz,

me abrazaré al muro

donde quedaremos retratados en la posición del sueño.

 

ENCUENTRO CON JOSÉ LEZAMA LIMA

En el verano de 1976 yo escribía unos versos terribles

y usted moría.

En ese mismo verano me fui a explorar la soledad cósmica,

el laberinto de los muertos, sin saber,

que dentro de unas horas allí estaría usted,

dialogando con los espectros y humedeciendo el caos

con su aliento desmesurado.

Yo, huesped temporal, me fui perdiendo en la niebla del valle.

Sospecho que pasaron años hasta llegar

al castillo custodiado por los monstruos de Bomarzo.

Allí, en cada espejo está espiándonos un sueño.

En un aposento se celebraba la tertulia de las ánimas de los poetas.

Entonces lo vi, meciéndose en un sillón terrenal,

y usted hablaba de la vida.

Lautrèamont escribía desenfrenadamente

y la tinta de su pluma olía a sangre.

Góngora y Quevedo discutían muy bajo

y se golpeaban con duros versos.

Rimbaud y Verlaine también se pellizcaban rabiosamente.

Valèry se asombraba de este cementerio, tan lejano

del mar.

Darío sonreía como un noble león

y Vallejo temblaba de hambre y aún chorreaba de sus ropas

el último aguacero de París.

Usted los citaba a todos y ellos tomaban notas

para después citarlo a usted en el futuro.

Escondido dentro de una raída sotana

San Juan de la Cruz rezaba un no sé qué.

Jorge Marique recordaba cómo le vino la muerte, tan callando.

Juan Ramón Jiménez le confiaba secretos a Platero,

mientras Lorca sostenía al borrico por las riendas.

Neruda se agachó a recoger un pañuelo bordado con el nombre de Maligna.

Usted le sonrió y él le hizo un guiño cómplice.

Vi otros rostros desconocidos y me di cuenta de que tenía que leer mucho.

Un hombre menudo de frente ancha y ojos vivos

reaccionó sencillamente cuando usted lo citó.

Y se abrazaron mutuamente, estrujándole

con su corpulencia la levita impecable a Martí.

Los locos somos cuerdos

y por primera vez le oi reír con su inconfundible acento asmático:

Gracias maestro

                                por hacer posible

                                                                     lo imposible.

El encuentro de esas dos luces fue demasiado para mis ojos reales.

Entonces sospecho que sólo demoré unos segundos

en volver a la lentitud de la vigilia,

a continuar con una página de Enemigo rumor.

(Del poemario Respuestas para vivir, 1980, publicado por Letras Cubanas en 1986)

 

UNA OSCURA PRADERA ME CONVIDA

 

A José Cemí

 

a poner mi cuerpo sobre ella

y tantear sus privilegios

sabio es aquel que se aleja del deseo

y se entrega a su soberbia

eros de sí mismo

qué suave es este mineral

si se marcha    a su regreso

sus dedos no serán los mismos

aquellos hundidos en la furia

qué suave   qué suave es este gas

una sola alegría em convida

suave    suave    como una pantera.

 

TROCADERO CIENTO SESENTA Y DOS

 

Retrato de José cemí

Trocar, Trocadero, anapestos, trocaico, se deciden…

JLL

 

Oculten el cenicero donde la mano magnífica

apoyó la flauta de humo,

no quedará un vacío implorante,

el azar salvará el contorno de la huella.

Tamborilean los dedos sobre el aliento reservado

que empaña el cristal de Murano

y el pecho se define dentro de la camisa

suspendiendo la risa que lo agota.

Queso y miel derramará el eclipse de luna

sobre el abandonado sillón

y el aire serenado de Salinas le apaciguará el paladar.

Baila el eco sobre el centro,

allí donde en punto se fuga el humo.

Toleraremos la ausencia y recogeremos

piedrecitas vivas y febriles.

Que no oculten el sereno don coloquial,

que no oculten el sofocado coche,

al viajero salmantino que se abraza a la campana

de la única torre.

Rodea al retrato luz no usada

y el tabaco tiembla dentro del susurro.

(Del poemario Todo para una sombra, editado por Taifa en 1986)

 

MINERVA TRADUCE MIL VECES LAS OLAS

Minerva define el mar

JLL

 

Traduce el mar

para consagrar las fuentes del desierto

los santos escupen oasis en las bocas

Él llega como la arena

constante furtivo quemante

ama esa extraña soledad de ola

Yo arranco las gotas de aceite que llora como un dios

y puedo masticar erizos sin escatimar serpientes

El cangrejo no trajo corona

en castigo por querer traducir el mar.

(De Cuerdas para el lince, Lumen, Barcelona, 1999)

Mi escritorio en París, un poco regado: