NUNCA FUI PRIMERA ESCRITORA.

Nunca fui primera escritora. Antes que yo estuvieron los grandes, los que me influenciaron, a los que agradezco horas de lecturas. Mi madre nada tenía que ver con la literatura, en contra de su voluntad leí cientos, miles de libros. Nunca tuve, por suerte, una madre escritora que me indicara el camino correcto, y mucho menos que me despreciara por bruta. Mi madre creía que yo era la más inteligente, sólo porque me amaba, aún cuando no veía bien que me dedicara a escribir, ¿y eso, para qué sirve? Preguntaba.

A los diecisiete años escribí mi primer libro, con el título tan pretencioso de Respuestas para vivir, del que estoy sumamente orgullosa, porque fue una experiencia de adolescencia clara, transparente, y creí en todos los poemas que escribí. Mientras algunos se dedicaban a  fusilar inocentes yo escribía tonterías tales como que creía en la utopía de un comunismo poético, dedicaba versos a una revolucionaria suicida, a un poeta salvadoreño ejecutado, a las manos del guerrillero Reinaldo Escobar, hoy disidente en Cuba, poemas dedicados a Paul Eluard, a Nush, a Gala, al hombre del paraguas negro, a Picasso, a Mishima, a mi infancia, a mi barrio; el libro existe, ahí está. He colgado su cubierta en mi blog mil veces, he hablado de él en El Cultural de El Mundo, que también adjunté en este blog. No me arrepiento más que de ese título, tan juvenilmente presuntuoso.

Mientras tanto me enamoré de aquel hombre del paraguas negro, que devino escritor famoso en la isla, al que tronaron, y aún así tuvo la buena estrella de ser enviado a París, era mi marido, y con él viajé, y luego nos separamos, y me volví a casar, con un historiador de cine, un hombre bello, encantador, revolucionario. Ya en la época nos fajábamos por esas mierdas de la política, murió en un accidente de avión. En la misma época en que algunos secuestraban millonarios en Italia, y cometían actos terroristas, yo andaba de zarrapastrosa por París, visitando museos, posando desnuda para un fotógrafo. Pero todo eso lo cuento en mis novelas, lo contaré siempre, porque no tengo nada que esconder. A estas alturas, y con la cantidad de novelas que llevo escritas, ¿qué voy a necesitar esconder?

Por la misma época leía como una desaforada, acuclillada en las librerías, era una manía que arrastraba desde Cuba. O me quedaba días enteros en las ramas de la librería Shakespeare and Company, la librería de Sylvia Beach. Publiqué un artículo en la revista Bohemia que se titulaba Primer viaje, sobre esa librería, su librero, y sobre mi encuentro con el escritor irlandés Samuel Beckett, muchos escritores que hoy se encuentran en el exilio y que entonces estaban en Cuba, me criticaron arduamente. Regresé a Cuba, como he dicho tantas veces, porque creía que había que cambiar las cosas desde dentro, harta de ver afuera a una izquierda tan ignorante  en relación a Cuba, era otra época -lo repito.

Volví con libros que presté a amigos. Uno de ellos, pintor, me visitó, acompañado con una novia, una muchacha que no tenía nada claro de lo que quería hacer de su vida, si actriz, si pintora (imitaba a Zaida del Río), si poeta, tal vez guionista. Lo que si estaba claro era que padecía de mitomanía crónica. Le hablé de Anaïs Nin, de sus diarios.

Durante años me persiguió, uno de sus personajes televisivos -por fin llegó a ser actriz-, llegó a llamarse Zoé, como yo. Continuó acosándome con emailes, una vez yo en el exilio. Yo era su escritora favorita, me amaba, me adoraba. Con su marido músico me enviaba cartas lloronas desde La Habana, y yo, de comemierda, le mandé mis libros dedicados.

Se hizo francesa gracias al marido. Visitó París, me tocó en la puerta de la casa un domingo de invierno, salimos a un café. Lloró porque su madre se había muerto, cuando le conté que la mía también, en el exilio, ni me escuchó. La llevé al museo Víctor Hugo. Me habló de que estaba escribiendo una novela sobre Anaïs Nin, me alegré. Un día me envío desde México su primera novela, la leí, la guardé. Había necesitado tejerse una mentira alrededor de mi persona para poder escribir una historia. Juan Rulfo decía que la literatura era todo mentira, cosa que probablemente ella no sepa todavía. Guardé el libro y pensé en esa célebre película Eva al desnudo, o All about Eve, con Bette Davis como protagonista. Y me cerré al personaje.

Pero el personaje necesita siempre de mí para existir, y en una entrevista declaró que de mí sólo le gustaba mi poesía. O sea, la amante de mis novelas, en aquel momento, después, ya yo sólo le interesaba como poeta. Me cerré entera.

Nada de esto tiene importancia, porque si ciertamente se atreviera a decir la verdad, nada de ella lo tendría tampoco. Nunca fui primera escritora, ella tampoco. Pero al menos yo, jamás necesité de nadie para existir, ni siquiera imité la vida de nadie, y cuando me inspiré en escritores queridos lo reconocí alto y fuerte. Viajé, regresé a Cuba, pero jamás, jamás, trabajé para la policía política, ni denuncié a nadie, ni hablé mariqueras tratando de salvar lo «bueno de la revolución», jamás públicamente hablé mal de ningún escritor exiliado, aún cuando me pusieron el micrófono de los mejores canales de televisión del mundo para hacerlo. Y cuando me exilié, durante años, aguanté las socarronerías y ataques de muchos escritores de la isla, a los que yo misma les abrí las puertas de la edición en el extranjero con La nada cotidiana. Ignorar eso es infamia pura, y ellos lo hicieron, lo siguen haciendo.

Mi carrera literaria ha ido a contracorriente siempre, y me lo he ganado con esfuerzo, con trabajo, y no en un abrir y cerrar de «bollo» (que pudiera ser el panecillo español).

Pero lo más importante, repito, nunca fui primera escritora, antes hubo otras y otros, a los que quiero y admiro, y luego después ha habido otros y otras, a los que amo y apoyo. Mi madre nunca quiso que me dedicara a esto, pero me trataba como a una hija, y no como a una borrica a la que había que encuerar para que los hombres se quedaran a su lado, será por eso que tampoco heredé sus manuscritos, nunca escribió como no fueran cartas de amor. No heredé manuscritos, tampoco me los apropié, mucho menos borré su firma para plasmar la mía en su lugar.