LA MANO ABIERTA.
Zoé Valdés.
Llegué a Haití con el cielo estrellado, el aeropuerto estaba congestionado de personas que entraban y salían del país; en las pantallas de las televisiones mostraban imágenes del grupo de rap Barikade. La noche anterior los cuatro integrantes habían fallecido en un accidente de automóvil. La multitud no apartaba los ojos de las pantallas, ojos aguados, rostros serios.
-¡Terrible, ha sido terrible! Eran tan jóvenes, tenían tanto talento –me comentó una joven que me recibió de parte de una amiga-, es injusto.
Los maleteros corrieron hacia mí con la intención de cargarme el equipaje; aunque rechacé amablemente su ayuda fue inútil, uno de ellos me arrebató el maletín de la mano, y luego me pidió dinero: cuatro euros no le pareció bastante.
-¡Eh, quita, es más que suficiente! –soltó el taxista, conmigo y con Julie (así se llamaba la chica que me dio la bienvenida) dentro del taxi, arrancó el motor y casi arrastró al otro que no desistía de sacar la mano de la ventanilla en gesto de mendicidad.
Me sentí muy mal a causa del espectáculo, pero sólo me quedaban cuatro euros en el monedero.
Tomamos una carretera bastante oscura, y luego atravesamos barrios también muy mal iluminados. Sin embargo, las aceras estaban repletas de jóvenes, de muchachas y muchachos vendiendo algo, ropa, frutas, artesanía. También mujeres cocinaban en la calle, para la venta pública. De una vivienda a otra, atravesando la calle y haciendo arco encima de las cabezas, múltiples banderolas de tela desplegaban mensajes religiosos, católicos, y mensajes de apoyo a los familiares de los muchachos del grupo Barikade. Fue un trayecto intenso, de caras anónimas husmeando dentro del coche, cuando nos parábamos en un atasco.
Era la primera vez que visitaba Haití, iba a filmar un documental sobre la situación de pobreza, sobre la inestabilidad social y política y la inseguridad del país. Esos eran los temas que me habían señalado para que yo desarrollara a partir de ahí libremente el guión. No sólo debería escribir, además me habían encomendado la realización de la película. Los productores nos instalaron en uno de los mejores hoteles de Port-au-Prince, el Montana.
El viaje había sido largo, la entrada en el hotel demoró más de lo habitual porque un célebre cantante de rap que había hecho fortuna en América se encontraba allí expresamente para los funerales de sus colegas. El lobby estaba cundido de militares armados hasta los dientes, y de cascos azules que hablaban español, de origen peruano.
-Aquí hay mucha inseguridad, demasiados secuestros –me avisó Mikael, un periodista que enseguida se nos acercó y entabló conversación con nosotros.
Nosotros éramos: Julie, quien sería mi acompañante en las jornadas venideras, el camarógrafo, el sonidista que habían llegado un día antes y que me esperaban en el lobby del hotel. Registramos las habitaciones y subimos rápidamente a descansar para levantarnos temprano a la mañana siguiente
Las dimensiones espaciosas del cuarto me asombraron, solamente en la cama cabían cuatro más igual que yo. Tenía aire acondicionado, televisión con todos los canales del área, incluido Estados Unidos y República Dominicana. El baño también grande, a cuerpo de rey. Tomé una ducha, me recosté en la cama, cogí el libro de la mesa de noche para leer un rato, pero me quedé rendida. Soñé con una noche azul, y mucha gente alrededor mío. Dormí plácidamente, como hacía muchos años que no dormía.
A las ocho de la mañana ya estaba en el restaurante del hotel, lista para desayunar y partir hacia los barrios donde buscaríamos locaciones. Desde la inmensa terraza se podía contemplar el paisaje, la ciudad. Hacía mucho calor, y una luz natural y muy blanca dominaba el ambiente.
En una mesa redonda, también enorme, se presentaban diversos menús, bandejas repletas de frutas de todos colores y sabores, también de ensaladas de cualquier tipo. Panes, cruasanes, dulces. La abundancia me perturbó bastante. Además de que, para colmo, uno se podía dirigir a la cocinera y ordenar huevos con lo que uno quisiera, jamón, queso, hierbas refinadas, papas.
Desayuné frugalmente, me molestaba comer tanto en un país que tiene fama de ser uno de los más pobres y hambrientos del mundo. Tony, Andy y Julie se burlaron de mí. Pero tampoco ellos se animaron a comer más de lo adecuado.
El jeep nos condujo por calles angostas, mal hechas, casi todas empinadas. Por nada vomito a causa del traqueteo. Observé el mismo espectáculo que la noche anterior, mucha gente en la calle, muchos vendedores de todo, las casas en mal estado, carteles y pintadas con invocaciones a Jesucristo y frases admirativas hacia el grupo de músicos. También pasaron a nuestro lado mujeres, niños, y hasta hombres con bultos o recipientes en la cabeza, como en la típica imagen de la pintura haitiana, que es una pintura que aprecio enormemente.
La pobreza es evidente, pero jamás la miseria de la que hablan en los telediarios. Los haitianos son muy activos, trabajan, se mueven de un lado a otro. Port-au-Prince es una ciudad que no para, no cesa en su movimiento humano. Yo llevaba el número de teléfono de una amiga escritora, Delphine Thiot. Delphine había decidido mudarse a Haití, quería ayudar de alguna manera, aunque fuera con su escritura, eso me había dicho cuando nos despedimos en París tres años atrás. Nos dimos cita para el almuerzo. Después de elegir algunas zonas de los barrios de Petionville y de Bàs-peu-chose para las locaciones de filmación, me fui al almuerzo con Delphine.
-¿Cómo te sientes? ¿Has conseguido lo que deseabas, ser útil de alguna manera? –Pregunté sin darme cuenta de la ociosidad de mi pregunta.
-Me siento mejor que nunca, creo que ellos han sido más útiles para mí que yo para ellos. Esta gente me ha dado mucha energía. Es cierto, tienen problemas, enormes problemas sociales, políticos. Hay hambre, pobreza, en ciertos sectores hay mucha hambre y pobreza. Pero no paran de luchar, trabajan como bestias, y se levantan en contra de las injusticias. No son perezosos, nada que ver con nosotros, por ejemplo.
Busqué en lo hondo de sus ojos, no porque sospechara que no me dijera la verdad, confiaba en sus opiniones plenamente, pero quería saber si ciertamente se sentía satisfecha. Sus ojos brillaban vivaces, de una manera diferente mientras me contaba sus experiencias haitianas.
-No me he quedado solamente en la ciudad, he viajado por el interior. Conozco todo, o casi todo –añadió.
Durante los días que viví en Haití (fui por una semana y me quedé un mes) no dejé de ver ni uno solo de ellos a Delphine. Julie venía a buscarnos temprano, dábamos nuestro recorrido, filmábamos, entrevistábamos a la gente, la gente hablaba, sonreía, compartía sus vidas con nosotros. Había peligro sí, sobre todo por la noche, pudimos advertir a hombres armados a las entradas de los restaurantes, y al borde de los caminos, con cuchillos, pistolas, escopetas.
-Hay muchos secuestros –nos explicó Julie.
Regresábamos a eso de las diez, y escribía hasta las doce o la una. Al día siguiente filmábamos en función de lo que yo escribía. Pero yo sólo escribía lo que había visto, lo que la gente me contaba, o lo que sus miradas narraban, sin necesidad de hablar con ellos.
Y cada día almorzaba con Delphine.
-Sabes, lo que me sorprende es que no he visto mendigos en las calles, como por ejemplo, en París.
Delphine no pudo aguantar la carcajada.
-Y sin embargo, cualquier haitiano de los que has visto está menos protegido, probablemente, que cualquier mendigo parisino. ¿Sabes lo que sucede? Que esta gente tiene mucha dignidad. Hay un hambre del carajo, pero no se permiten perder la dignidad. Y nosotros hemos perdido esa dignidad. Esta gente trabaja, aún en la mierda más absoluta.
-¿Y por qué no salen de la pobreza?
-¿Por qué? Porque los explotan, porque no les dan trabajo para que puedan comer, o tienen para comer pero no tienen lo demás para vivir. Lo peor es el hambre, comer es lo esencial. Porque tienen hambre física, real. Y porque siempre hablamos de los pobres de Haití, pero jamás hablamos de los ricos que viven en Haití, que no se ocupan de sus pobres, que no los asumen, que hacen bien poco por cambiar esa situación.
-¿Habrá una revolución? –fui ingenua.
-¿Otra?
Largo silencio.
-¿Sabes por qué el mundo está tan jodido? –Delphine encendió un tabaco Guantanamera comprado en el hotel a un médico cubano.
-Lo sé, lo sé –balbucee.
-No, tú crees que lo sabes, como todo el mundo. Como yo antes creía que lo sabía. Creo que tengo la explicación, o una mínima explicación. Porque al hambre real respondemos con un hambre espiritual y moral devastadora. Esa hambre es también terrible, no más que la real, ya lo sabemos. Pero entre la pobreza de ciertas partes del mundo y la riqueza en otros la distancia ya es inmedible, porque es abismal. Ya hay mundos que aún cuando se encuentren no podrían entenderse.
Me contó que ella había comprado el tabaco que estaba fumando al médico cubano. Un médico enviado por el gobierno de Castro a Haití. Ese médico en Cuba no tenía nada, ni casa propia, ni comida, ni ropa, el Estado le pagaba con un miserable salario. Comía comprando y rapiñando en el mercado negro. El Estado lo envió a Haití en una misión internacionalista, pero Haití le pagaba a ese médico un dinero a través del Estado cubano, el gobierno castrista le quitaba el dinero, y sólo le dejaba una miseria para vivir, como mismo lo hacía en Cuba. De dos mil doscientos dólares mensuales, el médico podía tocar solamente doscientos. Pero como era en dólares, y no en pesos como el salario que percibía en Cuba, pues para él era una ganancia magnífica, podía vivir bien con ese estatus en Haití y enviar dinero a su familia en Cuba, aunque eso sí, lo terrible era que no le dejaban viajar con su familia, su familia debía quedarse de rehén. Sin embargo, sus compensaciones tenía: en Haití podía hospedarse en el Montana, lo que le estaba vedado en su país entre otras cosas: hospedarse en un hotel, reservado sólo para extranjeros. Las primeras veces que salió, ella lo acompañó, el médico había quedado impresionado de la cantidad de gente vendiendo cosas en la calle libremente, eso en Cuba estaba prohibido, señalaba; sin embargo no podía soportar ver el estado de las casas, chozas las llamaba, aunque él vivía en Cuba en un bajareque no mejor que esas chozas. Sin embargo nadie hablaba de la miseria en Cuba, y eso sólo a causa de la politiquería barata. Dos formas de pobreza, dos hambres, bajo el comunismo una, y que todo el mundo ve bien y que pocos denuncian, añadió.
-Pero en Haití hay más hambre que en Cuba.
-No, están parejos, pero en Cuba han sabido taparlo y la gente que viaja a Cuba no quiere verlo. Ah, y hay otra cosa: en Haití hay pobreza, pero la gente se levanta, lucha. En Cuba, la pobreza mental de la gente se ha implantado como política, destruir la capacidad de defenderse de la gente ha sido un logro, una manipulación terrible de esa dictadura. Sabes, cuando me fui de Francia pensé instalarme en Cuba, lo intenté. Me di cuenta al instante de que no podía vivir en una sociedad tan histriónica, sumamente histérica, y además, tan pobre de pensamiento. No es el caso de Haití.
Tuve que darle la razón, conocía demasiado bien mi país, aunque hacía quince años que no había regresado porque no me permitían entrar. Le comenté, para cambiar la conversación un poco, que desde que estaba allí dormía apacible y profundamente, como un recién nacido. En Francia no paraba de ingerir tranquilizantes y pastillas para dormir.
-Te lo creo. Lo mismo me pasó a mí. No he dormido en ningún otro lugar mejor que aquí. Pienso que la razón es también sencilla. Aquí la vida es pura y sencillamente es esto: la vida, una lucha diaria para vivir; y no una simulación de lucha por una falsa vida. Eso es importante –apagó el tabaco en el borde de la maceta donde estaban sembrados unos maravillosos helechos gigantes y lo enrolló en un trozo de papel de periódico.
-Sabes, sé que es una pregunta idiota. Pero es la pregunta que siempre me hago, ¿por qué los ricos no ayudan a los pobres? ¿Cómo pueden vivir disfrutando de todas esas cenas, de todas esas riquezas, mientras otros mueren de hambre?
-Hay ricos que ayudan, son pocos, pero lo hacen. A los demás no les importa nada. Es esta época que nos tocó, que es así, una cagada. Y luego, estamos gente como nosotras, que creemos que con nuestra escritura (se tocó el pecho) y tú con tus películas vamos a cambiar el mundo. Nada, los que de verdad podrían cambiar el mundo no nos leen y no ven documentales sobre gente hambrienta, y dudo de que se interesen por los hambrientos. No estoy hablando de los políticos, esos monigotes que sólo mueven sus lamentables extremidades al compás de las moneditas que caen en la alcancía. Hablo de los ricos, de los que tienen el poder y el dinero para cambiar las cosas. Los políticos se han convertido en unos intermediarios mediáticos entre el dinero y la gente. A los millonarios les sacan el dinero a cambio de permitirles que sean todavía más millonarios, al pueblo les tiran las migajas de sus cretinos discursos y de sus mediocridades cotidianas.
-Entonces no hay esperanzas –murmuré.
-No la hay, pero debemos inventarlas, cada día, e intentar sostener a los que nos rodean, ayudar a nuestro entorno. No más. Pero no podemos perder el sentido de nuestras vidas, la esperanza. Es lo que nos queda. Lo otro es el pomo de pastillas o el tiro en la sien.
Me dio pavor el extremo pragmatismo de Delphine. Esa tarde salimos del restaurante y nos dirigimos a un pueblecito apartado, una especie de reparto aislado. Entramos en lo que parecía una casa, se trataba de una boutique.
-Aquí puedes comprar pintura haitiana, de la mejor –señaló mi amiga.
No se equivocaba, Delphine posee muy buen gusto y ojo para ese tipo de arte popular, una variedad de escenas pintadas en cuadros de desiguales tamaños, desde los más diminutos hasta algunos que medían cerca de cincuenta o setenta centímetros -nunca más grandes que eso-, mostraban cañaverales y negros cortando caña, el mar y gente pescando, bohíos con familias trabajando en labores agrícolas.
Alguien me tocó el brazo, me viré pensando que era Delphine. Se trataba de una anciana, la mirada nublada por los años, sonreía, y pese a su boca desdentada todo en su rostro era hermoso, estaba muy delgada; me tomó la mano y asustada rehusé la suya.
-No te hará daño, tampoco te está pidiendo nada. Te quiere dar algo –Delphine vino enseguida a socorrerme.
La señora me dijo en créole que se trataba de un regalo, y me puso en la mano abierta una muñequita pequeña, con una falda verde, una blusa amarilla, y un turbante rojo en la cabeza. Quise darle algo de dinero pero ella se negó, insistió en que se trataba de un regalo, y desapareció.
Corrí detrás de ella, pero me hacía gestos de que no, de que no la siguiera. Se perdió en uno de los patios de la casa vecina.
-¿Por qué me dio esa muñequita? ¿Por qué no me dejó pagarle?
-Ayer, cuando estuvimos en Petionville, le compraste frutas a su nieto. Ella estaba detrás, no la viste, pero ella sí que nos vio a nosotras. Yo la conozco. Le comenté a su nieto que vendríamos esta tarde a comprar cuadros. Y ella ha querido tener un gesto de agradecimiento contigo, y ha hecho todo ese trayecto para agradecerte.
-No era necesario. ¿Lo hacen con todo el mundo?
-Ella lo quiso hacer contigo. No hay manera de negarse.
Le comenté a Delphine que no tenía seguro de haber conseguido un buen documental, que el trabajo llegaba a su fin y que me invadía el temor, tenía la impresión de que los espectadores no verían lo que yo vi. Que estaba allí por un compromiso conmigo misma, pero que ya eso no importaba, que ahora necesitaba ayudar a esa gente, y que no sabía cómo. Y que tampoco deseaba vender la miseria ajena.
Me dio una palmada en la espalda, y entonces sus ojos perdieron el brillo y pronunció con la voz entrecortada, aunque queriendo aparentar ligereza: “Bienvenida al club”.
El sol rajaba las piedras, estaba cayendo candela pura, raíles de punta. De pronto el cielo se encapotó, empezó a tronar, y detrás vino un relámpago, luego el impetuoso aguacero.
-Menos mal que llueve, refrescará –reflexioné en voz alta.
-La lluvia es lo mejor que nos puede ocurrir en esta época. Porque contra la sequía no se puede hacer nada, sólo rezar y encomendarse a los dioses.
No pude evitar la risa. Ella se rió también.
-Después vendrán los ciclones.

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