… «-Me siento profundamente halagado -dijo y continúa con vivacidad-: Cuando mis amigos y yo quisimos seguir el trabajo de los impresionistas e intentamos desarrollarlo, buscamos sobrepasar sus impresiones naturalistas del color. El arte no es la naturaleza. Fuimos muy severos con la composición. El color era un medio de expresión del que debíamos sacar ventaja. Pero la evolución fue más rápida que nosotros. La sociedad acoge al cubismo y al surrealismo antes que nosotros hubiéramos esperado lo que considerábamos nuestro objetivo… Nos encontramos suspendidos en el espacio, de alguna manera…
Si la cultura moderna de después de la guerra, de la que salieron el cubismo y el surrealismo, deja extrañado a Bonnard, sin embargo el pintor continúa tranquilamente su trabajo a pesar de todo, parece estar seguro de su objetivo, no mira hacia el lado y no cambia de rumbo.
Pertenece a la generación que se batió por la libertad y por el individualismo, y para la cual el colectivismo y la tiranía son ideas desconocidas…
Y mientras tanto, nadie como Bonnard, entre los artistas vivos franceses o europeos, ha sido aceptado tan enteramente y ha encontrado simpatía de todas partes. Pudimos constatarlo últimamente, en una revista francesa de arte; un artículo sobre el escultor Maillol comenzaba con estas palabras: ‘Incluso Bonnard, entre los pintores, no es tan totalmente aceptado como él entre los escultores…’
Cuando por fin todas las fotografías fueron tomadas y que llegó la hora de irnos, Monsieur Bonnard lamentó el no poder pedirnos que nos quedáramos a cenar a causa de la enfermedad de su esposa; en compensación, se nos ofreció para indicarnos un sitio donde podríamos cenar y disfrutar de una vista hermosa. Nos condujo él mismo, en el pequeño auto que vimos estacionado en el patio, a un restaurancito frente al mar.
Cuando descendimos del auto, ya sin Monsieur Bonnard, él miró a su alrededor con los ojos brillantes, diciendo: -¿No les había dicho yo que aquí la luz cambia contínuamente?
Todas las nubes habían desaparecido, el sol se había escondido y el el cielo era de un amarillo pálido como el de Suecia, en una fría noche de primavera. Nos mostró algunas casas con entramados que se iban volviendo rojizas, de una dulzura indescriptible a la luz del crepúsculo… Se puso ardiente, elocuente, como si tuviese miedo de que alguna cosa de toda esa belleza se nos escapara…
Regresamos a París, absolutamente convencidas de que incluso si los impresionistas no hubieran existido, fundado el programa de color que Bonnard, Vuillard, y otros siguieron, el arte de Bonnard sería lo que era. Porque tanto amor por la atmósfera, por la luz, por el color y sus valores sólo puede dar nacimiento a una pintura resplandeciente de colores, llena de sensibilidad, donde los valores son perfectos. Los lienzos de Bonnard desbordan aire, espacio y luz.»
Fin.
Trad. Z.V.

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