Libros clandestinos.

Sans titre

LIBROS CLANDESTINOS.

Zoé Valdés.

Creo que soy la única autora cubana que le ha entregado, con una esperanza más honda que el océano, un manuscrito a un balsero para que lo hiciera llegar a Estados Unidos. Fue La nada cotidiana, en el verano de 1994. Por suerte, balsero y manuscrito llegaron intactos a Estados Unidos. Aconteció en plena Crisis de los Balseros, en el verano más candente políticamente de la historia de Cuba.

En el invierno del 95 conseguí huir de Cuba, con dos maletas repletas de libros viejos. Por mucho que mi madre me incitara a que cargara con los trapitos que poseía como vestimenta, preferí apertrecharme de una parte –aunque fuese escuálida- de mi biblioteca. Al llegar al aeropuerto, el aduanero cariacontecido me informó que no podía permitir que pasaran los libros, ya que estos eran considerados patrimonio nacional por el “gobierno revolucionario”. O sea, que mi biblioteca, nada del otro mundo, bastante miserable, por cierto, ni siquiera me pertenecía, aún cuando yo la hubiera pagado de mi bolsillo.

Mi biblioteca constaba de unos tres mil títulos, la mayoría adquiridos en las librerías nacionales y estatales, con mis recursos, y por supuesto, se trataba de obras que habían pasado el tamiz de la censura. Claro estaba, que los que llevaba yo en las maletas en el momento de mi partida (que ya intuía definitiva), eran títulos de autores cubanos, aquellos que tenía plena consciencia, también en aquel instante, que no conseguiría adquirir en ninguna otra parte. Finalmente, gracias a una “palanca” (un alma caritativa con influencias, que trabajaba en el aeropuerto, y tirándole 20 dólares como quien no quiere la cosa) pude embarcar esas dos maletas que contenían el único tesoro que poseía: Libros. Gran parte de aquel tesoro quedaba en el apartamento de mi madre y mío, pero que una vez fuera de Cuba dejaba de ser mi propiedad, quedaban, pues, a su resguardo; ella juró que iría enviándomelos poco a poco.

Así ocurrió, fue mandándomelos a buchitos, hasta que pudo salir de la isla, y entonces dejó al resguardo de otra persona lo que quedaba de mi biblioteca, quien también los ha ido enviando en paquetes de a cuatro o cinco volúmenes, según los que acepta transportar el visitante, turista de preferencia, de regreso a Europa.

Con los años, quince harán el 22 de enero próximo, de mi exilio, mi relación sentimental con esa biblioteca ha variado. No sólo he ido rehaciendo los títulos faltantes, comprobando que los libros son el único tesoro que se puede reemplazar de cualquier modo, aún cuando el ejemplar leído, sus subrayados, hayan sido perdidos para siempre. La memoria siempre es más poderosa, los momentos de lectura, los recuerdos de esos subrayados, persisten por encima de cualquier drama que le confiere carácter de insalvable a ese objeto tan preciado que es el libro.

No sólo recuperé, pues, buena parte de esos tomos, además me divertía jugándole travesuras a la memoria asociativa, subrayando y comentando, en el tiempo, aquellos pasajes que me hicieron delirar durante mi adolescencia o en mi primera juventud mientras saboreaba su lectura, y que ahora releía con otra visión, menos ingenua, más reflexiva, y hasta sincera.

Además, empecé a pasar de la euforia, de una alegría casi insostenible, en cada encuentro con los paquetes, a una forma rara de melancolía, a una tristeza contenida e insondable, siempre que recibía -aún recibo, o sea que todavía entro en ese transe apesadumbrado-, el dichoso paquete proveniente de la isla, conteniendo libros desencuadernados, húmedos, apolillados, manoseados, viejas ediciones subrayadas con tinta vencida, ilegible, comentados con manos temblorosas donde trasuda el miedo transido de lo leído bajo la autocensura, la censura, y “la terreur”.

Porque no olvidemos que por leer un libro de un autor exiliado, en una cierta época no muy lejana, podías ir a dar con tus huesos en una celda de la antigua Villamarista, donde se encuentra Seguridad del Estado; lo mismo podían encerrarte durante horas o semanas en el cuarto frío, o en el de los cocodrilos, por el simple delito de haber “bailado el chachachá” con Guillermo Cabrera Infante, en alguna de sus novelas, o haberte perdido en El Monte de Lydia Cabrera, autora que después de fallecida, el propio régimen publicó hasta la saciedad en los tardíos años noventa y cuya venta se producía en divisas y en diplotiendas, incluso ese mismo título que había sido acusado de diversionismo ideológico, por contener temas religiosos.

Desde entonces, siempre que me llega un paquete de libros con él me invade la sensación de que estoy dándole cobijo a un clandestino en mi casa, a un prófugo, a un espaldasmojadas, es la razón por la que me cuesta muchísimo deshacerme de esos volúmenes, aún cuando se estén desmoronando y yo los haya suplantado por ediciones más modernas. Con ellos he establecido una relación psicológica, más humana que instructiva; de alguna manera forman parte de aquellas personas que dejé tras de mí, de mi historia íntima, de mis sueños.

Sólo dos libros –al menos que yo sepa o que pude darme cuenta- perdí en esas tribulaciones, ambos sé que fueron robados y conozco el nombre de la persona que se apoderó de ellos valiéndose de la enfermedad mental de mi madre. La biografía de Margarite Yourcenar por Josyane Savigneau, y el catálogo único y razonado de Robert Mapplethorpe. Eso es, sí, algo doloroso, saber que la satrapía ajena anduvo en tus pertenencias y se apoderó sin ningún tipo de escrúpulos de algo que tú no pudiste salvar de la ignominia. El tiempo dirá, porque el tiempo también es un libro maravilloso, jamás extraviado.

¿Cómo empecé yo a componer mi biblioteca? Desde muy niña mi abuela se dio cuenta que me lo pasaba mejor con un libro que con una muñeca. Muñecas tampoco vendían muchas, salvo unas que el dictador Franco embarcó para Cuba para congraciarse con su “galleguito” preferido, pero más bien pocas. Entonces mi abuela se dedicó a comprarme libros. No teníamos medios para un estante, pero ella se encargó de colocármelos en una especie de altar, semejante al de la Santa Bárbara. Al morir mi abuela, yo seguí destinando el poco dinero que podía darme mi madre a adquirir libros. Sólo que para entonces me dio por leer ensayos de medicina, y leía inmensos tomos médicos, me interesaba bastante lo referente a las glándulas y al cerebro. No entendía demasiado, pero podía hojear las fotos de los casos clínicos, pacientes con abultamientos, adulteraciones, pechos de más, en el caso de las mujeres, y estudiaba con interés toda clase de anomalía glandular. Luego volví a las novelas de aventuras, de piratas, o a mi querido Julio Verne. Perseguía en las librerías de libros viejos aquellas rarezas de poetas innombrables.

El espacio se fue haciendo pequeño y encontré un tanque de 55 galones y lo llevé a casa, ahí empecé a echar mis libros. Mi madre sospechaba ya para entonces que algo extraño sucedía en mi cabeza. No cesaba de preguntarme si me sentía bien, de tomarme la temperatura, y hasta fuimos a ver a un psicólogo que empleó más tiempo en enamorar a mi progenitora que en hacerle caso a mi locura libresca. Imagino que ya sabía que yo era un caso perdido.

En mis dos mudanzas posteriores una parte de la biblioteca siempre se quedó con mi madre, que también leía empedernidamente. Fue ella quien me dio, a mis doce años, El Quijote. Con una frase: “Después de esto no hace falta leer nada más”. Mi madre sólo había estudiado hasta el tercer grado, pero poseía un nivel tremendo de fineza al escoger sus lecturas, y luego hacía unas reseñas verbales estupendas, siempre te envolvía con su apreciación de la lectura que acababa de terminar, tanto, que en ocasiones, su versión resultaba más interesante que la del propio autor.

Ahora mismo palpo entre mis manos una edición que a ella le gustaba mucho, El Cándido de Voltaire, editado en Cuba, en 1932. Luego dicen que en Cuba no había editoriales antes de 1959. Las Había, como existieron librerías de renombre internacional, como fue La Moderna Poesía, y la Librería Madiedo, en O’rreilly y Villegas, entre otras muchas. Eso es algo que no se puede recuperar, las librerías, y ese ambiente fabuloso habanero, el entrar en una de ellas acabado de duchar, perfumado, vestido de punta en blanco, y pasearse por su interior, y acariciar los lomos de los libros, y escoger uno, que nos cambiará la vida.

Mi madre, divorciada de mi padre, tuvo algunos amantes, sin embargo, afirmaba que los mejores amantes eran los libros. Será por eso que nunca volvió a casarse. Es cierto que los libros generalmente son los objetos menos conflictivos de una casa, salvo cuando eres alérgico. Yo soy asmática, los libros debo desempolvarlos con frecuencia; aunque el olor a libro viejo me resulta fascinante, porque me recuerda mis viajes a las librerías de viejos en La Habana. En la memoria me da la sensación de una plenitud infinita.

El único conflicto que tuve con los libros, a decir verdad, fue precisamente con un amante. Un amante celoso, de los libros, para nada de mí. Yo era muy joven, él me llevaba unos quince años, poseía una hermosa biblioteca, me gustaba él y su biblioteca. Él sin la biblioteca, no tanto. Enseriamos la relación a fuerza de lecturas, bueno, no sólo. Dejamos de ser amantes y empezamos a convivir bajo el mismo techo. Una noche me sorprendió leyendo un libro, tomando notas, y subrayándolo. Dio una clase de escándalo que todavía los vecinos se deben de acordar del incidente, no podía soportar que le subrayaran los libros de su propiedad, porque un día los exégetas confundirían mis subrayados con los suyos, y nadie entendería nada, ¡qué pensaría la posteridad! Era un escritor consagrado con las publicaciones, yo una pichona de escritora, aún sin publicar, ni soñarlo siquiera. Pedí perdón y nunca más pude ni quise subrayar uno de sus libros, ni siquiera sentí deseos de copiar frases de ellos.

Hoy lo comprendo, a mí también en la actualidad me da rabia que me manoseen los libros que he leído. Con los años me he vuelto maniática, y la manía se ha agudizado en relación a los libros. Por ejemplo, si voy a comprar uno, jamás cojo el ejemplar que está encima, invariablemente muevo toda la pila para llevarme el último que se halla debajo de todos los demás. Me aseguro, de este modo, de su virginidad. ¡Como si importara tanto la virginidad de un libro, ni de nada, ni de nadie!

Además no enseño demasiado mi biblioteca, no me gusta que me la critiquen, o que por el contrario, despierte tanto interés que algunos empiecen a copiar mis gustos.

Hace poco una amiga que me visitaba reparó en que no la dejaba entrar en mi salón de trabajo, y pensó que me hallaba enfrascada en un trabajo secreto. Nada de secreto, le confesé, es que me da cosa que vean mis libros, que descubran mis elecciones, que reparen en los títulos que amo; y que luego esos títulos se vayan con otra persona. Lo vivo como una traición. Mi amiga me miró como si me hubiera vuelto loca. No estoy lejos, lo sé, la obsesión es un camino breve.

A veces se me pierde un título y me pongo a llamarlos en voz alta: “Manuel Mugica Láinez, El Escarabajo, ¿dónde estás?” –y al punto aparece. ¿No es raro?

No soy muy ordenada en relación a los libros, lo sé, no concibo una biblioteca conservada en archivos. Lo mío es el caos dentro del cosmos. A ojo de buen cubero puedo encontrar cualquier libro, en medio del amontonamiento que se acumula en los estantes a mis espaldas. Porque mis libros están situados justo detrás de mí, como guardianes de mi jornada laboral. Mientras trabajo, sentirlos ahí, cuidándome, me da una seguridad nunca antes experimentada.

Incluso hablo con ellos. O mis personajes se comunican a través de mí con ellos. Es más fuerte que yo, cuando escribo una novela los personajes van emergiendo de mí, a través de mi voz. Escribo y sus voces se materializan, y de buenas a primeras, la señora sentada en un parque del capítulo cinco de mi texto se pone a conversar amenamente, mientras saborea un helado Berthillon, con la Duquesa de Guermantes de Marcel Proust, o con el Limpiaculos de Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais. O con Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert,  en un banco del Boulevard Bourdon, que es donde vivo, y donde comienza también esa inmensa y generosa novela:

“Comme il faisait une chaleur de 33 degrès, le boulevard Bourdon se trouvait absolutment désert. »

« Como hacía un calor de 33 grados, el boulevard Bourdon se encontraba absolutamente desierto ». Es uno de los comienzos de novela que más me gustan. Con esa frase comencé a tomar en serio la biblioteca de mis sueños, la perdida, la hallada, la buscada, la infinita, la eterna.

París, julio del 2009.

zoe3[1]

Este artículo fue publicado por la Revista Eñe, en España. Foto: Attys Luna Vega Valdés.