Del día a día.
Anoche, después de cenar comida libanesa, me puse a leer hasta muy tarde. Hoy, domingo, me desperté con el cuerpo estropeado. Llevo días leyendo libros que tienen que ver con Cuba, y el resultado es como si me asestaran mazazos en cada partícula de mis huesos. Me di un baño y me fui a la cocina a colarme un buen café Nespresso en su debida máquina italiana. Abrí la pila y no había agua (llegó el comunismo a París, es lo primero que pienso cuando se altera algo de mi confort cotidiano), averiguamos, la vecina había tenido un salidero, al rato llegó un plomero, arregló el desperfecto y en menos de media hora el chorro transparente fue restablecido. Desayuné con croissant, mantequilla, jugo de naranja natural, chocolate, y otro café. Me puse a leer la prensa, y entré en este blog. Tenía varios comentarios, entre ellos los de un lector que me trataba de defensora de la dictadura castrista, dejaba su nombre y su número de teléfono. Lo llamé para aclararle algunas cosas, al número de Estados Unidos, respondió el mismo señor, quien desde que me identifiqué no me dejó hablar.
Este señor con toda evidencia no me conoce, no me ha leído, y sólo ha leído de este blog lo que le mandaron a leer. Yo trabajé cuatro años en la UNESCO (creo que Martha Frayde tuvo un cargo mucho más importante que el mío antes de caer presa, y nadie va a dudar del anticastrismo de la señora Frayde). En Cuba viví durante toda mi niñez y juventud en un cuarto sin baño y sin cocina, en la calle Muralla 160 entre Cuba y San Ignacio (el solar se derrumbó y estuve dos años entre el Albergue de Montserrate y el cine Actualidades), luego tuvimos acceso a un pequeño apartamento (número 3) de un cuarto en Empedrado 505 entre Villegas y Montserrate, como habíamos perdido los muebles en el derrumbe, dormí con mi madre hasta mis 18 años. Me fui a vivir con mi primer marido a Mercaderes dos, llamado el Solar de los Intelectuales, sin agua, sin baño, y sin cocina.
Mi marido, periodista y escritor (por cierto, amigo de Reinaldo Escobar, en esa época nos hicimos amigos, muchos años después lo volví a ver en París, vino a visitarme al entresuelo destartalado donde vivía al inicio de mi exilio), –por culpa de una película, Cecilia, que a Fidel Castro no le gustó, entre otros problemas internos de dirigencia castrista- fue enviado a trabajar en la UNESCO, y tuve la posibilidad de salir del infierno castrista por esa vía. Nunca fui militante comunista, y nunca me gustó el castrismo, aunque defendía como muchos, la idea de una revolución artística, pero más bien era apática a todo, aunque me gustaba mi país, su historia.
Llegué a París y me dieron la tarea de recortar periódicos – a eso le llamaban documentalista cultural-, me prohibieron seguir estudiando en la universidad, tener amigos fuera de los cubanos, y debía informar sobre todo el que se me acercara (jamás informé sobre nadie, ni fuera, ni dentro de Cuba). Escribía poesía desde los 17 años de manera seria, y empecé a escribir una novela. Desde mi compleja posición, en la que no podía comunicarme con mi padre y con mis hermanos en el exilio, mi padre había estado preso en Cuba durante 4 años y medio, pude sin embargo comunicarme con personas que habían salido de Cuba, descontentas con el régimen, entre ellas mi mejor amiga, fui amiga de Severo Sarduy (escritor exiliado), y cubanos exiliados que trabajaban en la UNESCO, con los que a veces tomaba café a escondidas. En París aprendí lo que era la libertad.
Regresé a Cuba, fui desempleada, hasta que un amigo de la época, Pepe Horta, me llevó a trabajar al ICAIC. Alfredo Guevara no fue quien me dio el trabajo, más bien creía que eso lo ponía en una situación delicada con mi primer esposo del que me había divorciado. Alfredo Guevara hizo todo lo posible por hundirme. Empecé a trabajar como dialoguista en los talleres de guiones, no me pagaban nada, sólo me daba el derecho de entrar en cualquier momento en el ICAIC, trabajé acompañando personalidades durante el Festival de Cine de La Habana: Dominique Sanda, Michel Legrand, Agnès Vardá, a todas les decía lo que pensaba del castrismo, sin ambages. La que mejor me entendió fue Dominique Sanda.
Ayudé a varios periodistas franceses a hacer entrevistas clandestinas en Cuba, mi mejor trabajo fue con Daniel Mermet, conocidísimo periodista de la radio, y después con Alexander Héraud, y Zoé Variez, Bertrand Rosenthal, ellos podrán confirmarlo.
Por fin pude entrar en el ICAIC, después de haber ganado el premio Coral al mejor guión de cine, cuyo tema era la historia de un homosexual exiliado. Escrito antes que Fresa y chocolate de Senel Paz, cuento que ganó antes que Adiós a mamá de Reinaldo Arenas (muchísimo mejor cuento) porque así se lo propuso el jurado de cuento del Juan Rulfo de Radio France International.
Sub-dirigí la revista Cine Cubano durante cuatro años, primero fui jefa de redacción, sustituí al Niño Conte que se iba a Colombia. Sólo pude hacer cuatro números, a mi lado se sentaba un seguroso al que tenía que alfabetizar sobre el postmodernimo o Akira Kurosawa para que me censurara, su nombre, falso, claro: Randy. Saqué la película Alicia en el pueblo de maravillas del ICAIC y la escondí en la Escuela de Estomatología mientras me perseguía la Seguridad del Estado, para que la prensa extranjera pudiera verla y de este modo salvar la película y a su autor (Daniel Torres nunca lo supo), y las personas que pueden testimoniarlo viven en Cuba. Del mismo modo saqué el primer cassette de Carlos Varela de Cuba y lo entregué a un amigo en New Jersey, por si le pasaba algo al cantautor –en aquella época era bastante polémico- durante su primer concierto en el cine Chaplin -concierto organizado por Pepe Horta con el apoyo de todos nosotros y en contra de muchos dirigentes, incluido Alfredo Guevara-, él pudiera sacar su música y armar el barullo internacional. Esa persona vive en Miami y puede testimoniar.
Durante esos cuatro años publiqué y ayudé a cineastas undergrounds, artistas de mi edad o más jóvenes que yo. Algunos se fueron al exilio, otros se oficializaron en Cuba. En esos cuatro años conocí al cineasta Ricardo Vega, firmante de la Carta de los Diez y miembro del grupo disidente ARDE (Arte y Derecho). Con él tuve una hija. Los tres nos fuimos de Cuba el 22 de enero de 1995, de manera definitiva. El 5 de abril del mismo año se publicó La nada cotidiana en Francia. El 2 de mayo de ese mismo año cumplí 35 años. Yo había sacado el manuscrito de diferentes maneras de la isla, y a escondidas se estaba traduciendo. Fui la segunda escritora que dentro de la isla firmó sin consentimiento del régimen un contrato con una editorial extranjera, el primero había sido Reinaldo Arenas y le había costado dos años de cárcel. En la época que firmé el contrato, todavía las memorias de Reinaldo, Antes que anochezca, no se habían publicado, por lo que yo ignoraba todo al respecto. Jorge Timossi, director del ALA (Agencia Latinoamericana del Libro, antes CENDA), argentino castrista residente en Cuba me amenazó con un proceso judicial. Me le enfrenté, tengo pruebas escritas de estos acontecimientos.
Fuera de Cuba, no ha pasado un día en que no defienda la libertad de mi país desde la tribuna que me gané con mi trabajo (lamentablemente jamás la CIA me ha pagado nada, ni he cobrado de ninguna institución de derecha ni de izquierda, ni de ninguna parte; he pedido ayudas para publicar a poetas cubanos en el exilio y nunca he recibido ninguna, los he publicado con mis derechos de autor y con el trabajo mío y de mi marido como Consultor Jefe de Eutelsat), incluso poniendo en peligro críticas favorables a mis libros en los medios de comunicación más importantes del mundo, invitaciones a eventos canceladas después de declaraciones políticas a la prensa. Poniendo en peligro la vida de mi madre en Cuba, a la que no dejaron salir hasta que a los castristas no les dio la gana, a la que le daban mítines de repudio siempre que se les antojaba. Por fin pude sacar a mi madre de Cuba –algún día contaré cómo-, y se murió a sólo dos años de vivir conmigo en París. Mi padre murió con 64 años sin saber nunca por qué razón no le hicieron juicio durante los cuatro años y medio que estuvo en una cárcel. Murió en New Jersey.
Fuera de Cuba he recibido golpizas, amenazas serias, sobre todo cuando se produjo la primera visita de Fidel Castro a Francia, tuve que permanecer encerrada durante una semana con mi familia en el entresuelo porque una guaguíta blanca se paró frente a mi casa, mientras que otro automóvil banalizado cuidaba de nosotros. Nos pidieron que estuviésemos encerrados durante una semana. En la calle me han agredido mientras camino normalmente. No he sido la única en recibir agresiones, Ricardo Vega también. No he sido la única, repito. Antes que a mí se lo hicieron a Guillermo Cabrera Infante y a su esposa Miriam Gómez, y tengo entendido que a Reinaldo Arenas mientras daba conferencias.
Nunca fui castrista dentro ni fuera de Cuba. Trabajé como cualquier persona trabajó en Cuba, me tocó en el ICAIC por mi cercanía con la institución desde la época de la UNESCO, y muchas otras personas que trabajaron con Alfredo Guevara hoy se encuentran en el exilio. Nunca firmé una carta pública en contra de nadie, aún cuando después de haber esperado para entrar en la UNEAC –propuesta por otra persona-, me lo propusieron si firmaba la Carta contra los Diez. No la firmé.
Los que me conocieron en Cuba saben que siempre fui contestataria, que andaba con pintores, cineastas, escritores (menos), todos contestatarios; pero prefería la discreción al espectáculo, la soledad al tumulto. Famoso se hizo el inmenso pestillo de mi puerta, lo abría solo para los amigos, bien pocos. Son los amigos de toda la vida, porque no soy de escobita nueva barre bien. Soy fiel a los que siento que son de verdad, a los que no recurren a las falsedades ni a las imposturas. Y eso también puedo demostrarlo. Nunca acepté el derecho a comprar automóvil, que me lo ofrecieron, y los viajes que hice, bien pocos en comparación a como viajaban los expertos del ICAIC, fueron pagados por las instituciones literarias que me invitaban. El pequeño apartamento que heredé a la muerte de mi segundo esposo, quisieron quitármelo por ser viuda joven. Prebendas no obtuve ninguna.
En este recuento faltan detalles importantes de mi vida, notablemente uno, el más doloroso y peligroso que he debido soportar en silencio durante años. Cuando el otro protagonista no esté, lo escribiré en forma de novela, para salvaguardar el honor de varias personas, sobre todo, frente a mi hija y mi marido.
No tengo jefes. Mi jefa soy yo. Algo que valoro enormemente.
Acusarme de haber apoyado a la dictadura castrista es una infamia que no permitiré en este blog ni en ninguna parte.
Y ahora regreso a mi día a día. A preparar el almuerzo dominical: un arroz con pollo con todas las de la ley, incluido el vino seco cubano, que no lo hay en Francia, siendo tierra de vinos, lo que es más normal que no lo haya en Cuba, que mi querida Nidia me compró en New Jersey, cocinado en una espléndida olla Seb.
Zoé Valdés.
Algunas cosas dichas aquí se pueden comprobar en buena parte de mi obra literaria: Sangre azul, La nada cotidiana, Te di la vida entera, Café Nostalgia, Querido primer novio, La hija del embajador, El pie de mi padre, Milagro en Miami, La cazadora de astros, Bailar con la vida, La eternidad del instante, etc. Escritas en forma de novelas.

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