Ya lo dijo Pepitogrillo en un comentario dejado en este blog (él tiene también un blog María y Juana): después de la película recién estrenada Avatar, de James Cameron, el cine ya no será, no puede seguir siendo, igual que antes. El éxito de esta obra de una gran belleza radica en su invención tecnológica, está hecha en 3 D (3 dimensiones), al mismo tiempo que la poesía acompaña narrativa y visualmente -y es aquí donde descansa su inmensa y desbordante riqueza-, además de que estamos ante una historia fantástica que transcurre durante más de la mitad del siglo XXI, en que los cuerpos viajan junto a sus avatares (símbolos vivientes reales a través de los descubrimientos científicos). La científica es una mujer, la actriz Sigourney Weber, grandiosa, en todos los sentidos; esta mujer cualquier personaje que toma lo convierte en una joya. Conversando con Martin Scorsese -estaba ella delante y Winona Ryder (antes del robo)-, el cineasta aclaró que existían las Stars y las Actrices, que a él le interesaban lógicamente las actrices, y que tenía la gran suerte de tener frente a él a dos grandes actrices. Es cierto, tanto Sigourney como Winona lo son, aún después del robo de la segunda, lo cortés no quita lo valiente. Ambas actuaron juntas en un Alien, creo que el cuarto de la serie.
Per volvamos a Avatar. James Cameron es un gran cineasta, lo probó con Titanic, y lo corrobora con Avatar. La dirección de actores es magnífica, y ésta se trasluce incluso en los gestos y movimientos de los avatares, de los animados, que fueron hechos en computadora, pero calcando a los actores que los interpretaron. Todos los actores están soberbios, saludo el regreso de Michelle Rodríguez, espléndida en un segundo rol de piloto del ejército. Y qué decir del joven marine inválido: el australiano Sam Worthington.
No voy a descubrirles lo anecdótico de la película, porque no considero oportuno desvelar secretos artísticos, y además pienso que la historia que cuenta es justamente lo más convencional del filme, así como los diálogos -tal vez ahí también se encuentre el secreto del éxito. Pero no dejen de verla, se trata de un nuevo lenguaje, de un nuevo discurso poético en el que la ilusión posee un protagonismo esencial. Trata -científica, lírica, y físicamente- de la infinita levedad de la vida, y al mismo tiempo de su infinita profundidad. Nos habla de la naturaleza -sin discursos trasnochados, por cierto-, y de otros mundos, donde todo es posible, y donde la belleza es sólo misterio, voces traducidas desde el alma, y de seres que pernoctan dentro de siluetas humanas, y espíritus que inundan el espesor del aire, y anidan en la corteza de los árboles.
Cada cual intepretará a esos personajes y sus aventuras como mejor le convenga, esa es la libertad del arte; sólo un inconveniente: ¿por qué los americanos siguen siendo tan políticamente correctos, o sea, por qué se sienten tan malos y culpables? Yo hubiera preferido que los malos de la película hubiesen sido claramente los terroristas que tenemos que sufrir a diario en la actualidad, así como los fascistas, y hasta castristas, que aún sostienen dictaduras (al que le sirva el sayo que se lo ponga).
Avatar es la verdadera revolución que estábamos esperando, audaz, sincera, sensible, poética; y no ha causado ningún daño hasta ahora. Corran a verla, ¡en 3D!

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