La burka y la seguridad.

La ley que dictará la prohibición del velo integral sigue dando de qué hablar en Francia. Los especialistas se apresuran a opinar en Le Figaro, es cierto que no ha sido una ley fácil de pasar, y sin embargo, no veo por qué hay que enredarse en problemas de tipo religioso, político, y lo que es peor: ideológico. El islam forma parte ya de una especie de ideología, es por eso que de las otras religiones cualquiera puede burlarse, menos del islam, porque se ha convertido -además de las prohibiciones horrendas que promueve como religión- en una ideología sentimental para algunos, una ideología peligrosísima de muerte y destrucción.

Según algunos, sólo una ley puede consolidar la prohibición de la burka en los sitios públicos; para otros, ninguna ley podría impedir lo que no es imposición, sino gusto personal en la mayoría de las mujeres, dado que estos últimos asumen que las mujeres que llevan el velo integral lo hacen por su propia decisión.

Ahí discrepo, no es cierto, cuando una religión prohibe lo hace a sabiendas de que los creyentes y, más aún en el caso del islam, y los practicantes, entrarán por el aro de la obediencia, sobre todo porque desobedecer acaerrearía consecuencias sumamente adversas para sus fieles, cuyo ensañamiento en contra de las mujeres es de sobra sabido.

Hace unos días, vi en el programa televisivo Ce Soir Ou Jamais, conducido por Frédéric Taddeï, a la abogada de izquierdas Gisèle Halimi, defender el derecho de la mujer al velo. Lo hacía de manera muy inteligente, subrepticiamente, y desde luego politizaba el asunto como suelen hacerlo siempre los de la izquierda, o sea: esto es cosa de gente de derechas. Pues resulta que no, porque en esta contienda hay miembros de centro, de derecha, de izquierda, y hasta de ultraizquierda -lo que no me gusta nada. Gisèle Halimi, embajadora de la UNESCO (casi escribo UNASCO), es la abogada que estuvo en aquel primer escándalo de una joven que quería abortar y no se le permitía, fue una gran batalla ganada, puesto que Halimi ganó, gracias a eso se consolidó la ley del aborto en Francia y ella se dio a conocer, y de ahí se desmembró un movimiento femenista con el nombre de Choisir (Elegir) la causa de las mujeres, un verbo que -según la abogada-, le era prohibido a las mujeres de aquella época, la de los años 60.

Yo es que me quedo de piedra cuando escucho a esta gente defender lo indefendible. De un pasado bastante procastrista, Halimi defendió el derecho al aborto en Francia, ganó, y ahora, de manera muy resbaladiza, pero sin contemplaciones se pone de parte del islam, en relación al dichoso trapo en la cabeza y el rostro. Esta mujer ni siquiera se inmuta cuando le reprochan que, teniendo una posición indudable de feminista se posicione de parte del integrismo religioso más absurdo. Atención: estamos hablando de una mujer atea, con toda evidencia, estudiada, leída, y comprometida con los derechos de las mujeres. Por tanto, el velo no es más un problema religioso, es un asunto político, he ahí la trampa. Defender el derecho al velo frente a un adversario político compromete el tema en esa vía de la causa partidista. El tema del velo tampoco es -ya que algunas de las islamistas empedernidas no admiten que se vea de tal modo-, un problema feminista.

El velo deviene entonces un problema de seguridad territorial. Yo prohibiría el velo de la manera más sencilla del mundo. ¿No están prohibidas las cagoules o pasamontañas debido a que se atenta contra la seguridad de los ciudadanos? En Francia nadie puede llevar ningún artificio que le cubra el rostro de forma permanente, debido a que es considerado una afrenta a la seguridad; cualquiera que se cubra el rostro en sitios públicos debe descubrirse cuando la policía se lo pide, y de forma inmediata. Pues por las mismas razones el burka y cualquier trapo que esconda las facciones de un individuo debe ser considerado fuera de la ley, por atentar contra la seguridad ciudadana. No es tan complicado, digo yo.