JULY DEL RÍO: CUERPO ADIVINO.
Para Guillermo Cabrera Infante.
Puedo imaginar lo que hubiera escrito el inmenso escritor cubano de ella, y es por eso que le dedico este texto, haciendo alusión a su novela Cuerpos Divinos, de próxima aparición, en el que hablaré de una mujer que forma parte de la historia de la cultura y de la noche cubanas, dentro y fuera de Cuba: la vedette July del Río. La historia de su carrera resulta impresionante relacionada no sólo con la riqueza y variedad de su arte, también resume el esfuerzo personal y la cantidad de sitios donde se presentó, en todo el mundo; es la razón por lo que haré la semana próxima, un breve recuento en El Economista.
July del Río empezó en aquella próspera Cuba, donde la gente todavía poseía sueños, y sabía admirar la belleza y los cubanos adoraban el arte cultivado, refinado, extraordinariamente audaz y libre. No conozco personalmente a July del Río, pero nos hemos carteado bastante y hemos sostenido conversaciones telefónicas, la empatía y el respeto fueron mutuos desde los primeros instantes. Ambas nos parecemos mucho en el carácter, ambas le damos un sitio esencial a la amistad, colocándola en el pedestal que le corresponde. Yo pude haber sido ella, porque el mundo en el que ella se desenvolvió me fascinaba desde niña, gracias a mi madre. Ella pudo ser yo, porque ella, al igual que yo, desde muy temprano, en su infancia, amaba la lectura; luego afrontaba su trabajo de actriz, cantante y bailarina con un regocijo interior pautado, y de cada espectáculo surgía una nueva July, enriquecida espiritualmente.
En la actualidad, a través de la astrología crea un fascinante universo de relaciones entre las estrellas y los seres humanos. Yo concibo la literatura de ese modo: una “pata” en la luna, otra en la tierra, mitad caos, mitad cosmos, salvajismo exterior, sosiego interior, abrasada por un caudal de pensamiento y ardor que riela hacia la aventura aristotélica.
Presentía su aroma, lo soñé, jazmines quemados del Cerro, o sea Joy de Patou, o emanaciones de antiguos secretos imperiales; ella misma lo confiesa en una entrevista que acaba de enviarme. Observo las fotos de su carrera, estoy a la espera de poder ver un filme de uno de sus espectáculos. Por cierto, la vedette también trabajó en el cine, en México, donde vivió durante 5 años. Pocas artistas han tenido una historia tan fascinante y tan completa, y al mismo tiempo tan discreta. Ahijada de Ninón Sevilla (fue July del Río quien tuvo la gentileza de servir de intermediaria en la entrevista que la Gran Dama de la rumba, de la actuación, del canto, me concedió para El Economista), July además compartió escenario con personalidades de la música, del teatro, de la canción, entre ellas, Lola Flores.
De una gran belleza, en el estilo de Claudia Cardinale, con un cuerpo espectacular que movía con una cadencia sensual, aunque jamás vulgar, muy a lo Sofía Loren, July del Río poseyó y posee un don: el de la adivinación, una cualidad: la inteligencia, una adicción: la sensibilidad; todo eso reunido en un hermoso envoltorio carnal, esplendoroso como la miel, con la dureza del tronco de una palma, y el ritmo inigualable de sus penachos acunados por la brisa. Puedo adivinarla –ella ya lo hizo conmigo-, correteando por una calle de La Habana Vieja, el sueño tatuado en la piel, los ojos vivos, un canto eterno en sus frescos labios.
Zoé Valdés.
Mis agradecimientos, por supuesto, a la propia July Del Río que me envió una cantidad de material extraordinario, y a Frida Masdeu, cómplice y entusiasta.








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