DE LA PACHANGA.
Me temo que lo que empezó con pachanga, terminará con pachanga; no podía ser de otro modo. La sociedad cubana padeció siempre de ese desliz, la anécdota de la dama que corre apresurada al velorio de un allegado, pero por el camino se le parte la cambrera que sostiene el tacón, y no sabe si seguir para el velorio o ir a comprarse un par de zapatos nuevos, a pocos metros de la funeraria, es uno de los ejemplos que mejor ilustran la volubilidad del carácter nuestro.
Aquel horror que comenzó con Carlos Puebla, y su “Llegó el Comandante y mandó a parar”, terminará probablemente con una retahíla de conciertos en la Plaza y en el Malecón, ya sea con Calle 12+1, con Juanes, o en el mejor de los casos, con algún artista norteamericano reciclado. Me temo que el plan sea el siguiente –según Barack Obama-: “¿Ellos no están esperando desde hace décadas una invasión? Vamos a invadirlos con conciertos, de este modo los entretenemos; en lo que a Raúl Castro le dé tiempo de preparar el relevo, o sea, a su hija, y a los hijos de su hermano dormido y con la papilla a su hora, que ya uno de ellos fue a recibir a los mete-ruidos portorros, nosotros ganamos tiempo antes de que nos invadan ellos a nosotros.”
Sí, es una forma de librarse de un verdadero dolor de cabeza, o sea, disidentes, presos políticos, grupos que podrían convertirse en partidos políticos, elecciones libres, libertad, democracia, y otra inundación de cubanos en Estados Unidos que no querrán trabajar bajo el capitalismo organizado, acostumbrados como están al salvaje. Esto es lo que se ha propuesto evitar a todo costo el presidente norteamericano. La cosa hubiera podido terminar de otra manera, en pachanga igual, pero en una pachanga ilustre, con Celia Cruz, dirigiendo el tinglado, pero ya Celia no está, ahora nos queda Gloria Estefan, la que creo que lo hace de corazón.
Yo tengo puestas mis esperanzas –como la mayoría de ustedes seguramente- en que se muera otro negro. Hasta ayer no era así. Yo hasta ayer, de forma sincera, prefería que todo quedara en los esquemas de la libertad y de la vida, pero me doy cuenta que a nadie le interesa la libertad y la vida, a la gente lo que le agrada es la muerte y el espectáculo. Entonces, anoche, me tomé otra pastilla. Llega un momento en que la vida se reduce a tragar pastillas. Me dormí, soñé plácidamente que tenía la boca llena de carne, y no era precisamente un bistec, tampoco una salchicha, por su forma hubiera podido ser; y pensé, siempre dentro del sueño (suele ocurrirme que pienso mejor en los sueños que en la vida real), qué hago yo metiéndome donde no me han llamado, qué hago pugilateando por la vida de un mulato que se quiere morir de hambre –eso fue lo que declaró Guillermo Fariñas, que “¡ojalá me muera!”-, y que en lugar de pedir la libertad de todos los presos políticos está pidiendo que 26 de ellos viajen a España indefinidamente, o sea, lo que él no quiere para él –porque él ha renunciado valientemente a no irse de Cuba- lo ansía para los demás. Lo ansía tanto que en ello le va la vida. ¿Y los demás se querrán ir? Pero, alabao sea este trozo de carne que tanto placer me da, ¿qué me importa a mí si se quieren ir o no?
Yo nunca quise hacer política, me vi enredada en esto por un problema de dignidad intelectual y personal, poco a poco me fui involucrando más, mientras más sufrían mis seres queridos, más me metía yo donde nadie me había llamado. Porque eso sí, los cubanos opinan que si no te llaman tú no tienes que ir a donde no te han llamado. Pues yo fui, y cometí el error de mi vida, por lo visto.
La cosa terminará –decía, en una pachanga descomunal-, aceptada por todos. Cada vez hemos ido más alto (a los cubanos nos gustan las alturas, jamás las profundidades), fíjense ustedes, en mi época hubo un grupo de “pensadores” bajo el nombre de Paideia, era un grupo muy selecto, ninguno pensaba mucho, ¿para qué? Ya otros habían pensado por ellos, entonces ellos se dedicaron a citar a los que habían pensado por ellos en épocas anteriores. No pasaba una sílaba sin que ellos no citaran a un filósofo, y miraban a todo el mundo por encima del florero que llevaban posado en el hombro. De Paideia –confieso que yo me sentí arrastrada en algún momento por el movimiento, sobre todo porque los pronósticos eran que ellos irían a cambiar el curso de la historia, hasta que me di cuenta que citar a filósofos no iba conmigo, ni con mi empobrecida mente obtusa, aún cuando leía sobre filosofía y la digería de otra manera, menos importante para nadie, sólo para mí-, de Paideia, decía, hemos crecido, sí, señor, hemos avanzado una enormidad, fuimos directo a la Academia Bloggers, que es lo que se usa con esto de la tecnología. Aquí no hace falta que nadie piense, sólo piensa uno, lo máximo dos. Por lo visto y lo andado, el modelo piramidal nos persigue.
Y luego tenemos a una buena parte de periodistas profesionales presos, de escritores, poetas, y de disidentes jugándose el pellejo, de verdad, en la calle, la mayoría son negros, como Orlando Zapata Tamayo, que no conocieron a Paideia, y ahora es que se están enterando de lo que es la Academia Bloggers, no porque ellos necesiten de la Academia, al revés. Ellos no, ellos están fuera de la pachanga.
Dicho esto. Y como en política –según un «insigne» comentarista- no es llegar primero, sino que hay que saber llegar, igualito que en una ranchera mexicana. Afinen el tímpano, ya no citamos a Martí, ni a Heredia, ni a Casal, ni a La Avellaneda, ni a Borrero, no, ahora vamos de frases de rancheras mexicanas. Y llegar para algunos, en política -algo que a mí no me interesa en lo absoluto, porque yo tengo una vida llena, aún cuando he viajado el mundo entero, puedo viajar a través de mis lecturas, y de mis libros, los que escribo todos en forma de viajes infinitos-, hay que saber llegar. O sea llegar es a la especulación más aborrecible de la libertad, el juego más sucio con la representatividad de los cubanos, o sea llegar, en política, es volver a rebajarse, bajar la cabeza, entrar por el aro que te tiende el domador o la domadora. Llegar es lo máximo, de manera individual, egoísta, a ser alguien, famoso, llegar, en una palabra, “llegar”. Aún cuando no haya cultura, ni educación que la sustente, sólo una verborrea típica de estos pícaros nacidos con el castrismo.
No. Gracias. No aspiro a nada de eso, ni seré la piedra en el camino.
¿Unirme a quién? ¿A la pachanga? ¿A ese tipo de pachanga? No, menos que menos.
La libertad no se conquista en una conga callejera, ni me la va a enseñar a mí un cantante de a tres por quilo, como es el caso de los Calle Maldición, y mucho menos uno que ayer le cantaba a la camisa negra, y hoy a la paz, vestido de blanco, que se twittea de pulcro, y que se exhibe caminando por encima de un público entregado, como si fuera dios, y que se portó como una mariposa frente al primer seguroso que le metió una velocidad.
No entro en eso, pero debo reconocer que han ganado.
Porque, eso sí, lo que no podremos negar es que hemos sido los primeros en iniciar una tortura, que ya dura 51 años, a golpe de pachanga, y extenderla al mismo ritmo, ad infinitum. ¿Unirse para qué, para eso? Prefiero, ahora que tengo la posibilidad, unirme con los malgaches, o con los tibetanos, o con los haitianos.
¿Por qué me tengo que unir con lo que yo no quiero y con lo que no comulgo?
Y sí, es cierto, lo mejor que nos puede suceder es esta ola de suicidios colectivos, muy a lo taíno –hemos regresado a las raíces-, a la hermosa frase, ¿recuerdan?, del dictador “antes nos hundiremos en el mar”. Como símbolo estaba muy bien, pero para qué vamos a envenenar a las especies marinas con nuestra presencia, ¿qué nos han hecho? Ellos no necesitan de suicidas, ni de torturadores, y no les hace falta internet para ser libres. Además, si la cosa es de hundirnos, más hundidos no podemos estar. Lo mejor es lo que alguien definió tan estupendamente bien, esta “eutanasia colectiva”, así el mundo se da cuenta de que existimos. Antes sólo nos bastaba La Habana luminosa para que supieran que existíamos. Pero les pareció poco. Digo «les», porque cuando aquello yo no existía todavía.
Debimos habernos quedado con el sacrificio sincero, grande, verdadero, de Orlando Zapata Tamayo, pero hasta de eso queremos pasar página, e irnos por encima del nivel. Su madre, que convoca a manifestaciones por todo el país, está clara, sabe que el verdadero símbolo es él. Lo saben los que en Nueva York proyectaron su imagen en la sede de la oficina castrista. Ese símbolo vale más que cualquier tipo de pachanguería. Las marchas esprituales en Miami, en Los Ángeles, y en otras ciudades están muy bien, en silencio, ¡por fin, en silencio! Creo en ellas. Pero, ¿a quiénes publicitan? ¿A los hipnotizadores de siempre? ¿Por qué si eran marchas en apoyo a las Damas de Blanco no escuchamos a las Damas de Blanco?
No, por lo pronto, la pachanga la sigue Carlos Varela en Miami, hemos subido todavía más, sobre todo en emocionalidad. Asignatura en la que. los cubanos siempre sacamos excelentes calificaciones.
Al igual que los caricaturistas trabajan con la actualidad de la manera más políticamente incorrecta, los escritores escribimos de la actualidad y de la historia de la manera más subversiva, decía Gilles Deleuze (algo de Paideia heredé, sin duda).
Los escritores no somos el reflejo de la sociedad, tal como se ha dicho, no sé quién dijo semejante estupidez. Somos el espejo, ahumado y carcomido en su azogue.
Hasta ayer fui sincera, hoy me desperté cínica. Creo que viviré mejor.
Zoé Valdés.

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