DE LO HABITUAL.
¿Qué se convierte en habitual en los totalitarismos? Lo peor de la vida, porque en los totalitarismos sólo se puede aspirar a una sola cosa: a vivir mal. No me refiero a las necesidades materiales cubiertas, eso ni soñarlo; el tema humano, espiritual, la generosidad, la solidaridad, nada de eso son factores que puedan describir a un sistema totalitario, y en caso de que se manipule la solidaridad como característica de esas sociedad, siempre ocurrirá de manera ficticia. Un médico irá a Haití más por el afán de viajar, de conocer otros horizontes, de ganar en dólares, y de “escapar”, verbo a la moda en el totalitarismo castrofascista, del mismo modo que se enroló en las tropas que fueron a Angola, y a Nicaragua.
¿Qué resulta entonces lo habitual? Que un grupo de niños reciba las órdenes de insultar a unas señoras que pudieran ser sus madres, o sus abuelas, por el mero hecho de que estas señoras caminan en silencio, de manera pacífica hacia las iglesias, reclamando, con su sola presencia, la libertad de los presos políticos. Que esos niños insulten forma parte de una tarea impuesta por la sociedad fascista que los educa. Cuando esos niños piden paredón, o sea, fusilamiento, públicamente, para esas mujeres, la cosa se pone aún más seria. Aquí ya tenemos a las juventudes fascistas, pidiendo muerte para sus mayores, y si se lo impusieran ellos mismos los fusilarían, porque se trata de salvar el pellejo propio y de creer que con su actitud contribuiría a mejorar la vida en el futuro; además también se trata de, que no sean sus padres o ellos mismos los que paguen la culpa. Todo es amenaza, todo es miedo. Eso es lo habitual. Ahí empieza la tortura, la tortura psicológica.
Esos niños que hoy piden paredón, dentro de unos años serán los que enfilarán sus fusiles contra los inocentes que les ordenen fusilar, o los que maltratarán a sus mujeres, a sus hijos, a sus mayores; esos son los traidores del futuro. Traidores de sí mismo, claro está. Traidores de la vida.
Nunca olvidaré una mañana, en la que salimos mi abuela y yo a estrenar mi chivichana, aquel carrito de madera en el que me lanzaba cuesta bajo por la loma de la calle Muralla hasta Egido, era una mañana soleada, entonces escuchamos a las turbas en dirección de la iglesia de la calle Cuba. Yo tendría unos siete años, mi abuela no lo pensó dos veces y me hizo señas para que la siguiera, cogí mi chivichana en la mano, y nos aproximamos a la iglesia, donde las turbas fidelistas les hacían mítines de repudio a los curas, reclamando paredón para ellos. ¡Esto es el horror, esto es el horror! Repetía mi abuela. Huimos de allí lo más pronto que pudimos. Por aquellos años yo me estaba preparando en otra iglesia para tomar mi primera comunión, y por esa razón se discutía en mi colegio si yo podía ser pionera comunista, porque además de pertenecer a una familia católica, yo no era lo suficientemente combativa, ésa vez hubiera sido la buena para demostrar que podía serlo, pero definitivamente nada de eso tenía que ver conmigo; aparte ya, ésa es otra historia que he contando antes.
¿Podemos decir que unos niños que demandan paredón, fusilamiento, a pleno pulmón, resulta positivo para la infancia? ¿Es eso una buena educación? No, eso es abuso de la infancia. Entonces, me pregunto, ¿dónde estás las asociaciones de defensa de la infancia que aún no ha protestado por lo que se ha visto en estos últimos días en las calles habaneras: niños exigiendo fusilamiento a pleno pulmón?
De otra intención: ¿Qué puede haber en la mentalidad de un agente del orden, de un simple policía, al que le ordenan cuidar de unas mujeres que caminan pacíficamente, y al mismo tiempo deben vigilarlas, y luego deben dar la orden a las masas, citadas de antemano -los policías a su vez obedeciendo-, de golpear, patear, insultar, a esas mismas mujeres? Esos agentes fueron los niños de autre fois, de antaño. Ahí los ven, en medio de su rutina, de lo habitual del fascismo, devenir súbditos del horror, ahí los ven hacer una cosa y su contraria, como si ambas fueran normales, actos de generosidad para con sus jefes, jamás para con las personas comunes y corrientes. La generosidad sólo se puede ejercer a favor de los que mandan, de los que aterran.
Ayer, mientras oía los testimonios de las Damas de Blanco, me preguntaba por qué ninguno de esos policías se ponía de su lado, por qué no las defendía. En buena lógica ellos las defienden, y también están ahí para ordenar que las agredan, para agredirlas si es necesario, si les dan la orden. Magnífica puesta en escena la del totalitarismo castrofascista.
Pero lo peor de los totalitarismos, sobre todo lo peor del de Cuba, es que de tan antiguos que son, consiguen implantar en las mentalidades una especie de hábito del horror, y de ese hábito los pillos sacan provecho. En esa normalidad del horror ya han entrado, desde hace rato, en la mentalidad de los otros, las Damas de Blanco, y ni se diga de los presos políticos. Si tanto se habló en la prensa en días pasados fue a causa del asesinato de Orlando Zapata Tamayo, de la actitud corajuda de su madre, de las huelgas de hambre, notablemente la de Guillermo Fariñas, y de las continuas marchas de las Damas de Blanco. Pasadas las “celebraciones” de la Primavera Negra, hasta el mismo Fariñas dejó de aparecer en los periódicos. El horror es una cortesía que le hacen las víctimas a los informativos, tómenlo así, de un mismo horror muy pocas veces se hace un continuo seguimiento, porque el horror está en todas partes, en diversas formas, ya que vivimos en distintas formas de totalitarismos, algunos más agudos, violentos y evidentes que otros.
Los pillos, esos seres producidos diariamente por los totalitarismos, tan literarios, tan horrendamente literarios, resultan al mismo tiempo más fascinantes que las víctimas. Los pillos atraen a la prensa para hacerse la foto junto a las Damas de Blanco o en honor a ellas, y se construyen una historia alternativa y atractiva. Una vez pasada la “celebración” se esfuman hacia otros menesteres, porque lo que le importa a los pillos es figurar allí donde se huelan que podrían sacar dinero. Esos pillos –los producidos en estas sociedades- no siempre llegarán lejos, y sus tartuferías suelen resultar bastante efímeras, pero el daño que hacen puede ser irreversible.
Y para terminar, en otro solfeo: En este blog algunos comentaristas se llenan las manos para teclear exigiendo unión. Unión sería que no sólo Antúnez, no sólo los opositores de las regiones intrincadas de la isla, salgan a la calle a reclamar libertad en apoyo a las Damas de Blanco. Unión sería que Osvaldo Payá Sardiñas, Premio Sajarov, Elizardo Sánchez, y los miembros reconocidos de la disidencia interna apoyaran también, codo con codo, a las Damas de Blanco, tal vez no marchando junto a ellas, pero haciendo ellos sus propias marchas, detrás o delante. Unión sería, que frente la manifestación que el castrismo organiza en Madrid el 25 de abril, los Estefan, u otros empresarios, convocaran a un concierto por la libertad de Cuba, con músicos cubanos y europeos. Yo estoy a su disposición, con esta idea que llevo años tratando de llevar a cabo, pero sin los recursos que se necesitan para manejar una empresa semejante. En definitivas, no soy productora, soy escritora, ejerzo uno de los métiers más solitarios del mundo.
No podemos permitir que el hábito nos consuma, nos silencie, nos aniquile. Vivo convencida de que, de de la situación de los cubanos, el mundo tiene mucho que aprender, en su provecho, para salvaguardar lo poco que nos queda de libertad, de la ilusión de libertad.
Zoé Valdés.
Finalmente, menos mal, El País se hace eco, a través de agencia.
Otros medios se han ido haciendo eco: Associated Press en Yahoo. La misma en Le Nouvel Observateur, en France 24, La Nouvelle Gazette, en Bélgica.

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