Ramón Unzueta: Las murmuraciones de los arcanos.

RAMÓN UNZUETA: LAS MURMURACIONES DE LOS ARCANOS.

Abro el tarot, y de manera lógica, halo una carta hacia mí, es entonces que escucho los bisbiseos de antiguos espectros, como en un baile, cuando absorta de la música, fijas las pupilas en tu pareja, Y sólo atinas a oír los halagos provenientes de sus labios.

Lanzo la carta, en una maniobra del dedo, en la que consigo que un círculo lunar rasgue el espacio. Una uña partida, el cuello alto, la boca de cereza, ojos que se empinan hasta el cielo, o párpados que descienden a recoger esquirlas de diamantes en las aguas dulzonas de los ombligos. Los arcanos musitan, desde su cómoda posición de fluidos del recuerdo, y percibo imágenes oníricas que sólo podrían derramarse del pincel de Ramón Unzueta.

Mi recorrido a la obra de este pintor posee un nudo indestructible, el del encuentro, más bien hallazgo, de ambos, en el sueño. Nunca como ahora, en que han transcurrido más de treinta años, me he sentido más cerca del misterio de su pintura; porque nuestros encuentros reales se producen esporádicamente, pero cada día lo veo pintar en sueños.

La obra de Ramón Unzueta posee la fuerza narrativa de los daguerrotipos, o de aquellas viejas películas mudas, donde se captaba el instante en el que el padre de familia sucumbía herido de bala en la Primera Guerra Mundial, o más directamente de las novelas de Gérard d’Hauville, que no era otro que “otra”, una cubana, Marie de Regnier, casada con el poeta Henri de Regnier, hija de un inmenso poeta cubano José María de Heredia. Los retratos son como arcanos de un tarot que al voltearlos reflejarán los perfiles de un mundo vivido exclusivamente por la imaginación del pintor, como es el caso de Las Mujeres de Campo Florido, una de sus últimas series.

En el cuello bordado de escamas de pez, o en la tez de color delfín de esas damas se puede adivinar toda una historia, reservada, comedida, o desfachatada, a la que solo ha tenido acceso el autor.

La maestría de Unzueta se consolida cuando en sus arcanos murmullan las divas del celuloide, desnudas en espesos jardines donde el placer sólo puede ser pintado con leche y sudores aromatizados. Del ojo verdoso nace una fruta, que casi siempre posee la forma de la pera. De la boca una ciruela, una fresa, de la barbilla un mango. La pintura de Ramón Unzueta es una mezcla del Gaspard de la nuit de Aloysius Bertrand, ilustrado por Ravel, con un halo muy reminiscente de Archimboldo. Aunque en sus arcanos siempre habrá espacio para sus maestros, y homenajes secretos a Lucas Cranach el Viejo, al Greco, a Goya, y Tiziano. Ya sé, son demasiadas escuelas y estilos, por ellas hemos pasado juntos, sentados en el suelo de losetas frías, hojeando un viejo catálogo de un museo que hemos visitado muchísimos años más tarde.

La obra de Ramón Unzueta es como ese tarot de las emociones del que no te puedes desprender jamás, cada arcano sostiene una arteria de tu alma.

Zoé Valdés.

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