LA RATONERA.
A Carlos Ortiz, in memoriam.
“Todo para una sombra”
James Joyce.
Leí la noticia del concurso de poesía en el diario El País. No tenía dinero para comprar el periódico, pero leía los periódicos que llegaban a la oficina, con sumo cuidado, de manera tal de que El Embajador no se diera cuenta de que alguien antes que él había leído la prensa, y que se la hubiera “sopeteado”, según sus propias palabras en una descarga de ira, siempre que esto ocurría.
Copié a mano la información, las bases del concurso, no podía hacer fotocopia, pues doblaría el periódico, y ya ahí me ganaría un buen regaño.
Terminé mis horas en la oficina, como “esposa acompañante” que custodia a un diplomático cubano, quien no es precisamente diplomático de carrera, sino a la carrera, y que es mi marido. Mi misión es recortar periódicos, acompañarlo a él a los lugares públicos, recepciones, evitar que cualquier otra mujer se le acerque con la intención de sacarle alguna información, la suya es vigilarme. Sólo que mi marido no posee mayor información, nada que pueda parecer peligroso para el derrumbamiento del estado socialista, y le cuesta vigilarme porque nunca se ha preocupado demasiado por mí; además, yo no puedo evitar que sea él quien le saque fiestas a la primera mexicana o venezolana que se encuentre en un pasillo de la UNESCO.
En poco tiempo, me convertí en una muchacha sola, que debió cesar sus estudios universitarios, aunque me habían prometido que los continuaría en La Sorbona, pero a último momento decidieron que no asistiera a esa universidad, donde podían permearme de ideologías de derechas y envenenarme con conocimientos capitalistas, además: no había dinero, argumentaron; tampoco los niños de los funcionarios de la embajada asistían a las escuelas francesas, lo hacían a una escuela soviética, en pleno París, en el año 1985.
El chofer asturiano, militante comunista, llegó un poco tarde a recogerme, antes se había dado un saltico para comprar su tiercé. Yo todavía no entendía cómo un comunista estaba autorizado a jugar a los caballos, a la lotería, sin ser expulsado del núcleo del Partido. Hacía dos años que vivía en París, escoltada siempre por este señor, que no me perdía pie ni pisada. Me lo confesó sin ambages: “Soy tu perro de presa”. Y lo acepté porque no me quedaba otro remedio. El paso estaba dado.
Hubiera podido negarme a salir de Cuba, pero hacía cuatro años que vivía con mi marido, y él me había rogado que lo acompañara, no voy a negar que entre quedarme cargando cubos de agua en un cuarto de La Habana Vieja, sin cocina y con baño y fregadero colectivo, preferí largarme a París, aunque sólo fuera por un tremendo pulso echado por mi marido con las autoridades del Ministerio de Relaciones Exteriores. Yo reunía todas las condiciones para que no me dejaran salir jamás de la isla: Era apática, no era militante, no anotaba absolutamente ninguna tarea heroica en mi curriculum; yo era sólo la mujer de un señor al que habían tronado, y cuyo truene había sido alejarlo de Cuba por un tiempo… París, la UNESCO, todo eso tenía que ver con la figura del Embajador, que en aquella época mantenía relaciones tensas con El Jefe, con el Número Uno, como él lo llamaba, sin embargo, a quien el Segundo, apoyaba.
El chofer asturiano me condujo hasta mi casa. Subí los seis pisos jadeante –no había ascensor-, vivíamos en una estrecha buhardilla, amueblada con tarecos baratos, salvo el escritorio, una lámpara imitación Gallé, y una imitación de un busto de Antínoo. Aunque diminutos, al menos contábamos con cocina y baño, para nosotros solos.
Entré en el cuarto, abrí el candado de la gaveta donde guardaba mis secretos, extraje el libro que había terminado: Todo para una sombra, y lo metí dentro de la bolsa. Ya lo había decidido, al día siguiente le pediría a la escritora argentina que trabajaba en la oficina nicaragüense que me hiciera el favor de hacerme tres copias al poemario. Lo enviaría al concurso de poesía en España.
-¿Has consultado con tus jefes? –me preguntó Luisa al día siguiente, cuando nos reunimos en el café de la UNESCO.
Me encogí de hombros. Estaba harta de contar cada acto de mi vida, de que lo registraran todo, grabaran las conversaciones de la oficina, incluso de los trabajadores no cubanos.
-Deberías hacerlo –me aconsejó Luisa-, hijita, trabajé en China, en Prensa Latina, sé lo que es el comunismo, el comunismo cubano no dista mucho de lo que viví. Conozco a varios compatriotas tuyos que han llegado muy orondos, y los han devuelto a Cuba enyesados…
Cuando un funcionario cubano traspasaba las normas, caía en una indisciplina, o simplemente “traicionaba”, merecía su castigo. Los vigilaban, los atrabancaban en la embajada, los enyesaban y los montaban en Cubana de Aviación, directo para la cárcel, o para una granja, me aseguró ella.
-Es sólo un poemario, no es nada que pueda hacerles daño –inhalé el humo del cigarro. Luisa hizo un gesto de asco ante el fétido aroma del tabaco rubio cubano.
-La poesía, para ellos, siempre será dañina, créeme –respondió Luisa.
Tres días más tarde Luisa quiso entregarme las fotocopias en la entrada del Métro Ségur, al que había bajado porque el chofer asturiano, en un descuido, me había abandonado para irse a comprar billetes de lotería. Allí estaba Luisa, me hizo señas, y acudí apresurada:
-¿Qué es, qué te pasa? Sabes que no puedo verte fuera de la UNESCO, por el momento, estoy a prueba…
-Aquí tengo tus fotocopias…
-No, ahora no, por favor… ¿Podrías dármelas mañana, en la cafetería?
-Hay cámaras, van a pensar que estoy sacando algo raro de la oficina de Nicaragua para entregártelo a ti –que ya te vieron conversando en un pasillo con un funcionario americano, nos armaremos un lío… Mejor, mejor dame todo, la dirección, tu curriculum, la plica, y yo lo mando por correo desde mi casa…
-Primero, fue el funcionario americano quien me abordó a mí, yo no a él, y además, es un tipo super simpático. Segundo: Tengo que enviar el libro desde la oficina, no diré nada, pero quiero que quede constancia de que tampoco me escondí para hacerlo, y que lo hice sola… No preguntaré si puedo hacerlo, lo haré, y punto.
-Bien, tú decides… Prefiero dejarte las copias en el baño. Estarán allí a las 8 y media de la mañana, debo llegar a las 7. ¿Y por qué no hiciste las copias entonces en tu oficina?
-Si me cogen haciendo las copias me acusarán de apropiarme de materiales del estado para intereses personales, y no podría enviar el libro, y mi intención es que salga cuanto antes.
-Perfecto, entendí todo.
Temprano en la mañana las fotocopias salieron hacia Barcelona, por primera vez competiría en un concurso español, si es que el jurado aceptaba mi manuscrito. Me sentí igual de emocionada que Sibila, el personaje de aquella hermosa película Mi brillante carrera, en el momento en que coloca el manuscrito en el buzón de aquella cerca de madera, en una campiña desolada. Todas mis esperanzas iban presilladas en aquellas páginas. Era mi segundo libro de poesía.
(Continuará…)
Zoé Valdés.


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