La Ratonera. (3ra parte).

1ra parte.

2da parte.

III

Pasaron algunos meses, en los que me convertí, además de esposa acompañante, con todo el trabajo que eso conllevaba, en criada del Embajador; ninguna portuguesa, y menos las españolas, querían trabajar con él por lo sangrón que era, y lo tacaño y abusador en cuanto al pago y a las horas y el contenido de trabajo, por otra parte, odiaba a las árabes, y rechazaba meterlas en su casa, entonces se le ocurrió que la persona adecuada para limpiarle el inodoro con un hisopo era yo, además de los estantes de libros, y el resto de la casa y todo lo que se le antojara. Además me dieron la tarea de recuperar la biblioteca de Alejo Carpentier que se enmohecía en un sótano de la embajada, y que por nada botan a la basura, si no atajo yo a tiempo la cosa. Llegaba tarde a la casa, hecha leña, cocinaba, apenas comía, leía algo, y me dormía para poder levantarme temprano al día siguiente.

Una mañana sonó el teléfono en mi cubículo (las oficinas de la Delegación de Cuba ante la UNESCO medían un metro de ancho, y uno cincuenta de largo, apenas podía saltar dentro de mi buró). Me extrañó que mi línea sonara, nunca nadie me llamaba.

Descolgué:

Bonjour, Délégation de Cuba auprès de l’UNESCO –contesté.

-Por favor, quisiera hablar con… -¡conmigo! Nadie quería jamás hablar conmigo.

-Soy yo, ¿desea hablar con el Embajador? –Iba a decir que se encontraba en el Mercado de las Pulgas comprando muebles antiguos, pero me mordí los labios- El Embajador se encuentra en una reunión del Consejo Ejecutivo.

-No, es con usted con quien quiero hablar. Soy el editor…

-¿Editor, qué editor? Para la revista de la UNESCO, o la Bohemia de Cuba, hay que llamar a otro número, se lo doy en un instante, espere…

-No, soy el editor, y jurado del premio de poesía al que usted ha enviado su libro…

Colgué el teléfono de golpe, no sé por qué lo hice. Ah, sí, no deseaba escuchar nada acerca del tema, y mucho menos que me anunciaran que había perdido. Pero si perdí no me habrían llamado, pensé. Volvió a timbrar.

-¿Sí? –Era la misma persona- Perdone, se cayó la llamada, es que ahora mismo hay un nubarrón que está pasando por París (no acababa de acostumbrarme a que los únicos teléfonos que se cortaban al paso de un nubarrón eran los cubanos, y en Cuba).

-Quiero darle la buena noticia de que ha ganado el accésit al premio.

¿Qué era un accésit? Yo sabía bien poco de concursos en el extranjero, aunque ahora la extranjera era yo, y vivía en el extranjero.

-Es como un segundo premio. Ha sido ardua la discusión, pero hemos decidido dárselo. El accésit no tiene dotación económica, aunque publicaremos su libro.

Apenas podía hablar, los ojos se me inundaron de lágrimas y la garganta se me hizo un nudo, me repuse, o lo intenté:

-Yo, yo, estoy muy contenta, muy agradecida… No sé cómo explicarle, gracias…

-Nada, el problema que debimos afrontar, esencialmente, era que el soneto estaba mal medido. Y como era el único soneto del libro, lo deslucía… Además de los poemas eróticos.

-Bueno, es un soneto infiel, por eso se llama Soneto Infiel. Me dedico a hacer sonetos infieles, es algo que trato de hacer, dejo cojo al soneto en la última estrofa… Los poemas eróticos, en realidad son erónicos, o sea, de eros e ironía, es una modalidad inventada por mí…

-Ah, ah, ya entiendo…

Estaba segura de que no había entendido mucho de lo mal que yo explicaba aquello que no tenía explicación, de lo errática que me había vuelto. El señor era un tipo muy respetable en España –saqué en conclusión según sus palabras-, había hecho las mejores antologías de poetas hispanoamericanos, y era dueño de una librería, además había creado un sello editorial de poesía, donde había publicado a Jaime Gil de Biedma, entre otros monstruos del verso y de la lira, como diría mi padre.

Explicó que enviarían los ejemplares que me correspondían una vez estuviesen impresos, y que en poco tiempo el poemario estaría en librerías. Me temblaron las piernas, la emoción invadía mi cuerpo entero, y acorté lo que pude la conversación debido a mi timidez.

Entonces surgió el problema real: Había ganado un accésit, sin dotación económica, y el libro saldría editado. Desde que colgué supe que eso me traería problemas. Entonces, antes de contárselo a nadie, me di cita con Luisa en la cafetería.

-Me ha pasado esto, Luisa… -y me explayé.

-Malo, malo. Lo que te hubiera podido salvar es la dotación económica. Porque los de la embajada se la habrían embolsillado, y tú tendrías tu libro. Pero, de este modo, ellos no ganan nada.

-Tampoco había mucho que ganar, según su punto de vista. Para mí era una suma importante, pero no para ellos –deduje.

-Yo que tú hablo con el Político, directamente. No sólo es una buena persona, además he visto que le caes bien… -Luisa hizo un guiño.

-¿Para decirle qué? Él estará obligado a informarlo.

-Por eso, así te ahorras el trabajo de hacerlo tú directamente.

No salí de allí muy convencida; pero al entrar en el ascensor me topé con el Político, todo sonrisa, todo amabilidad, todo seducción. Bien trajeado y mejor perfumado. Dudé. ¿Le contaba o no? Él entró en su oficina, no sin antes despedirme cortésmente, y yo iba a entrar en la mía, pero hice un giro y me dirigí a su puerta.

-Ya estaba al corriente de tu premio, o sea, no ignoraba de que habías enviado ese libro a ese concurso… Gracias de todos modos por prevenirme acerca del accésit.

Discó un número, pronunció el nombre compuesto del segundo secretario de la embajada.

-Ganó… -pronunció firmemente- No, chico, nada que ver con tu caballo. Ganó “la yegua”.

Pensé que la finura se le había ido para los pies.

-Un accésit, no tiene dotación económica, pero le publican el libro.

Se podían oír las exclamaciones enfurecidas del policía del otro lado del auricular.

-Ya lo arreglaremos… -susurró el Político.

Colgó, juntó sus manos entrelazando los dedos encima de la papelería que desbordaba su escritorio, y me observó durante unos largos minutos:

-Necesito leer el libro. Aunque todos lo han leído, menos yo.

-Tengo el original en mi oficina.

-Tráemelo. No tardaré en terminarlo. Las cosas pasarán de la siguiente manera. Si te vuelven a contactar te limitas a responder con monosílabos, respuestas cortas, que no te comprometan en nada absolutamente… En caso de que quieran invitarte a España, por el momento debes decir que no, que estás enferma, cualquier cosa… Ya veremos si nos conviene que asistas.

-No creo que me inviten, no habrá premiación, es una pequeña editorial.

-Tampoco pensabas ganar y ganaste, aunque sin ganar del todo.

Bajé la cabeza.

-Una sugerencia personal: Como resulta raro que vivas en el extranjero, siendo cubana, y no siendo exiliada. Utiliza el lenguaje que menos te comprometa. Y si tienes que usar la langue de bois, no te reprimas.

La langue de bois era el teque. A mí el teque no se me daba nada, y así se lo expresé de la manera más patriótica posible:

-Inténtalo, siempre hay una primera vez. Sólo tienes expresar fervientemente tu amor por la revolución y por Fidel, y atacar a los enemigos de la revolución, si te preguntan por Miami, por ejemplo, ya sabes lo que tienes que responder… Intenta aflojarte, siempre estás como muy tensa. Relájate, que no se ha muerto nadie… Todavía.

No me atreví a hacer un gesto de duda, porque sabía perfectamente lo que tendría que responder en relación a Miami, pero no me daba la gana de hacerlo. Así y todo, distendí los músculos, y hasta me sentí mejor.

-Siempre recuerda que cualquier interlocutor podría ser un potencial enemigo de la revolución, o un doble agente, o un agente de un lado, o de otro, que nos informaría de inmediato la conversación, cualquiera que ésta sea, que ustedes entablen. Incluso, hasta podríamos ponerte a prueba, y enviarte a alguien…

No podía creer que este hombre tan simpático me estuviera hablando de un modo tan cínico.

-Bueno, yo sólo tengo una sola verdad.

-¿Cuál? –Inquirió extrañado.

-Mis poemas.

-No es suficiente.

Dio por terminada la conversación, y fui a buscar el manuscrito, se lo entregué. Pasadas dos horas lo escuché hablar con alguien por teléfono. Aunque su oficina estaba cerrada, gritaba tanto como para que yo lo oyera desde la mía. Menos mal que la secretaria se encontraba en el correo, y los demás en una asamblea del CRICAL.

-¡Son poemas absurdos! ¡No tienen nada de político, y en eso radica mi temor! ¡No podemos perderla de vista! ¡Te lo dije, te lo dije! ¡Ganancias ninguna! ¡Aunque sabes que no me interesa eso, no es el dinero lo que me interesa, eso es cosa de ustedes! ¡Lo que me preocupa es la lectura política del acontecimiento! ¡No, no aquí, en-La-Habana! ¡Ah, sí, callada sí es, demasiado callada! ¡Y el que calla otorga!

En completo estado de pánico me dirigí al baño, que junto con los bancos de las iglesias, constituyen mis escondites predilectos; intenté calmarme. Empezaba a darme cuenta de que inevitablemente, en mi vida, detrás de una buena noticia, siempre ocurriría algo que devastaría el efecto positivo de la primera. Y jamás me he librado de semejante fatum.

Zoé Valdés.

(Continuará…)