IV
Llegó el momento en que empezaron a coincidir los sucesos incómodos y peligrosos. Yo siempre fui tímida en cuanto a aptitudes colectivas, aunque arrestada en las acciones físicas individuales; me costaba más trabajo hablar, o hacerme distinguir, en público, que zambullirme en una presa ciega, o escaparme de un campamento de la escuela al campo, de madrugada, para deambular por el pueblo muerto de San Juan y Martínez, o nadar hacia el canto del veril, lanzarme en bicicleta desde la plaza Cívica (no me da la gana de llamarla “de la Revolución”), loma abajo, hasta el Malecón, por la avenida de los Presidentes, con los ojos vendados, en una especie de ruleta rusa, de la que salí indemne en tres ocasiones.
Digo esto porque, en aquella época, nadie reparaba en mí, yo no hablaba, me desplazaba en silencio, con la mayor cautela, no me agradaba molestar, y detestaba llamar la atención; hasta que las cosas empezaron a cambiar y a coincidir de manera alarmante.
Uno de los diplomáticos de la delegación, el más combatiente, el más extremista, el que trabajaba “25 horas diarias”, según él mismo decía, y nos exigía a nosotros muchas más, fue trabado por los segurosos en plena preparación de estampida traidora hacia los Estados Unidos. Nos enteramos de su plan de “deserción”, cuando nos lo comunicó el Embajador, y ya Raúl Cobas se encontraba junto a su esposa, montados ambos en un avión de Cubana, rumbo a la travesía del desierto, como le llaman los franceses al típico “truene” cubano.
Todos estábamos extrañados de que Cobas se ausentara dos días seguidos de la oficina, él tan puntual, tan exigente, y tan asquerosamente eficiente, así como su mujer, que siempre se estaba haciendo la tonta, con voz ñoña, y al parecer era el cerebro que preparó el plan, o al menos la que daba el pistoletazo tras del “en sus marcas, listo, ¡fuera!” hacia el consulado “enemigo”. El plan incluía a la hija, a la que trataban de sacar de Cuba, mediante una beca. No sólo no lo consiguieron, parece que la muchacha metió la pata hablando de más al teléfono, y por ahí se acabaron las cajitas de dulce guayaba para ellos.
Lo cierto es que enviaron a otra becaria en su lugar, una joven científica que iría directo al Instituto Pasteur a investigar el virus del sida. Me tocó buscar a la muchacha al aeropuerto de Orly e instalarla en un apartamento donde viviría en común con otras becadas y traductoras.
La becaria se notaba muy feliz de haber sido seleccionada para semejante tarea, y sólo pensaba y conversaba animadamente en términos científicos, la vida cultural parisina no le importaba demasiado, y ansiaba, por el contrario, sumergirse en los laboratorios cuanto antes. Así hizo.
A la semana me llamó horrorizada, la corté súbitamente, si quería hablar mejor le daba cita en la cafetería de la UNESCO, y en presencia de Luisa. ¿Por qué confiaba yo en Luisa plenamente? Era poeta, había vivido el comunismo, no soportaba al Ché, aún siendo argentina, y odiaba a Fidel Castro. De hecho, fue por su culpa que me castigaron a trabajar tres meses en el Servicio Cultural de la Embajada. Sí, el servicio cultural era tan espantoso, que a los que no hacíamos las cosas bien o cometíamos una indiscreción, nos mandaban a trabajar con el agregado cultural, quien para presentar públicamente a Alicia Alonso se refería a la gran gimnasta que ha bailado la mejor Giselle de todos los tiempos, y en un discurso citó “el talón de Atila, y el caballo de Aquiles”, en un alarde de conocimiento de la mitología griega. Trabajar con semejante bestia era el peor castigo que le podían proferir a un cubano, en la escala de los castigos veniales; tuve que entrar por el aro, la indisciplina cometida por mí había sobrepasado los límites.
Resultó que Luisa se acercó a mi cubículo, era la primera vez que lo hacía, porque le habían encomendado llevar unas publicaciones a los consultores culturales –eso era yo cuando no querían llamarme “esposa acompañante”, o “asistenta personal del Embajador”, o sea, criada-, y al salvar el umbral se topó conmigo en posición de oración piadosa frente a un gigantesco retrato de Fidel Castro de la época en que fumaba tabacos. Luisa se quedó como una estatua, con hiedra adherida y todo.
-Yo sabía que los cubanos eran creyentes, pero no tanto… -soltó con su acostumbrada ironía argentina.
En verdad yo no me hallaba rezando frente al retrato del susodicho, lo que sucedía era que el espacio era tan pequeño que en lugar de oficina parecía un altar, y bastaba media vez que yo me quedara pensativa, o con la mente en blanco, y las manos juntas, tejiendo mil musarañas (ya yo me había acostumbrado tanto al feo retrato que ni lo veía), para que pareciera que estaba en transe de rogarle a la imagen de la Matraca Ideológica que me concediera un don, un deseo, cualquier tontería.
Me reí con el comentario de Luisa, y sin pensarlo dos veces lancé la frase que me propulsó al peor de los castigos inimaginables:
-No, y lo más cómico del caso es que detrás de aquel armario –señalé a la oficina de al lado que comunicaba a través de una estrecha puerta con la mía- hay un hermosísimo dibujo de Picasso, una paloma de la paz… Pero prefieren colgar esto.
-Pues te ayudo a reemplazar esa ignominia por la paloma picassiana.
Y, como ya señalé con anterioridad, siempre fui muy tímida, pero para las acciones físicas tenía el número uno. Bajamos el cuadro entre las dos, y sacamos el dibujo, colgándolo de inmediato en el bendito vacío del otro. Luisa me dejó las publicaciones que llevaba consigo, conversamos un rato, donde me contó su trayectoria, y luego se fue. Y yo me quedé.
¡Escándalo, oprobio, felonía! ¿Quién osó mancillar la imagen de nuestro querido Comandante en Jefe? Gritaron todos. Yo, de mármol. Después de lo del poemario, era mi segunda metida de pata, y podía suponer que en la escala de valores de los castristas, constituía una falta de suma gravedad. Levanté el índice, luego el brazo, con una grúa imaginaria:
-He sido yo.
¿Cómo es posible? Coro griego.
-La paloma de Picasso lleva un mensaje de paz… -mientras más lo intentaba explicar más me empantanaba en las heces fecales. Conclusión, para abreviar los malos recuerdos: Tres meses castigada, enviada de cabeza a escuchar los sermones matinales del agregado cultural, a corregir sus chambonerías, y limar las asperezas que iba dejando en el camino, en su nada diplomático trato con el resto de las embajadas. Además de que lo mismo podía organizar una velada con Jorge Luis Prats y Los Papines –en un mismo programa-, que montar una exposición de Wifredo Lam acompañada de unas artesanías del Fondo de Bienes Culturales. Aquello era de una insólita incultura. Además, como había sustituido (tres agregados culturales por el medio), a Alejo Carpentier, el Agregado Incultural se había atrevido a escribir una novela sobre el Escambray y la lucha contra bandidos, que no eran otros que los guerrilleros anticastristas, que nos obligaba a leer una y mil veces, o nos la leía con voz engolada, lo que era aún peor.
Luisa sabía que por culpa suya yo había tenido que soportar semejante penalidad, que en el lenguaje del deporte de su tierra, el fútbol, significaba una tarjeta roja de por vida, y desde entonces, nos hicimos amigas, casi clandestinamente. Frente a los demás nos comportábamos como simples colegas, sólo podíamos hablar cuando nos veíamos en la cafetería, a horas en que el lugar se encontraba desolado.
El asunto es que di cita a la becaria, y a Luisa, para tenerla de testigo, por si acaso. Pero la mujer no se atrevía a hablar, ni atrás ni alante, sólo lloraba, en silencio. Luisa comprendió y se apartó, sentada a tres mesas de nosotras se puso a leer Le Figaro. La otra decidió hablar, temerosa, rabiosa, hipeando, apenas yo conseguía entenderla.
-Yo soy una científica, no puedo hacer lo que me piden, pero si no lo hago me botarán de aquí, y perderé mi trabajo, me quitarán mi carrera…
Me di cuenta de que algo grave sucedía, y que lo más coherente y precavido era no enterarme.
-Te ruego, por favor, no sigas, no me digas nada.
-Confío en ti –musitó ella.
-No, pero yo no en ti, lo siento –me sentí fatal portándome tan tajante, pero de ninguna manera podía aceptar oír sus problemas, porque luego me vería en la obligación de informarlos, dado que de lo contrario podía ser ella la que informara que me había tendido una trampa y yo había caído en ella. Había aprendido a no escuchar intimidades de nadie.
-Me obligan a espiar, a robar experimentos… -insistió.
-¡Alabao, gato! Ay, no, no, no. No quiero saber nada de eso… -y me levanté volando de aquella mesa, y corrí hacia el ascensor.
Dentro, empecé a llorar, desconsoladamente, me había comportado indignamente, pero prefería haberlo hecho en la primera etapa del enorme caos que se le avecinaba a la becaria, a la que expulsaron dos semanas más tarde, despojándola del carné de militante, de su carrera, y a la que enviaron a Cuba, no sé si enyesada o dentro de un tubo de ensayo. Nunca supe lo que sobrevino después, pero en todos estos años no he cesado de pensar en ella. Y respiro con tranquilidad, porque pude escapar una vez más de hacerle daño a alguien, aún sin querer, o de que ella me lo hiciera a mí.
El tercer acontecimiento tuvo que ver directamente conmigo.
Una tarde llegué a casa estropeadísima y me encontré con que había “reunión familiar” entre el Embajador y mi esposo.
Apenas hice ruido al abrir la puerta, es una mala costumbre que tengo, lo sé, es de muy mala educación, la de no hacer ruido, y andar sigilosamente por todos lados. De ese modo, en mi estilo fantasmagórico, de sombra perenne, borrando huellas en vez de dejarlas, por nada mato a mi madre y a mi abuela de un colapso, porque me les paraba detrás, ellas no se percataban de mi presencia, de súbito hablaba, y el salto que daban del susto las hubiera podido hacer ganar sendas medallas de oro en las Olimpiadas, en la disciplina de atletismo.
Di vuelta a la llave en la cerradura discretamente, entré en puntillas directo al cuarto, ellos se encontraban en la sala, yo era el sujeto de su conversación.
-¿Por qué crees que quiere ser escritora?
-No quiere serlo, lo es, es poetisa –apuntó el hombre al que yo amaba.
-Pues el caso es que este periodista ha llamado a la oficina, menos mal que ella no se encontraba, y que fue la secretaria quien cogió la llamada. Era el hombre ése del premio, y anunció que un periodista, miembro del jurado, viajará próximamente a París, para conocerla. No es bueno que se nos esté haciendo conocida, no es bueno…
Me dije que debía salir del cuarto, para que supieran que yo estaba allí, antes de que siguieran hablando y la cosa se pusiera fea en mi contra. No deseaba escuchar a mi marido referirse a mí en mala onda, por precaución de conservar su puesto. Es cierto que hasta ahora nunca lo había hecho, pero quién sabe cuándo empezaría…
-Ella miente, es muy mentirosa… -dijo el Embajador sin faltar del todo a la verdad.
¡Tralalá, aquí estoy! Pensé, pero hice distinto, surgí del cuarto cual presencia alada, cuasi levitando, a juzgar por la cara de asombro del Embajador, y por el gesto de desconcierto del escritor mayor de la casa.
-¿Has oído? –Preguntó el dueño de nuestros destinos, dirigiéndose a mí, por supuesto.
Afirmé.
-Tanto mejor, eso me evita repetirme. Lo más seguro es que el periodista te llamará, vendrá a París. Lo verás, estás autorizada, debes trabajarlo a nuestro favor, necesitamos periodistas que hablen bien en la prensa de nuestro asediado país.
No me preguntó si yo estaba de acuerdo, sólo debía obedecer, o de lo contrario nos enyesaban y nos mandaban para Cuba en un avión de Cubana, lo peor era lo de viajar de nuevo en un avión de Cubana, aquellos aparatos sonaban durante el vuelo como unas maracas rellenas con tornillos bolos. Aunque podía ser tan divertido como cuando de pequeño lo montaban a uno en la montaña rusa, sólo que ningún cable sostenía el carro a la carrilera de hierro, más que la mano de Dios, sumamente etérea como podíamos constatar en aquellas casi diez horas de reto constante a la astrología.
El patrón de nuestras vidas anudó un fino pañuelo de seda virgen al cuello y se largó, dejándonos con los tímpanos vibrantes después del tirón de puerta.
El periodista finalmente llamó a la oficina unos días más tarde de aquella conversación sumamente instructiva, fui yo quien respondió, estaba asombrado de que yo estuviera esperando la llamada como si fuera la Sibila de Cumas, y cada una de mis palabras parecieran la piedra filosofal de la profecía.
Anunció que arribaría a París el día señalado, a tal hora, nos veríamos en mascual café. Así aconteció. Sólo que me trasladé en metro, mientras un funcionario de la embajada me seguía a corta distancia.
Entré a la brasserie y el seguroso se quedó afuera.
El periodista no era como yo lo imaginaba, sin embargo, me resultó simpático desde el primer momento. Fue muy hermoso escuchar el origen del premio, que llevaba el nombre de su hermano, poeta, que había fallecido joven, al que le hicieron una ceremonia de despedida en el pico de una montaña, mientras lanzaban sus cenizas al viento. Yo lo escuchaba y no sabía cómo colar las tareas que me habían encomendado, que escribiera un artículo a favor de la revolución, y que hiciera un llamado a otros periodistas y escritores solidarios con la causa revolucionaria mundial, hasta que me olvidé del encargo, y me fui embebiendo en las palabras del periodista. De pronto se detuvo, y me preguntó qué pensaba yo de la revolución, o algo por el estilo, lo que normalmente debía haber hecho yo.
Desperté de un salto del letargo en el que me había sumergido, mientras creía percibir que en el mundo existía gente que hablaba diferente.
No sabía qué decir sobre la revolución, pero sólo tuve palabras elogiosas, por si las moscas, ya que había empezado a sospechar de que este tipo, tal como me había prevenido el Político, podía ser un doble agente, o un agente castrista.
-¿Y de Miami, qué piensas de Miami?
Ahora sí no cabía la menor duda, este hombre era un espía, y estaba ahí para fastidiarme completa, con la única intención de hundirme. Incluso empecé a pensar que el anuncio del periódico del concurso lo habían puesto a propósito, para que yo cayera en el jamo, y enviara el poemario, y sucediera esta cadena de trampas que me habían tendido para probar si yo era alguien confiable política e ideológicamente.
-Miami es mala –solté, aunque no recuerdo si fue así exactamente, pero en esencia ese quiso ser el sentido de mis palabras, mientras recordaba que semanas atrás había pensado largarme en cuanto me beneficiara del primer descuido, directo a la embajada americana y pedir asilo. Me iba a dar mucha pena con mi marido, pero estoy segura de que él hubiera hecho lo mismo.
-No me gusta Miami –lo dije sin conocer Miami, por inercia, aunque años más tarde, ya en el exilio, luego del primer deslumbramiento lógico con Miami, llegaría a la misma conclusión, con conocimiento de causa esa vez, de que Miami no me gustaba, de que lo que aprecio de Miami son sus gentes, sus artistas, sus creadores, y la verdadera cultura cubana, que son ellos los que han conseguido salvaguardarla, como si se tratara del mayor tesoro que existe sobre el planeta.
El hombre empezó a interrogarme, o a preguntarme, pero yo veía por todas partes rejas y micrófonos escondidos en las macetas. Entonces respondí todo lo contrario a lo que sentía, mecánicamente, muerta de miedo, aunque de forma natural. Si algo consigue el comunismo es que adoptas el miedo de forma tan natural de tal modo, que ni el más experto interlocutor podrá advertir el terror que se ha apoderado de la persona que tiene enfrente. El miedo es la revelación natural del comunismo, un estado normal, sobre todo cuando aún no has aprendido, o no te has atrevido, a rebelarte.
Sólo en un instante preciso, en medio de la conversación, presentí que podía confiarme a aquella persona que había leído mis poemas, que los había defendido, y fue cuando me habló de ellos. No eran perfectos, según su juicio, a una parte del jurado no les había gustado, pero él los había defendido. Me preguntó por mi vida. Empecé a confiarme sin apenas darme cuenta, porque fui resbalando hacia un extraño abismo de pánico, que me daba fuerzas, de manera extraña y contraria, para desatar mi lengua:
-Tengo problemas con mi marido –hubiera querido añadir que también con mi jefe, con mis compatriotas, con todos, menos con Luisa, una amiga argentina, poeta y novelista, pero callé.
-¿Qué problemas?
-De tipo literario y casero –mentí.
¿Por qué no declaraba mi verdad, por qué no le pedía que me ayudara, le confiaba que yo anhelaba conocer otra vida, la vida real de la gente normal?
-Yo soy de izquierdas –anunció repentinamente orgulloso, y todavía recuerdo los efectos del jarro de agua fría.
Nos despedimos cordialmente, yo con la sensación de que había conseguido que mi conversación fuera intrascendente, tal como requería la situación, aunque no había alcanzado el objetivo que me habían asignado, que le pidiera que escribiera un artículo favorable al castrismo, por encima de todo. Sin embargo, con mi comportamiento podía sentirme incluso hasta secretamente disidente, lo que me divertía sobremanera.
Lo que no podía sospechar siquiera de que mis desdichadas palabras calarían tan hondo en un alma extremista y radical, de la izquierda divina de caviar y cava.
Al huir del café reparé enseguida en el policía que me habían asignado, “psicólogo” le llamamos en Cuba a este tipo de personaje.
Acudí a él para que me aconsejara qué línea de metro me dejaría más cerca de la calle Miollis.
-Dentro hay un mapa lumínico, ¿tengo yo acaso cara de mapa? –respondió visiblemente molesto frente a mi audaz actitud, la de desvelar públicamente su identidad de perseguidor.
Sumergida en la cueva del metro, me sentí incluso más segura, ante la perspectiva de tener detrás de mí al perro de preso que me tocó por la libreta.
Zoé Valdés.
(Continuará…)

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