VI
En las primeras horas en que nos anuncian la muerte de un ser querido, pasando por el velorio, las condolencias, el entierro, nada parece real, el tiempo queda en suspenso, no hay espacio para los recuerdos, sólo das rienda suelta a tu dolor, al llanto, a la desesperación; y es entonces cuando comprendes que nada hay más hermoso que la vida, y que la muerte comparte roll protagónico, esencial, de ese acto de entrega permanente. Los amigos y los familiares arropan de manera especial, aún cuando deben hacer un esfuerzo ellos también para mantenerse controlados y fuertes ante la desgracia. Por todo eso he pasado cuando han muerto mis seres queridos, unos cuantos ya. Pero cuando murió mi segundo esposo en un accidente, en el hilo tenso que representa la existencia, apareció un nudo.
Pasadas las ceremonias fúnebres debí enfrentar mi soledad. Cerré la puerta a mis espaldas. Contemplé el panorama de la ausencia, no había un objeto que no me hiciera lamentar la pérdida de aquel hombre. ¿Cómo iba a vivir sin él? Me senté en el butacón y allí estuve cerca de tres horas, con la vista perdida en el vacío, y los brazos caídos en la acolchonada tapicería. Timbró el teléfono. Era una mujer, aseguró que se trataba de una amiga de mi marido, sin embargo, yo no la conocía, ni ella a mí personalmente, pero ella había oído hablar bastante a mi conyugue de mi. Por el contrario, jamás yo había oído hablar de ella.
No deseaba ver a nadie. Pero ella insistió en que tenía algo importante que consultarme, y nos dimos cita para horas después, hacia el anochecer.
Esa misma tarde tocaron a la puerta. Yo me había tomado unas pastillas para dormir un poco. Me dirigí a la puerta trastabillando, mareada. Puse el gancho y entreabrí. Un hombre canoso me saludó.
-Magda no pudo venir, yo la reemplazo.
-¿Quién es Magda? –Había olvidado completamente al personaje.
-La amiga de…
-Ah, entonces dígale que venga otro día -. Fui a cerrar, pero él interpuso la mano impidiéndolo.
-Es urgente.
-¿Urgente? Ya no hay nada urgente.
-Le ruego que me escuche, tiene que ver con su pasado en Francia.
-No me importa.
-Sí le importará. Su vida no se ha acabado.
Llevaba razón. Debía pensar en arreglar algunos papeles, en buscar una manera de aliviar y rellenar aquel hondo pozo de melancolía, para poder comportarme como un ser normal y volver a funcionar.
Acomodado frente a mí, en el sofá, sacó una cajetilla de Populares y encendió un cigarro, luego preguntó si podía fumar.
-Ya lo está haciendo.
-¿En esta casa no se invita a un cafecito? –Me molestó la frescura, sin embargo, me dispuse a colar café. Regresé con la taza humeante.
-¿Usted no toma? –Volvió a inquirir sonriente.
-No, llevo días con el estómago estragado –No me agradó su sonrisa.
-Como ya le expliqué, Magda no pudo venir –no me había explicado nada, pero yo asentí-. Ella la visitará en los próximos días. Ella quería mostrarse solidaria con usted por la muerte de su esposo, y preguntarle si podía ser útil en algo.
-Busco ocuparme la mente, pero leo mucho y la soledad es lo que necesito. Estoy desempleada, pero buscaré trabajo.
-En este país no hay desempleo. Encontrará fácilmente trabajo si entra en contacto permanente con nuestra oficina. Nosotros podemos ayudarla.
-En este país sí hay desempleo, yo soy la prueba.
-No, usted es la prueba de la equivocación de unos cuantos.
-¿Sí? ¿Cómo me argumentaría usted eso? –La conversación empezaba a ponerse rancia.
-Jamás habría dado la autorización para que tú salieras del país, jamás te hubiera puesto a trabajar en la UNESCO. Jamás te habría permitido que enviara un libro de poemas a un concurso, que te divorciaras de tu primer marido para casarte con mi amigo.
El tuteo y la simplificación de las cosas relacionadas con mi vida colocaron la situación en el contexto real que lo había traído hasta mi casa.
-¿Ah, sí? Yo no salí del país porque quise. Yo estaba estudiando en la universidad y tuve que parar mis estudios para acompañar a mi marido…
Hizo un gesto de aburrimiento.
-Sé todo.
A esas alturas yo también podía imaginar todo sobre él y sobre la supuesta Magda.
-Una sola pregunta. ¿Por qué carajo regresaste a Cuba? –Su tono era desafiante.
¿Por qué tenía que compartir con un desconocido las intimidades que me habían conducido a cometer varios errores? ¿Por qué aceptaba su presencia en mi casa? Quedé un rato en silencio, analizando lo más rápido que pude la situación. Retorné con el pensamiento a pasajes que hubiera preferido olvidar:
Decidí separarme de mi primer marido. No fue nada fácil. El Embajador no quería saber del asunto, prefería mantenerse alejado y desentendido, además de que el equilibrio del equipo peligraba, por lo cual, él opinaba que yo debía quedarme y cumplir mi misión de esposa acompañante. Pero la convivencia se tornó insoportable y, sin contar con nadie, me largué a vivir con la pareja de amigos: el primer secretario y su esposa anodina, que habían llegado de último y con quien me había liado amistosamente. Claro, debí contar con ellos antes.
Sólo pernocté dos noches. El Embajador hubo de enterarse y regresé obligada a la buhardilla, a dormir en el sofá color rata.
No podía decidir el coger mi billete y mi pasaporte y marcharme, ambos documentos se encontraban en poder de la oficina de Cubana de aviación, guardados en una caja fuerte. Sin embargo, mentí a la chica chilena, y pude apropiarme de mis papeles.
Introduje los documentos en una losa floja del suelo.
Me apoderé de la bolsa donde ahorrábamos el menudo, y bajé al teléfono de la esquina del metro La Tour-Maubourg, llamé a mi madre a Cuba, al teléfono de la vecina. Pensaba despedirme de ella, y elegir el camino más difícil, el más doloroso.
-Mamá, me voy a quedar, no regreso.
-Ah, te vas con tu padre.
-No, no sé a dónde voy a ir todavía.
-¿Qué pasa?
-Nada va bien, nada.
-¿Qué te pasa? –repitió la pregunta angustiada.
-Nos separamos, no quiero volver con él, y no puedo regresar.
-Y no te veré más –Ese no te veré más de mi madre me partió el alma.
Su preocupación, su máximo temor consistía en que después de haberme criado ella sola, yo la abandonara y me fuera a los Estados Unidos con mi padre. Me lo repetía a cada rato: “Yo sé que al final te irás con tu padre”.
-Haz lo que consideres mejor para ti –su voz era de una tristeza que yo no podía soportar-, este no es país para la juventud.
-Mamá, te quiero.
-Tú eres lo único que yo tengo en la vida –colgó.
Subí los seis pisos, entré jadeante, el teléfono sonaba, lo había advertido desde que iba por el segundo piso. Descolgué:
-Necesito que vengas inmediatamente –El Embajador reclamaba autoritario mi presencia.
Hice la maleta, pocas cosas. Y decidí ir a verlo por última vez.
-Me enteré de que estuviste en Cubana, exigiendo tu pasaporte, y que te lo dieron porque dijiste que yo te estaba enviando a Cuba. ¿Qué significa eso? Tu marido ni siquiera está al corriente, no le has dicho nada…
-Nada –sólo retomé su última palabra en un eco estúpido.
-Estoy harto de ustedes dos, de tu marido y de ti. Estoy harto de los problemas que vas creando. Saldrás en el vuelo de mañana para Cuba, de inmediato –. Esa no me la esperaba.
-Debo ir a hacer la maleta entonces -, recogería mis cosas y me perdería de allí lo más pronto posible. Podía esconderme en casa de unas amigas venezolanas, o alojarme en un hotelucho, al menos por una noche, para luego dar el gran salto.
-No vas a ninguna parte. El chofer te acompañará más tarde, dormirás en tu casa, o de lo contrario me veré en la obligación de autorizar a que las cosas se pongan feas. Mañana te irán a recoger, y ¡pum! Temprano irás para el aeropuerto.
-¿Y él? –Todavía tenía un pensamiento para la persona que más daño me había hecho en los últimos meses, y cuyos pormenores me ahorro de enumerar aquí.
-Él se irá la próxima semana, también para Cuba. No los quiero juntos en el mismo avión. Basta de jodederas. Me cansé. Tu nueva historia no me concierne, resuélvelo allá, lejos de mí y de mis obligaciones.
No pude hacer nada, sabía que cualquier intento de escapar sería en vano. Los de la oficina afirmaban que la policía francesa colaboraba con ellos en estos casos. Pensé en mi madre. Era mejor así, pero nunca más volvería a vivir tranquila. Y tampoco deseaba imponerle el cargo de culpa de mi infelicidad, de mi desdicha. De hecho, no había decidido regresar a causa de mi madre. Lo hacía porque de buenas a primeras me dije que, visto lo que sucedía ¿por qué no volvía a enfrentarme desde dentro, a cambiar las cosas desde el interior, de manera tajante, a través del arte y de la cultura?
Error imperdonable.
Al menos, jamás había jodido a nadie, ni había hablado mal de ningún exiliado, más bien me veía con ellos a escondidas en París, en los últimos meses. Aunque, al cabo de tanto tiempo, hoy no sé si aquellas eran realmente citas escondidas, y si las personas que vi eran realmente exiliadas, o sembrados por el castrismo en el exterior; me refiero exclusivamente a escritores y artistas. Yo no veía a nadie más en aquel entonces, y eran bastante pocos.
No regresé enyesada físicamente, regresé moralmente entablillada, apolimada por dentro, aunque plena de rabia, asqueada de toda esa gente que había conocido, con la que había convivido en un falso escenario. Furiosa al tener que abandonar una de las ciudades más bellas del mundo, en la que aprendí a conocer y a practicar lo esencial de la vida: la libertad, aunque haya sido en pequeñas dosis clandestinas.
Mi mente congeló el flash-back, el hombre canoso que fumaba un cigarrillo tras otro, esperaba impaciente mi respuesta:
-Usted sabe que yo no decidí nada, decidieron por mí.
-Hubieras podido rebelarte.
-Aún no era lo suficiente rebelde.
-¿Y ahora?
-Ahora soy una mujer abatida frente a la muerte de su marido –murmuré la más sincera de las verdades.
-Necesitamos de ti, de gente como tú, en apariencia rebelde, son ustedes los que nos ayudarán a cambiar las opiniones que tienen de nosotros en el extranjero. Queremos que inaugures un trabajo diferente…
Levanté la mano en un gesto fulminante.
-No, ése no es mi trabajo, y no quiero saber nada más. No necesito de ustedes, ni de nadie… -en esto último me equivocaba, el comunismo es un sistema perfecto de dependencias-. Estoy muy cansada.
El hombre desvió su mirada al minutero del reloj en repetidas ocasiones:
-Comprendo tu cansancio. Debo irme, estoy apurado, me esperan en una reunión… Te dejo ardua tarea a resolver… Magda, o yo, te volveremos a llamar.
Me tendió la mano, se la dejé en el aire.
Bajó las escaleras mientras yo cerraba la puerta y pasaba el pestillo. Los pasos se perdieron en el silencio dominical.
Disqué un número en el teléfono:
-Hola, soy la amiga de Luisa, la argentina. Han venido a verme para que colabore con ellos. Necesito su apoyo. Me siento muy frágil, y no es eso lo que quiero para mi vida. Como ya le dije una vez, prefiero matarme.
-Te ayudaré porque, como sabes, conocí a Luisa en Prensa Latina, cuando padecimos ambos aquella estancia en China… No dramatices demasiado las cosas… -suspiró quejumbrosamente-. Los llamaré y les aconsejaré que te dejen en paz, pero no puedo asegurar de que lo hagan.
Era un nombre solamente, un teléfono. Un rostro anónimo que desde dentro intentaba tumbar Aquella Mierda, gozaba de una buena posición, de un buen puesto dentro de las comunicaciones, tan deterioradas. Era confiable. Luisa me dio sus coordenadas antes de irme, por si acaso me sucedía algo malo dentro de la isla. No se sabe nunca con ellos, fueron las últimas palabras de la escritora argentina antes de que nos abrazáramos, una semana antes, cuando le confesé que no podía más.
Intentaron molestarme dos veces más, y yo siempre llamaba al desconocido.
-Lo mejor será que empieces de cero, como acompañante de invitados al festival de cine, u otra bobería. Resulta imprescindible que nadie repare en ti, vuelve a ser lo que eras: nadie. De este modo las cosas cambiarán para ti. Tu marido fue demasiado famoso.
Último consejo telefónico.
Lo seguí al pie de la letra. Refugiada en la soledad de la escritura encontré nuevamente mis fuerzas, mi élan vital.
Aquellos años en Francia me habían aportado conocimientos en materia cultural, que no podía olvidar, que no debía desdeñar. A eso dedicaría mi existencia, a revivir cada segundo de los que había experimentado la ilusión de ser libre.
Zoé Valdés.
(Continuará…)

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