La Ratonera. (7ma parte).

VII

Aún cuando había tomado la precaución de telefonear a Cirilo (con este seudónimo identificaré al amigo de Luisa, quien intermedió por mí frente a los perrones del régimen) desde la casa de una vecina, intuyendo que mi teléfono estaría pinchado, al hombre no le agradó que lo llamara directamente, por lo que, al día siguiente, otro tipo se me acercó en la calle, y me abordó preguntándome si tenía una fosforera con la que encender el cigarro.

En lo que yo hurgaba en mi bolso, se identificó como el sujeto que conocía a Cirilo, amigo de Luisa, y me pidió que no llamara nunca más a éste a través de su número.

-Lo hice desde la casa de una vecina –aseguré angustiada.

-No, tampoco. Cuando quieras comunicarte con él, lo haces a través de mí –. Me dio sus coordenadas anotadas en un papel.

Y me mostró una prueba para que yo no tuviera ninguna duda de que era Cirilo quien lo enviaba, el primer libro de Luisa, editado y dedicado a su amigo, acompañado de una nota breve en la que me repetía las palabras de su intermediario.

Así lo hice. Pasados unos meses, Cirilo falleció en un raro accidente de automóvil. Su mensajero se reunió conmigo, explicándome que aquello seguro estaba vinculado a que ya sospechaban de él, y que no podían permitirse meterlo en la cárcel, con tantos generales como habían fusilado en los últimos tiempos.

He ido contando todo esto, con la idea de reunir algunos recuerdos que irán quedando como prueba, como bocetos quizá, de un futuro libro. Aún no sé si se tratará de una novela, o de un testimonio personal. Cada vez me alejo más de mi memoria real para transformarla en literatura, en historia donde la ficción enmascare los pasajes más tormentosos.

Entré a mi blog, leí los comentarios, y me puse a escribir, a responder el artículo que recientemente publicó el Periodista lleno de odio y de rencor hacia una persona, yo, que él apenas conoce. En sus palabras, incluso, no hay ni siquiera el interés de parecer creíble, condición esencial de cualquier periodista que haga bien su trabajo, al menos que respete la ética de la profesión. Jamás me ha llamado, o se ha interesado en confrontar información conmigo. Sus ataques en contra de mi persona, más que espontáneos, parecen surgidos de un encargo.

Durante aquel tiempo en que me convertí en Nadie, escribí dos novelas, cuatro poemarios, un libro de cuentos, varios guiones de cine, y una media novela. Vivía de noche, dormía de día. Apenas me alimentaba, y conversaba dos veces por semana con dos amigos inseparables hasta altas horas de las madrugadas.

No crean que me olvidaron del todo. Me visitaron, intentaron amedrentarme. Fui secuestrada. No por la Seguridad del Estado, aunque con su ayuda. Fui secuestrada a otros niveles, pero esa es otra historia de la que también salí indemne. Pastillas, calabozo dorado en un búnker siniestro, lejos, muy lejos. Los que se prestaron para eso, lo saben. Tal vez entren en este blog y lean, y piensen que voy a mentar sus nombres. No, aún no. Pero sólo adelantaré que bajo la máscara del poeta había un ogro, un monstruo que se prestó para venderme. Y un día, no muy lejano, me vengaré como sólo sé hacerlo: contándolo públicamente en un relato.

Mi vida cambió cuando volví a enamorarme, como nunca. Yo que pensaba que me encontraba al borde del final, y entonces apareció él. Encontré el big love. Otro apestado. A los cuatro meses de conocerlo caí embarazada, y ambos empezamos a luchar para salvar a nuestra hija, cuando naciera, de aquel horror. Tramamos todo con mucho cuidado, y al mismo tiempo, enfrentándonos, abiertamente, como podíamos, como dos artistas.

Llegó el día de la huida. No tengo ánimos para desvelar los acontecimientos de manera cronológica –aunque algunos he contado en entrevistas, y en pasajes que he publicado aquí y allá-. Padecimos unas cuantas humillaciones, pero ninguna como la que nos impusieron al ser padres de una niña pequeña a la que no daban la autorización de viajar fuera de Cuba. Sabíamos que no éramos los primeros ni los únicos en afrontar semejante acto de impotencia. Lo conseguimos, sin embargo, con mil malabares, y engaños. No me arrepentiré jamás de haberlo hecho. Salvé a mi hija.

Al llegar a París, invitada por la Escuela Normal Superior, y R. por un festival de cine; nos encontramos que la mayoría de aquellos que nos veían como amigos cuando vivíamos en Cuba, actuando para la mascarada, nos viraron las espaldas. Aunque siempre quedaron los verdaderos, y aquellos, los otros, los autorizados para podernos trabajar, y continuar sacándonos información. Pero de ésos nos dimos cuenta más tarde.

A los pocos días de haber llegado me di cita con Luisa, vivía donde mismo y conservaba el mismo teléfono. Nos dio mucha alegría vernos, nos abrazamos, diez años más viejas desde la última vez en la que nos despedimos.

-Te diré que me botaron de la Delegación Nicaragüense, ahora trabajo en una agencia de prensa. La verdad es que me hicieron un bien. Ya yo no podía más con ellos, con todos esos funcionarios que hacen como que resuelven algo, y lo que lo enredan más todo. Una pena lo del pobre Cirilo, por cierto.

-Me siento un poco culpable.

-¿Por qué? No tuvo nada que ver contigo, tu caso fue ínfimo comparado con lo que andaba y trataba él. Siempre te he dicho que el horror es como esas Matriuskas, que cuando sacas una, hay otra debajo.

Recordaba aquel símil suyo, repetido en tantas conversaciones del pasado, intenté desviar la conversación hacia un tema más agradable.

-Luisa, ¿sabes a quien me encontré en un festival de poesía en Medellín?

-¿Cómo podría saberlo?

-A uno de los miembros del jurado del premio de poesía, el que gané el accésit. Él es todavía el editor de H. Fue encantador hablar con él, y contarle en algo de lo que me había sucedido después del premio, no todo, no todo… No se puede contar todo.

-Sí se puede, sólo necesitas tiempo –Luisa agarró mis manos entre las suyas, con gesto alentador.

-¿Tú crees que me den los papeles en Francia después de haber trabajado en la UNESCO’

-Te los darán. Pero no será fácil.

No lo fue, pasamos por los trabajos que la mayoría de los exiliados cubanos han debido pasar para poder volver a ser personas que desean trabajar por el bien de su familia. Y al fin alcanzamos volver a ser personas normales.

Ahora que escribo sobre Luisa, la recuerdo con su melena roja, y su humor tan vitriólico, y sus juegos de palabras, y todos los cuentos que me hizo de la China pura y dura comunista, y rememoro frases de sus libros, todos, de absolutamente todos, esos bellos libros, donde la verdad es compleja, porque es la de una mujer, judía, argentina, poeta, siempre luchando por el amor, por la paz, por la libertad; toda su vida.

Detuve la escritura para ir a tomarme una pastilla contra el dolor, hoy me hicieron una infiltración en el calcañal y no se me quitan las molestias. Es la segunda que me hacen. Dejé esto a la mitad, y me fui al blog. Abrí los comentarios. Alguien me ha dejado el texto del Periodista sobre mí. Es, desde luego, un comentario anónimo.

“A esta mujer la conocí cuando le dimos un premio de poesía, con el que por cierto, la mayoría del jurado no estuvo de acuerdo”

¿Cómo se puede dar un accésit –que no un premio- literario si la mayoría del jurado no estuvo a favor?

“Fui a verla a París, y me contó horrores de los exiliados de Miami, y sin embargo, hoy es la Reina de Miami”.

Jamás le conté horrores de ningún exiliado, y tampoco soy la Reina de Miami, ni de nada.

“Resulta que hoy es una escritora premiada, y admirada por muchos, y cuando la vi en París, era una diplomática y me contó que tenía problemas con el marido”.

Yo siempre fui escritora, los premios me llegaron bastante tarde, si consideramos y reparamos en el hecho de que empecé a escribir a los 17 años, a los 23 tenía una primera novela terminada, la que mandé a todos los concursos posibles, sin ganar nada, y del mismo modo sucedió con la novela que me dio a conocer, la segunda, que también mandé a cuanto concurso existía, sin que me acompañara la suerte. Yo no fui diplomática, fui esposa acompañante de diplomático, y ¿qué hay con eso? ¿No fueron Guillermo Cabrera Infante y Juan Arcocha diplomáticos? Salvando las grandísimas distancias que me hace admirarlos a ellos como maestros. Problemas con el marido tenemos todas las mujeres casadas, pero claro, yo cometí el error de comentárselo a aquel tipo, en el que por suerte, no confié del todo.

Y por ahí sigue el artículo de un periodista que se precia de serlo, columnista en la prensa española, por cierto. Yo a nada de esto hago caso cuando se trata de verdad de bajas pasiones. Pero en este caso no estamos frente a un arrebato de bajas pasiones. Aquí hay algo más. Aquí nos hallamos, o me hallo, nuevamente, abocados, o abocada, a la trampa, con la cabeza a punto de ser trozada por el fuelle cortante de la ratonera.

La ratonera la colocan muchos, en varias esquinas, en alguna caerás, alguna te trozará el cuello, no lo dudes. Salvo si eres más listo, yo he observado y apreciado a algún que otro guayabito inteligente, sumamente astuto.

El peor papel, entre los que colocan la ratonera, por supuesto, es el de aquel que no gana nada con colocar el trocito de queso; no gana nada, como no sea intentar hundir a una persona que jamás le hizo daño, pero eso es un objetivo, o una meta, muy propios de ambicionar ser alcanzados por los espíritus comunistas, que no son más que almas furibundas, caracteres odiosos, que usan el odio como arma contra la belleza de la vida, en contra de la vida misma.

Sin embargo, tanto que odian, y no son capaces de enfrentarse a quienes deberían. Son muy comunistas, eso sí, viviendo como reyes y gozando a mil del capitalismo, pero en cuanto los invitan a hacer la experiencia contraria se apendejan, y buscan cualquier pretexto para salvaguardar sus puestos y sus comodidades pequeñoburguesas, que son de las que ningún comunista, de éstos de diseño, querrá privarse jamás.

La gran víctima de la ratonera, finalmente fue mi madre, con la que se vengaron, reteniéndola durante largos años, como rehén, a cambio de que me convenciera de que yo debía tranquilizarme y cerrar el pico, y hasta que dejara de escribir. La interrogaron durante dos días seguidos, encerrada en una celda. Le juraron que jamás saldría de Cuba, que jamás podríamos juntarnos. Le hicieron mítines de repudio. Durante todos aquellos años mi madre se fue enfermando poco a poco, jamás me contó nada en nuestras breves conversaciones telefónicas; cuando por fin pudo reunirse con nosotros, ya el cáncer había avanzado demasiado. Duró dos años. Dos años plenos de felicidad, en París, con su nieta.

Todo para una sombra titulé aquel libro que me propulsó a los escondrijos, o a las cuevas, donde se amontonan las ratoneras. Todo para una sombra. Es la frase que más se repite en el Ulises de James Joyce. Era, es, sólo un libro de amor.

En el año en que Fidel Castro visitó Francia por primera vez, el propietario de la casa en la que yo alquilaba una buhardilla que más que una ratonera parecía una conejera nos visitó para decirnos que uno de los altos funcionarios, por cierto, Felipe Pérez Roque,  que acompañaba a Castro lo había visitado esa mañana para exigirle que nos expulsara del lugar, que nos desalojara.

-Usted lo hará, puesto que me lo está anunciando, ¿no? –Solté desafiante.

El hombre tartamudeó.

-Sólo déjeme preguntarle algo, ¿quién le paga a usted el alquiler? ¿Ellos o yo?

-El problema es que yo soy amigo de D. Y eso me sitúa en una posición incómoda.

El hombre era el amigo íntimo de Madame Mitterrand.

A los pocos días regresó, ya yo me preparaba para lo peor. Sin embargo:

-Usted se quedará aquí. No puedo desalojar a una familia con una niña de brazos. Y que pase lo que pase -. Se notaba airado, aunque contenido.

No pasó nada. Doueb ya venía muy enfermo, murió al poco tiempo, y supongo que no quiso morir con aquel peso de habernos tirado a la calle. Agradeceré toda mi vida su firmeza.

En ocasiones, las ratoneras son desplazadas por manos amables, e incluso, pateadas con indiferencia por aquellos que conocen con certeza que al final también los que colocan las trampas pueden pillarse los dedos.

En lo que me concierne, aprendí a caminar hace bastante tiempo por campos minados. Espero que ustedes también. La vida no vale la pena vivirla sin arte, afirmaba la artista surrealista Remedios Varo, yo añadiría, y mucho menos sin riesgos.

FIN, por el momento.

Zoé Valdés.