Cuba: los irresponsables del pasado y del presente.

CUBA: LOS IRRESPONSABLES DEL PASADO Y DEL PRESENTE.

Los responsables del futuro de Cuba son, en toda su totalidad, los mismos irresponsables de un pasado de más de medio siglo de dictadura, y de un presente sumido en la miseria, en la tragedia, en la desconfianza, en el terror, y en la represión.

Resulta cuando menos una falta de respeto al pueblo cubano que los intelectuales que apoyan al régimen castrista le estén prometiendo el futuro al pueblo. El futuro que aquella revolución nos prometió, a los niños nacidos en el 59, ya es hoy, hemos cumplido más de medio siglo de existencia, y lo prometido se quedó en lemas y consignas; jamás hemos visto cumplidas esas promesas, más bien hemos percibido cómo las pisotean y las traicionan los mismos que se desgañitaron en plazas y tribunas con sus cacareadas ofertas. Aquel futuro es ya hoy, y no sólo no somos el mejor país del mundo, tal como nos anunciaron, somos uno de los peores, los niveles de miseria, de horror y de represión compiten con los peores de los mundos. Así que no comprendo cómo alguien, en un país, bajo el mismo régimen, 51 años más tarde, todavía puede seguir regodeándose en responsabilidades y en futuros, cuando han sido ellos los que no sólo no han podido construir el futuro, además destruyeron el pasado, y han hecho de cualquier presente una pesadilla abominable.

Arturo Arango en su artículo Cuba: Los responsables del futuro, empieza enumerando, como quien tira con desgano en un saco, a “Damas de Blanco, ministros destituidos, huelga de hambre de Guillermo Fariñas, el millón de trabajadores subempleados en el sector estatal…” Y afirma que cualquier noticia sobre Cuba circula en la prensa internacional, de cualquier país o tendencia política cuestionando el futuro de Cuba. Y añade que esas miles de páginas no pueden imaginar el vaticinio de futuro que irradia la isla, que la vida del cubano de a pie en nada tiene que ver con esas predicciones.

Yo, al contrario de Arango, agradezco enormemente a la prensa internacional y a los periodistas, que se inquieten por Cuba, aún después de la aburrida letanía en la que se ha convertido la isla, y que además lo manifiesten a través de sus artículos y denuncias. Eso es el periodismo libre, y la prensa en democracia.

En cuanto a sus afirmaciones en relación a que ninguna de esas personas que hacen la información de Cuba en la prensa internacional tienen que ver con el cubano de a pie, ni con su realidad, que es lo que ha querido decir Arango, pues, siento contradecirlo nuevamente: Las Damas de Blanco, Jorge Luis García Pérez Antúnez, Reina Luisa Tamayo Danger, Orlando Zapata Tamayo, Guillermo Fariñas, entre otros, son cubanos de a pie, provienen y representan a diferentes estratos de la sociedad cubana, y residen en diferentes zonas del país. Del mismo modo que el periodista Ricardo González Alfonso, que informaba al mundo desde su agencia de noticias independiente de la situación del cubano de a pie, por lo que fue condenado a 20 años, y encarcelado, y al que se le niega la atención médica dentro de la prisión; en el mismo caso se encuentran el poeta Regis Iglesia Ramirez, y el escritor Héctor Maseda, cuyo libro Enterrados vivos, en dos partes, escrito en la cárcel donde se muestran las condiciones carcelarias de un opositor, acaba de ser editado en soporte digital, así como el ex deportista Ariel Sigler Amaya, a punto de morir en una celda castrista. Y qué decir de Oscar Elías Biscet, el preso que más miedo inspira a la tiranía, aún cuando se encuentra en una celda tapiada, sólo por invocar el cambio. Un cambio, palabra que llevó a un hombre del mismo color que Biscet, a la presidencia de Estados Unidos. Todas esas personas viven en Cuba y saben de lo que hablan y por qué protestan. Sin embargo, al parecer, Arturo Arango no está muy al tanto de lo que son los cubanos de a pie, y él, al igual que tantos representantes de dictaduras pasadas no ha podido o no ha sabido cortar la tripa del ombligo que lo liga al régimen.

Arango, sin que le vacile la mano, escribe que está convencido del “largo período de cambios por el que Cuba atraviesa”. Sí, un largo período de 51 años, lo que biológicamente significa toda una vida, y varias generaciones de cubanos, que esperan esos cambios desde el 1ro de enero del 1959. No pienso que se esté refiriendo a los “cambios raulistas”, porque en Cuba sólo hubo un traspaso de poder en el peor de los estilos de sucesiones dinásticas, y a la castrocomunista, donde se pasó de un Castro I a un Castro II, sin consultar con nadie. Por otra parte, y en ese mismo párrafo agrega que están los que aspiran a restablecer el capitalismo, la trampa está en el verbo restablecer, refiriéndose al pasado en lugar de al capitalismo. Para esta gente, el capitalismo es el pasado batistiano, que por cierto, no estuvo tan mal como el presente castrista, si nos ponemos a analizar. Y sigue, mencionando a los que aspiran a las reformas de un régimen que existe desde hace 51 años y que se ha probado que no sirve más que para destruir. Así que, ¿cómo podemos aspirar a reformar lo que sólo ha servido para borrar un país y su historia?

Por supuesto, menciona la posición que ocupan los cubanos (él los llama actores), dentro y fuera de Cuba. Pues, a estas alturas, dentro y fuera de Cuba, todos queremos lo mismo: libertad, democracia, paz, que el cubano se convierta, por fin, en un ser normal, que decida su propio destino. Eso sólo será posible si los Castro abandonan el poder, con ellos no se puede aspirar a nada diferente. Podrían marcharse del poder, de manera pacífica, si ellos lo quisieran, pidiendo el apoyo de la ONU y de las democracias del mundo. Pero ellos no quieren soltar el mango del sartén, ellos, como Hitler, como Mussolini, como Stalin, como Franco, desean morir con el poder y traspasarlo de generación a generación, a sus hijos y nietos. ¿Es eso concebible? ¿Debemos aceptarlo los cubanos? ¿Por qué? Le pregunto  yo al intelectual que es Arturo Arango.

Pues sí, el “gobierno”, que es como Arango denomina a una dictadura, es un monolito que ejerce una presión insoportable sobre el pueblo cubano, al que obliga a obedecer, y la prueba es el mismo artículo de Arango, que parece salido de un modelo de escritura de una gaveta del Consejo de Estado, de la mismísima oficina del Comandante. Para colmo, se refiere “a las imágenes tergiversadas de las que les hablé al inicio”, ¿cuáles son esas imágenes según él tergiversadas: Las Damas de Blanco, los cientos de presos políticos, entre los que se encuentran colegas suyos de profesión, un hombre asesinado durante una huelga de hambre, una madre insultada, golpeada? Esas son las imágenes tergiversadas según Arango, y eso que no hemos tocado el tema de los exiliados, el veinte por ciento de la población cubana, y de los desaparecidos en las cárceles y en el mar, de la prostitución, del desempleo, de las enfermedades de las que no se informan correctamente las cifras, de los hospitales cuyas fotos recorren internet, de la educación, que es ideología castrista pura y dura, y de la pobreza, el hambre, la desilusión, la desidia, el alto porcentaje de suicidios… Y aún nos queda.

Es muy probable que tal como Arango confirma en su artículo, supongo que habla por él mismo, todavía algunos cubanos, me imagino que la mayoría locos, deseen seguir sosteniendo al régimen, también aquellos que gozan de prebendas y de una acomodada posición; pero hay otros muchos que quieren además otra opción. ¿Por qué negarles la posibilidad de elegir otra opción que no sea la castrocomunista? ¿Por qué le llama él a eso socialismo?

Que el futuro de Cuba esté tomando forma en esa masa de cubanos que él observa, junto a unos cuantos, es una ilusión óptica. ¿Dónde está ese futuro? ¿Dónde está la diversidad de opiniones, el empleo, los estudios, la libertad de pensamiento, la educación que se quiera elegir y no la que le impongan, el trato sanitario que se quiera escoger y no el obligatorio para los cubanos, porque para los extranjeros es diferente? Sólo lo ve él, y unos cuantos intelectuales castristas, que como bien apuntaban Rosa Montero y Antonio Elorza, ofician del mismo modo que algunos en la época franquista.

“Obviamente el futuro no nos va a complacer a todos”. Pero es que el pasado de cinco décadas y el presente no ha complacido a nadie, ha acabado con destinos, a desviado el rumbo de vidas que hubieran podido haberse desarrollado en Cuba, que hubieran querido haber muerto en Cuba, como fueron los casos de Calvert Casey, de Lydia Cabrera, de Lino Novás Calvo, de Guillermo Cabrera Infante, de Reinaldo Arenas, y de tantos otros cubanos cuyas tumbas no han podido encontrar sosiego en su tierra.

A continuación, Arango enumera las desgracias –según él- de los cubanos: quieren emigrar (no exiliarse), desean viajar: “abrirse caminos en otras latitudes, principalmente en países desarrollados, y que esa aspiración es reflejo de un desasimiento, de un dar la espaldas a los destinos de la nación cubana. Es verdad pero no es toda la verdad.”

Muchos de los que nos hemos exiliado nos hemos ido porque nos han obligado a irnos, porque nos han impuesto el No Regreso, porque nos han censurado, humillado, y cerrado las puertas de nuestro país. Esa es la verdad de una gran mayoría. Decir que los que necesitan hacer otro tipo de arte, distinto al arte del realismo castrista que sólo canta las loas del castrismo, es arte marginal, me parece de una mezquindad pavorosa de parte de este hombre que ha vivido mamando de la teta de Casa de las Américas durante casi toda su existencia.

Emplear el término “crisis económica” y dar por sentado que la situación actual de Cuba se encuentra relacionada con la crisis mundial económica es de un cinismo de apéame uno, como decíamos en Cuba. La situación de Cuba tiene que ver con la desvergüenza de personajes de esta calaña.

Me he tenido que reír a carcajadas con los carteles que cita Arango que –según él- aparecieron en la plaza el primero de mayo, carteles bastante tibios y autorizados por el régimen del mismo modo que este artículo suyo ha sido autorizado. Durante la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, carteles muchísimo más fuertes, reclamando libertad y exigiendo “¡Abajo Fidel Castro!”, fueron mostrados y duraron menos de un minuto, porque las turbas castristas enseguida dieron muestras de obediencia, como carneros del castrismo.

Para colmo cita una reunión de inicios de los años noventa con el que ostentaba el cargo de Ministro de Cultura, Armando Hart. Yo estuve en esa reunión, porque como Arango sabe muy bien, esa reunión se dio en la casa donde yo vivía, promovida por José Antonio González, crítico de cine y vocero del Ministro, quien creía en esos jóvenes contestatarios, entre los que yo me encontraba. Armando Hart soltó esa frase a modo de quitarse de encima un peso, cuando Consuelo Castañeda, joven pintora (también hoy en el exilio, como casi todos los que se encontraban en aquella reunión) exhortó a esta figura emblemática del castrismo a que el estado dejara de ejercer sobre los artistas y sobre los jóvenes la presión paternalista que impedía que pudiéramos decidir nuestros propios rumbos. Después de aquella ocasión, como bien conoce Arango, se produjo otra cacería de brujas que culminó con la mayoría de la generación de los ochenta fuera de circulación, con eventos artísticos cancelados y artistas y cineastas presos. O sea, que Armando Hart bajó las escaleras cojeando, y dejó aquella frase en el ambiente, como sogas que se balancearon encimas de nuestras cabezas, alrededor de nuestros cuellos. De este modo quedamos, ahorcados una vez más, sin revolución propia y sin futuro.

Si las presiones externas a las que se refiere Arango no se ejercieran, la dictadura castrista seguiría durante cincuenta años más. Y lo que están pidiendo, no sólo los jóvenes, el pueblo cubano en general, es más que protagonismo político, participación real ciudadana, verdadera, en un estado democrático, y que nunca nadie más decida por ellos, que tanto los que estamos fuera como los de adentro tengamos derecho a entrar y a salir, y a vivir, o no, en nuestra tierra. Lo que ansía el pueblo cubano es que el futuro les pertenezca por entero, que nadie se lo escamotee más, ni la dictadura, ni sus lacayos.

Zoé Valdés.