De la dicha.

DE LA DICHA.

He vuelto a lo esencial: lecturas, mar, soledad. Soledad acompañada de los más ilustres acompañantes, lo sueños.

Estoy leyendo nuevamente en francés, Voyage au bout de la nuit de Louis-Ferdinand Céline:

 

“Qui aurait put prévoir avant d’entrer vraiment dans la guerre, tout ce que contenait la sale âme héroïque et fainéante des hommes?” (“¿Quién hubiera podido prever antes de entrar verdaderamente en la guerra, todo lo que contenía la sucia alma heroica y haragana de los hombres?”).

Esa frase, dentro del contexto, e incluso aislada, me provoca un inmenso placer, incluso físico: la piel erizada, el cuerpo brotado, la boca ardiente. La leo y releo, ya estoy dentro de la eternidad de Céline, no quiero irme.

Camino por la orilla de la playa, doy una larga caminata a paso rápido; mientras bordeo el mar, mi amigo, el mar, varias frases de Céline martillean en mi cabeza. También algunas lejanas de Reinaldo Arenas, en Otra vez el mar. El agua tibia a mis pies me hace extrañar la nieve bajo mis botas, en los inviernos parisinos. Desde hace dieciséis años escribo en invierno. Casi había olvidado lo que es escribir con el mar de fondo. En París tengo la Sena. Pero no es la misma agua. No es lo mismo el río que el mar. El río provoca frases pensativas, el mar: ebullición de frases, maltrechas por la lejanía. El recuerdo es entonces sopor y espuma.

Estoy bastante desconectada, no leo periódicos. Sólo tengo una hora diaria para internet, me entero del mundial de fútbol apenas, solamente por los gritos de los que lo ven en televisores vecinas. El televisor mío no funciona, el sol lo achicharró, por lo que al encenderlo hace el mismo ruido que si se encendiera un fogón, y luego la pantalla se pone toda roja incandescente. Es un aparato feo e ignorado. No sé por qué sigue ahí, ¿presidiendo qué?

Camino con el libro de Céline en la mano, escoltada por el agua esmeralda. Regreso por el mismo trayecto, sedienta. Bebo un jugo de una fruta deleitosa, me tiro en la butaca de plástico, retomo la lectura. Al rato, me dirijo a desayunar; y otra vez el camino hacia la playa.

Me entero de que Maradona perdió. Perdió el Pibe de Mierda. Me alegro. No así por los jugadores, ni por Argentina y los argentinos. Me alegro por el cocainómano. ¿A quién se le ocurre poner al frente de una selección deportiva a un ideológo del castrismo, para colmo, drogadicto. Perdió, le metieron con todo, cuatro Alemania, cero Maradona. Ganó el equipo al quitárselo de arriba para siempre.

Tumbada bajo una sombrilla, sueño con una pequeña iglesia copta, oscura, vacía, yo entro y empiezo a descubrir pececitos repujados en las paredes. Despierto. Leo.

Abandono el libro de Céline en la toalla. Entro en el mar, empiezo a nadar, que ya es lo mismo que soñar.

Acomodada en el fondo marino, contemplo los peces de la iglesia copta, el algarrobo, la malvarrosa, el guante de piel de Suecia, también el sombrero de fieltro y la escopeta. O sea, Louis-Ferdinand Céline, Herta Müller, Marcel Proust, y Sándor Marais. En el fondo del mar, me reúno con todos esos escritores que en los últimos años me han dado la vida, me junto con sus fetiches, que son ellos, perfilados por el salitre.

Zoé Valdés.

Celebración de la pérdida de Maradona: