Proverbio judío.

Ayer fui a recoger a mi hija al tren. Se había ido a Avignon, pues como saben durante varias semanas, esta ciudad se convierte en el centro de la vida teatral mundial. Mi hija tiene 17 años, pero yo todavía la recojo en los lugares, diga lo que ella diga, allí me planto, con su padre.

Regresaba entonces de sus vacaciones culturales, como yo le llamo. Llegué con 45 minutos de adelanto a la Gare de Lyon, le mandé un Sms:

-Ya estoy en la gare.

A lo que ella respondió por la misma vía:

-¡Pero mamá, has llegado 45 minutos adelantada? Tendrás que esperar…

Mi respuesta:

-Bueno, hija, te esperé 9 meses, que espere 45 minutos no es nada.

Risas de ella a través del Sms: Jajajaja, d’accord.

La terminal estaba repleta de personas que se iban de vacaciones, o regresaban. Algunos masticaban baguettes mientras leían el último libro de Marc Lévy, un autor francés de super ventas.

A las 12 y 42 llegó un tren, empecé a preguntar a los recién llegados si el tren venía de Avignon. No. A las 12 y 45 llegó otro, tampoco era ése. A las 12 y 47 llegó el tercero, pregunté a varios niños que viajaban solos y a los que nadie esperaba, niños de entre 9 y 10 años. Sí, ése era el tren de Avignon. Claro, cuando aquí te dicen que un tren llega a las 12 y 47, llega a esa hora, ni un segundo más ni uno menos.

A pocos pasos de mí una señora hacía lo mismo que yo, preguntaba a todo el que salía si el tren era realmente el de Avignon. Continuaban saliendo niños y adolescentes que con sus mochilas al hombro, con caras soñolientas, se dirigían solos a la boca de Metro.

La señora se me acercó:

-¿Usted espera a alguien que viene de Avignon?

Respondí que sí.

-Yo también. Mi hijo Joachim, tiene 17 años, pero es medio distraído.

-La mía también tiene 17 años. Por el contrario es muy despierta, pero yo soy una madre cubana, ya sabe, bastante estresante y estresada. Aunque la distraída soy yo, no ella, y claro, pienso que debería parecerse a mí hasta en eso, en lo distraída…

La señora sonrió, extendió la mano y se presentó:

-Madame Sokolowski. ¡Ah, creo que allá viene mi hijo!

Yo buscaba entre los adolescentes de talla normal, hasta que vi junto a ella a un hombrón de casi dos metros de altura, con una barba naciente, el pelo revuelto, y los ojos, eso sí, soñolientos, tal como los había descrito su madre.

Mais, maman, qu’est-ce que tu fait ici? Tu ne changeras jamais… Je ne suis plus un petit garçon -Joachim otra vez se preguntaba qué hacía su madre esperándolo., y le reprochaba que hubiese cambiando, que él ya no era un niño pequeño.

-Joachim, mira, no soy la única. La señora también espera a su hija, que tiene la misma edad que tú.

Mi hija apareció finalmente:

-Eres única, mamounette.

-No, siento decepcionarte -señalé a Madame Sokolowski.

Los cuatro sonreímos.

Nos abrazamos mi hija y yo. Salimos de la terminal abrazadas, no sin antes despedirnos de los Sokolowski. La madre sacaba un sandwiche de la bolsa, que el hijo empezó a mordisquear encantado.

Hay un proverbio judío que dice:

«Dieu ne pouvait être partout, alors il a créé la mère.» (Dios no podía estar en todas partes, entonces creó a la madre).

Zoé Valdés.