DE LAS CLAVES O ALTERACIONES DEL NUEVO MUNDO.
El árbol de Ana Frank, el castaño que ella hizo célebre, el que la niña observaba desde su refugio en Amsterdan durante la ocupación nazi, ha sido derribado por el viento, lo cuenta EcoDiario:
‘Fue el 23 de febrero de 1944 cuando la joven le dedicó su primera entrada de su diario. «Miramos los dos el cielo azul, el castaño desnudo en el que brillan las gotas de agua. También las gaviotas y otros pájaros, que parecen de plata».’
Mientras leía la noticia se me cerró la garganta y me puse a llorar hacia dentro, que es como lloro últimamente. Ya no me salen lágrimas, se me secaron los lagrimales. Fui a ver a mi oftalmóloga y tuvo la amabilidad de explicarme que los ojos se resecan a causa de un virus, o de las alergias. O sea que, otro mito literario destruido, los ojos no se resecan a causa de lo mucho que hemos llorado, no: los ojos se resecan debido a un virus, o a las alergias. Me mandó unas gotas y una pomada antibiótica. Aunque yo le insistí en que se trataba de una especie de rebeldía interior que me empujaba a impedirme el llanto, ella me escuchó como si escuchara La Marsellesa en un terreno de fútbol, ansiosa porque empiece el juego de una vez, y sugirió que en ese caso fuese a ver a un psicólogo. Ya estaba escribiendo el nombre de uno muy recomendable en una tarjeta, cuando le detuve la mano, hice una seña: «Sólo padezco alergias» musité, aunque por dentro pensé lo contrario, convencida y habituada a mi arranques de estridente estrés. Cogí mis recetas, y aunque insistí, no quiso cobrarme, algo raro en este país, pero me aseguró que era más raro que alguien viniera a verla porque no había podido llorar a causa del árbol de Ana Frank, el castaño, y que las alergias estaban fastidiándole hasta la melancolía a cientos de miles de personas. Me estrechó la mano y me largué, no sin antes reparar que se había estirado el pellejo y había blanqueado sus dientes; tanto, que ya no parecían dientes, parecían trocitos de coco encajados en las encías.
Acomodada en el metro eché mano al Iphone, que es como leo ahora en el metro. Antes llevaba libros, ahora llevo el Iphone. Me sorprendieron dos noticias:
Brad Pitt, en un arranque de sinceridad, aprobaría la pena de muerte para “los responsables de BP por el vertido en el Golfo de México». Y yo, que soy medio disléxica, y con las palabras juego hasta la saciedad, de manera visual, de inmediato hice la relación entre BP y las siglas del nombre del autor y actor de la frase. Bien, aparte esa anomalía de mi cerebro que lo complica siempre todo, me pregunto si Brad Pitt ha pensado seriamente en lo que ha dicho, porque ha pedido la pena de muerte para personas que son responsables del vertido, y el primer responsable, en cuanto a autoridad política, es el presidente de los Estados Unidos. ¿Estará pidiendo pena de muerte realmente? Si esta frase la hubiera pronunciado un actor o un escritor supuestamente de derechas, lo que le habría caído encima hubiera sido el Armagedón, a él no, él lo ha dicho tan campante en un documental de Spike Lee, según The Huffington Post. La socialdemocracia puede estar a favor de la pena de muerte, que estará muy bien visto, y nadie chistará. Le doy un punto a Jennifer Aniston y se lo quito a Angeline Jolie.
El trayecto de retorno a casa me permite surfear por internet lo suficiente, y entonces entro en otra curiosa información. Esta vez se trata del artista argentino Andrés Calamaro. Descubro, con alegría, que por fin tenemos a alguien de nuestro lado. Se ha ido de Twitter dando un portazo y ha calificado a la red social de «coro de subnormales generadores de concepto light». Yo, aunque formo parte de Twitter, pienso exactamente igual que él, incluyéndome a mí misma (para que nadie salte, sintiéndose aludido y vejado por haberlo tratado de subnormal, o de payaso), aunque no paso el día twitteando tonterías.
Lo que hubiera podido ser una herramienta de trabajo útil, de soporte para el trabajo intelectual, con mensajes interesantes, con el afán de mejorar la cultura y la instrucción de las personas, se ha convertido en una especie de distribuidora de conceptos ridículos, de una cursilería ociosa, sin contar los que se hacen pasar por grandes filósofos de la paz y de la concordia (abunda entre los blogueros cubanos del interior de la isla, cuyos twitteos pagan los exiliados, tanto gasto para leer boberías, o bloguerías, que diría Cepp Selgas), así como críticos de todo, de literatura, de música, de arte, con unos comentarios, en 140 palabras, de tal arrogancia, que ni siquiera se ha visto en escritores cuyos libros de más de 300 páginas forman parte de la historia universal de la literatura. Inclusive existe un premio para aquellos que más twitteen. O sea, a los que menos viven.
Estas son las claves, o alteraciones, del nuevo mundo. Eso fue lo que trajo el barco, que Dios nos coja confesados. Por cierto, todavía no he leído ningún twitter de Dios. ¡Ah, ya sé, prefiere a los angelitos antes que a los pajaritos!
Zoé Valdés.


Deja un comentario