VÉNUS NOIRE: EL REGRESO A UN CINE DONDE TODAS LAS ARTES CONVERGEN.
El miércoles asistí al estreno de una de las primeras tandas del estreno de Vénus Noire, un filme del director Adellatif Kechiche, con la actriz cubana Yahima Torres quien hace gala de una actuación magistral. La película dura casi tres horas, las que apenas sentimos, embebidos en la historia. Una historia que fue real, y que si bien ha sido recreada por el autor, no cabe la menor duda, viendo los créditos finales, que Saartjie Baartman atravesó por los sinsabores que nos cuenta el realizador, quien además fuera actor en una obra de Eduardo Manet, entre otras.
Saartjie Baartman nació en Cabo Verde, allí tuvo un hijo con un marino europeo, el niño murió, y ella empezó a trabajar como nodriza para una familia de ingleses. El dueño de la casa se da cuenta de las dotes artísticas de la mujer y, desbordado por las deudas, huye de su hogar con ella y, juntos viajan a Londres, para ganar dinero como empresario, en el espectáculo que él imagina podrá montar. Pero esta parte sólo está contada en la película, mediante el personaje de Caesar, el hombre que rapta, de alguna manera, a Saartjie, y que comienza a explotarla en un circo callejero como bestia de feria, debido, sin duda alguna, a las proporciones del cuerpo de la mujer, gruesa, con un inmenso culo, grandes senos, y un sexo con una malformación: los labios sumamente largos, así como el clítoris, y por el color negro de su piel.
La película empieza con unos científicos, en un aula, explicando el caso de la Vénus Hottentote, una mujer nacida en una tribu africana que supuestamente conservaría todavía rasgos cercanos al chimpancé y sin embargo su cuerpo atesoraría secretos para la ciencia. Del aula, el director nos conduce a Londres, en 1814, donde Saartjie Baartman, muy lejos de haber devenido una artista, su patrón la ha convertido en bestia de feria, mostrándola medio desnuda a un público exacerbado y burlón. La mujer se siente humillada, se refugia en la bebida, duerme el resto del día, debido a lo fatigoso de su trabajo, porque también trabaja en la casa –hasta que Caesar decide ponerle dos criados-, apenas se alimenta y sin embargo su cuerpo alcanza una talla descomunal. Caesar la obliga a hacer cosas que ella no desea, que ella jamás imaginó, además la insulta y la maltrata, le pega violentamente. Pero ella se siente, de todos modos, agradecida.
Es la historia de una abnegación, es la historia de la bestialidad histórica, que es cíclica siempre, en los sabios que se creen sabios y que terminan siendo más estúpidos y más ignorantes que lo que ellos creen que son los que ellos tratan de rebajar, y de los que se burlan hasta el crimen.
Así, Saartjie Baartman, sin saber leer y escribir, muestra que es una excelente músico, que tiene un gran oído y talento para la música, y que puede tocar el violín con una precisión y un arte que ya hubieran querido muchos, ante los ojos asombrados de un público aspaventoso. Además canta, con una voz melodiosa, que no parece salida de ella misma, porque cuando la esclava habla -apenas lo hace durante el filme-, su voz es grave, y en ella palpita la fuerza de todo el dramatismo que Yahima Torres le puso al personaje.
La verdadera historia de Saartjie Baartman está ahí, y también la imaginada por Kechiche, aquella donde hubo de prostituirse en maisons closes, y en las frías calles parisinas, una vez en Francia. En Francia, donde si bien su dueño no fue llevado a los tribunales por explotación y esclavismo, como en Londres, al menos la gente, aquellos libertinos, supieron apreciar en ella, de cierto modo, a la artista que siempre quiso ser.
Hay un momento extraordinario donde un magistrado inglés le pregunta a la protagonista que qué había imaginado ella que vendría a hacer en Europa, y ella responde, con la mirada perdida: “artista”. Lo que provoca una marejada de risas y burlas en la sala del tribunal.
El resto, después de eso, es el camino de la deriva y de la ignorancia de lo que se decía el mundo civilizado, incluyendo a los sabios. Vendida, revendida, esclavizada, explotada, de bestia de feria, a bestia de los libertinos parisinos, de ahí a la prostitución más baja, la enfermedad, la muerte en solitario, su cuerpo revendido a la ciencia, la exposición de su cuerpo en un museo parisino hasta el año 1974, todo es el gran calvario de la civilización y el peso de los siglos, la tragedia europea de la superioridad racial: el itinerario de esta mujer vale la pena verlo en el cine, en esta gran película, que cuenta cómo la bestialidad humana está a veces donde menos lo imaginamos.
Al final, la película cierra en el mismo punto donde comenzó, enseñando la moldura del cuerpo de la esclava en una salón oval para estudiantes, y una cortina que se cierra de un tirón, el cuerpo queda en solitario, velado por una tela blanca, a la espera de que ustedes, nosotros, entremos para volver a ver el horrendo espectáculo, en ese movimiento empedernidamente brutal y circular en el que la historia y los hombres, de manera obsesiva, permanecemos, embelesados con una cultura que renuncia a enriquecerse de otras, y sobre todo, de descubrirlas e integrarlas.
La película es sin duda una película políticamente correcta, salvo al final, cuando caen los créditos, y que vemos las imágenes reales de cuando en el Senado francés se votó una resolución para que el cuerpo de Saartjine Baartman regresara con todos los honores a su país de origen. Así seguimos las imágenes, emocionados ante el gran homenaje que se le rindió a una artista que, pese a lo que se diga, confundieron con una salvaje.
Alrededor de su féretro, niñas bailaban la danza que hizo famosa a Saartjine en Londres y en París, pero en lugar de carcajadas burlonas, pellizcos en su trasero, golpes, y humillaciones, había, por el contrario, respeto, y sonrisas de admiración.
Bravo por esta gran película, y sobre todo un gran bravo a Yahima Torres. Dudo mucho que este año nadie merezca el Oscar, y todos los premios de actuación femenina importantes, más que ella.
Zoé Valdés.


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