Reinaldo Arenas: Entre la arboleda y el muro.

REINALDO ARENAS: ENTRE LA ARBOLEDA Y EL MURO.

Zoé Valdés.

Para escribir estas palabras me he puesto a caminar por la ciudad oscura y lluviosa; como tú voy buscando algo y todavía no sé, a ciencia cierta, qué es lo que busco con tanta ansiedad. No tengo miedo, porque lo único que puedo comprender hoy es que adonde quiera que caminemos, a donde quiera que vayamos, siempre nos dirigiremos hacia la muerte. Y ella nos estará esperando, deseosa, libidinosa, proscrita, envuelta en el misterio más atrayente. Bendita muerte, cuando ya la tristeza es sólo el nido.

Tengo los calcañales húmedos, y la mirada seca, de buscar, indagar, investigar… Investigar, una palabra que tú amabas tanto. Tú, el escritor acusado de imprudente, de impertinente, de rebelde, de descuidado. Qué raro, nunca te acusaron de libertario, de justiciero, de visionario, o sea de gran escritor directamente. Y sin embargo, todas las respuestas a todas las acusaciones están en tu obra. No tengo más que decir de ella. Porque ya eso basta para que los que sientan curiosidad de verdad, belleza y poesía, se nutran de ella, como tú te nutrías de la infancia, de manera persistente, como del paisaje, enredado profanador e iniciador en las encías, cual coagulo que al final no es ya más la sangre, sino una hermosa obra de arte, una mancha escarlata, turbiamente precisa. Puntiaguda, que se vuelve a clavar en la piel, y retorna hacia la garganta, y será el castigo pendiente, el sacrificio inacabable.

Para escribirte, Reinaldo Arenas, he salido a caminar entre muros antiguos, viejos, sucios, cargados de historia, sostenidos por el peso de los siglos, y recuerdo aquel fragmento de texto de tu libro Necesidad de libertad, donde lamentabas no haber tenido el mar en tu niñez, pero te vanagloriabas de haber crecido bordeado del contorno azul montañoso del campo, acunado entre las caderas de la tierra y las laderas del regazo de tu madre. Y aún así, sin haber tenido el mar, tú fuiste un príncipe del mar, qué digo, un dios del océano, que lo cantaste y lo escribiste como nadie. Y allí querías ir a dar, después de tu muerte, a ese mar verdiazulísimo de tu isla, la que describiste a la deriva en El color del verano, que es la Ilíada cubana. Allí, a ese mar, no sé si por fin te han llevado, con tus polvos, que son tus cenizas y también las epístolas espumosas de esperma de todos tus amantes.

Voy paso a paso, caminando contigo, o sea, con tu obra, fragmentada en los recuerdos; te imagino entre los muros neoyorkinos, mordiendo el hormigón en pleno invierno, y sonrío, porque fuiste tan coherente, tan fiel a esa obra, que preferiste renunciar a todos los mares del mundo para ser libre en la brevedad de unos brazos, abiertos a la nieve y al asfalto de la gran urbe. Ibas, como yo, sabiendo que todo cristaliza en la muerte. Y que en pos de ella avanzamos, porque basta ya que sea ella la que tenga que desplazarse, y dejemos de ser perezosos por una vez ante esa Gran Dama que es la Parca, lleguemos al Valle de Proserpina, regocijados de haber amado, de haber sido vencidos por el deseo, el único contrincante que cuando la edad nos abruma vale la pena que nos venza, en esa batalla delicada que es el cuerpo poseído por los sentidos.

Los cubanos no tenemos una buena relación con la muerte, nos resulta demasiado silenciosa, demasiado melancólica, demasiado sabia; huimos brutalmente de ella después de haber intentado transformarla, de traducirla en una cantinela ruidosa e hirviente de alharacas, aún temiendo con certeza de que iremos a parar inevitablemente con la boca pegada al tullido beso.

Sigo hacia delante, deambulo con tus libros en mi bolso, en las tinieblas de este mediodía parisino, y ahora sólo puedo recordar la última conversación –por email- que tuve con un representante de una gran casa editorial francesa, muy inoportunamente amable, que ni corto ni perezoso me regañaba por mis últimas respuestas políticas en los diarios: “eso que haces afecta tu relación con los libreros y con la prensa”, añadió. Claro, mis últimas opiniones, o querellas, políticas no iban contra el Papa, aunque hubiera podido haber sido, ni contra Sarkozy, aunque también, iban contra los Castro, y tú mejor que nadie sabes lo que le cobran a uno por airear nuestro dolor de exiliado.

Sí, algunos exiliados latinoamericanos –no todos- hicieron de su exilio una profesión sumamente remunerativa, pero los cubanos, por el contrario, debemos callarnos. Callarnos, no, suprimirnos, para que no se nos cierren las puertas de los grandes periódicos, de las grandes editoriales, de los resplandecientes nombres, para no morir solos, enfermos, olvidados, y en la pobreza más absoluta, además calumniada.

Al terminar la conversación –por email-, con aquel sujeto, tuve un repentino ataque de pánico, no estaba segura de que hubiese dicho las buenas palabras, las correctas, y me hundí en una profunda depresión. Profunda no es la palabra, solemne. Porque los cubanos solemos ser solemnes y transcendentales hasta para deprimirnos. Menos mal que siempre he tenido la suerte de que cuando me quieren conducir, de manera obligada, por el camino correcto, mi instinto anti-totalitario y mi olfato anticomunista, o alguna mano misteriosa me hala y me salva lanzándome al delicioso abismo del coraje, y del atrevimiento. Esa mano ha venido en múltiples ocasiones de ti, Reinaldo Arenas, también de otros: de Guillermo Cabrera Infante, de Lydia Cabrera, entre tantos escritores dignos del exilio cubano.

Porque, si sacamos la cuenta, hay más escritores cubanos dignos que indignos. Los políticos suelen ocuparse de los indignos, es como un fatum. Los escritores indignos y los políticos sienten esa mutua atracción; algo comprensible si conseguimos entender que los escritores indignos sólo hacen mala literatura, literatura para existir en un mundo donde la política corrupta y totalitaria reina.

Los escritores como tú escriben para existir eternamente después que la política los ha matado. Porque los escritores verdaderos son los que hacen justicia, y los indignos son los que hacen política, y de ella hacen un arma para matarnos a todos de su mala, pobre, y vendida literatura. Esos aulladores hacen política para conseguir prebendas, viajes, casas, automóviles, loando a su tirano predilecto.

Los escritores que hacen justicia se matan o mueren asesinados por la política. Y esto es debido a una razón muy sencilla: Escribir no es recopilar datos para escribir una novela de 500 páginas sobre el asesino de Léon Trotsky, por sólo poner un ejemplo, el que me queda más mano. Escribir es meterse cada día un pistoletazo en la sien, con Trotsky y Mercader, sentados a tu lado, o enfrente, mirándote, riéndose a carcajadas de tus pesadillas, que ya dejaron de ser las de ellos. Y aquí cito a mi querido, inmenso artista, Julián Demoraga: “Escribir es darse, a cada segundo, un tiro en la cabeza”.

Escribir no es perseguir la buena ortografía, ni siquiera la redacción clásica impecable, ni antologar datos en cronologías para aparentar ser sabios. No, cuando el escritor decide escribir, es porque ha decidido observar y dejarse observar por ese otro que contiene la sabiduría secreta, y que reside dentro de sí mismo, que alberga traumas, pasiones, alegría, y tragedias presentidas, las predestinadas exclusivamente a él, que son las del otro que lo habita, repetidas, pero siempre diferentes, en las de los demás, que inventados y reales, siempre culminarán con sus huesos dentro de una página en blanco. Pero las tragedias prestadas de los demás es lo último que le ocurre a un escritor, como un punto final, un corchete. A un visionario como tú, Reinaldo Arenas, no voy a venir a explicarle tales laberintos.

Llegué a un punto en el que me di un trastazo contra el muro, igual que cuando en una época, en La Habana, caminaba sin rumbo y me daba de tortazos y empellones para derribar el muro del Malecón, pero allí estaba el mar, vasto, eléctrico, mortal, sabio, deseoso y deseado. Siempre tendremos cualquier muro. El muro que nos espera dondequiera. Aquí, desde otra isla, la isla Saint-Louis, me doy un topetazo contra el muro, y de frente escudriño al Sena, el río que cuando riela piensa, el río más peluquero que aristotélico de Oscar Wilde, quien una noche se dirigió a este mismo río, abrumado por el ímpetu de suicidarse, y se encontró a otro caballero que escrutaba meticulosamente la seda platinada de las aguas, bastante revueltas a causa de una ventisca.

-¿Qué, hombre, usted también se ha cansado de la vida? –Inquirió Wilde con ese nerviosismo imperceptiblemente tan dublinense.

El caballero volteó el rostro hacia él, extrañado.

Pardon? –Fue su escueta respuesta.

-¿No está usted, al igual que yo, pensando en el suicidio?

A lo que el elegante y atildado Monsieur respondió risueño:

-No, hombre, qué va, nada de eso. Soy peluquero, y vengo a aprender de los rizos que el río le hace al agua.

Oscar Wilde desistió de matarse en las gélidas aguas del Sena, y partió presuroso, siendo tal vez más escritor y más sabio que nunca. O temiendo que un rizo del río o de pubis se le enroscase en las amígdalas.

Frente al Sena, Reinaldo Arenas, abro este libro que ninguna editorial ha querido publicar todavía en España, ni en otra parte, salvo en en la Universal de Miami, Necesidad de libertad. Grito luego existo, y repaso los fragmentos más valientes contra esos tracatanes vendidos al peor dictador: Fidel Castro. Termino satisfecha con esa frases tuyas: “…que ese canto que quizás nunca se emitió, siga alentándome para que, contra todas las vilezas asumidas o por asumir, padecidas o por padecer, se alce siempre el consuelo, el desquite desesperado, del poema…”

Parto de allí a la carrera, arribo a la plaza Furstemberg, abro entonces la Antología de toda tu poesía, publicada por Lumen y que Juan Abreu me envió amablemente desde Barcelona, y allí, dándole vueltas al endeble tronco de un frágil árbol, evocando a nuestra amada ceiba, mi voz desgrana tus versos. Me pierdo nuevamente por las callejuelas de Saint-German des Prés, dejo atrás el espíritu de Delacroix.

Fatigada, pero con el alma libre, me acomodo en un banco de Notre Dame, y rezo tus cartas, con sublime religiosidad poética, las Cartas de la Correspondencia a Margarita y Jorge Camacho…

Y así, sigo, andante, perturbada, atosigada por la sequedad del clima, yo que fui una niña de la humedad del mar, de La Habana Vieja rodeada de azules, de la bahía habanera, de las playas de Cojímar, y de las del Este, así continuo, por esta ciudad que de tanta luz se ha ido apagando, boquea en penumbras, aterida, voy leyéndote, recordando tu voz trozada, fugaz, entrecortada por la emoción y la saliva, en aquella tarde en que te escuchamos leer Margarita Camacho y yo, en la sala de mi casa, a través del tiempo, y gracias a las nuevas tecnologías, y a Enrico Mario Santí.

Reinaldo Arenas, no dejaré nunca de leerte, en este breve e intenso camino que me queda, extraño y feliz, de toda mi vida hacia toda mi muerte. En el hundido y bello valle de Proserpina, donde nos esperan a todos, después de habernos dado tantos cabezazos contra sombríos muros: una arboleda y el mar de la infancia.

París, noviembre del 2010.

Ruego perdonen mi ausencia en este homenaje que fui fraguando desde el inicio, junto a Margarita, Julia Escobar, y Jorge Camacho, pero por problemas de compromisos de trabajo, con la literatura, no puedo estar con vosotros. De todos modos, lo más importante es que Reinaldo Arenas esté aquí, hoy, con ustedes, y conmigo también, allá, en su rigurosa ubicuidad lezamiana.

Texto leído por la escritora y traductora Aline Schulman durante el Homenaje a Reinaldo Arenas en la Casa de América de Madrid. Gracias a todos los que hicieron posible ese homenaje, más que merecido. Especialmente a Margarita Camacho, y la valentía de la escritora Julia Escobar.