DEL CARIÑO QUE TANTA AGRADEZCO.
Una lectora que aprecio muchísimo me hizo la siguiente reflexión: “En verdad, el castrismo intenta hacer ver que tú eres una persona odiada, cuando es lo contrario. A ti hay una gran cantidad de personas que te aprecia, y te quiere”. Lo que yo agradezco profundamente.
Hace unos años, me tocó escribir sobre lo que estaba ocurriendo en la prensa acerca de los palestinos y los judíos de Israel, de cómo la prensa se ocupaba más de presentar a los muertos palestinos que a los israelíes. Lo escribí en un periódico de izquierdas, Libération, en la sección llamada Rebonds.
No me fui por cuatro caminos, lo dije tal como se los estoy diciendo a ustedes, en aquella ocasión me preguntaba ¿por qué la prensa occidental se ocupaba más de los muertos palestinos que de los israelíes? ¿Por qué no mostraban los ataques de los palestinos a los israelíes, los tiros diarios de roquettes, etc? Al día siguiente, tanto en la Oficina de Correos, como en la calle, en los cafés, desde La Bastille, hasta Saint-Paul, en el Marais, la gente me paraba para agradecerme lo que ellos llevaban tiempo pensando sin poderlo decir tan claro y alto. A algunas personas las conocía, a otras no, pero la satisfacción que sentí no puedo compararla con nada. Sentirse querido por decir la verdad es algo que no tiene precio. Quedo en deuda con Libération por haberme permitido semejante reflexión, en tiempos en que sólo muy pocos se la hacían, y no haber tocado ni una coma de mis opiniones.
La verdad es que yo escribo para poder querer más, para demostrar mi amor. Yo –al contrario de Gabriel García Márquez- no escribo para que me quieran. Escribo para querer. Pero si en el camino se produce el fenómeno de que el cariño deviene mutuo, pues, bienvenido sea. Con la escritura se produce algo muy interesante, mientras más dices la verdad, más estúpidos te atacarán, pero también más gente sensata e inteligente te querrá. No voy a negar que resulta más agradable y más inteligente y que prefiero el amor al odio.
Yo no le dedico demasiado tiempo a la gente que odia, a mí los que me interesan son los que aman, los que quieren. Hace años, me estaba esperando en el stand de Ramón y Enaida Unzueta, en la Feria del Libro de Miami, un señor que peinaba canas. Le dolía una pierna y Enaida le había puesto una silla para que se acomodara. Era un lector, me esperaba desde hacía horas (yo me hallaba en una conferencia), y él había ido hasta allí para hacerme el regalo de tres piedras semi-preciosas. Las tres piedras tienen una larga historia, tanto para él como para mí. Nos hicimos amigos Roger y yo, y él me escribe y yo lo llamo. Pero eso fue una hermosa prueba de cómo la literatura provee de amistades, y enlaza a los escritores con sus lectores, de manera afable, coherente, y cariñosa.
Y como esas tengo buena cantidad de anécdotas.
Cada vez que un lector de este blog me deja un mensaje afectuoso en un comentario, para mí posee un valor inenarrable, porque además del contenido ahí está una prueba de que en nuestro intercambio ha habido respeto, amor y hemos hecho pensar, tanto el comentarista como yo, a las personas que saben que lo más saludable es quererse aún cuando pensemos diferente. Ya prolifera demasiada inquina en el mundo para seguir alimentándola.
Sin embargo, hay personas que sólo viven de la inquina, del odio, de la mentira, y del repudio de los demás, luego, imagino, de haberse repudiado a sí mismas. Sus razones tendrán.
Cuando una persona se me acerca respetuosamente y con la mejor de las sonrisas me aclara que no está de acuerdo con algo que escribí, aprecio profundamente su sinceridad, y de inmediato me intereso en sus puntos de vista, los contrarios a los míos. Y cuando esa persona dice la verdad, es todavía mejor, más transparente resulta su aproximación, y más me siento atraída por sus propuestas.
Lo que no aguanto es la mentira, que casi siempre viene acompañada de la infamia y la calumnia chapucera y barata. Lo que a todas luces, es más fácil hoy en día de encontrar.
Siempre me he sentido muy querida por la gente que me interesa por su inteligencia y veracidad, los que han sido pródigos en cariño conmigo y yo he tratado de pagar con la misma moneda. Incluso puedo añadir que no han sido pocos.
Quería escribirles esto a ustedes, en especial a la señora Luisa Mesa, y a todos los comentaristas que ya siento como amigos, y que han sido calificados en diversas ocasiones, por algunos imbéciles y envidiosos, con los peores epítetos posibles, solamente por haberse portado de manera correcta, respetuosa y educada, aún cuando en algunas ocasiones sus opiniones no han coincidido con las mías.
Gracias, y reciban un abrazo.
Zoé Valdés.

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