DE LOS SOLARES HABANEROS II: DE POR QUÉ DESPRECIO -MUY A MI PESAR- A LOS INSOLENTES Y DEMÁS AVES DEL CORRAL, DIGO, DEL SOLAR.
La insolencia luce o queda bien en la gente joven, pasados los veinte años ya no se es insolente, se es mediocre o estúpido. La zoquetería es algo peor, porque el zoquete resulta un modelo o esquema elevado del imbécil. Todo lo sabe el zoquete, de todo quiere hablar, y pretende la perfección. No sabe de nada, tal vez muy poco, hagámosle esa concesión, sin embargo, da la impresión de que es especialista en cualquier tema. Un poco como Donald Trump y los “openings”, llegó un momento en que asistía a tantos, que una amiga mía hizo la siguiente broma: “Donald Trump no se pierde un opening, por no perdérselos asiste hasta al opening de un refrigerador”.
En el solar donde yo nací y crecí los insolentes y los zoquetes fueron los que consiguieron un mayor ascenso social a base de bretes, escaramuzas, engañifas, y curriculums inflados. Mi familia se extrañaba ante uno que declaraba súbitamente que había sido antibatistiano. “¡Pero si más batistiano no podía ser!” Exclamaba mi abuela quien siempre tendió a valorar al presidente Batista en su justa medida, y añadía, “pero si muchos de estos héroes barbudos de ahora fusilaron a más inocentes juntos que lo que dicen ellos que Batista mandó a matar”.
El tema de los insolentes y de los zoquetes de los solares habaneros es complejo, porque a la larga, ellos consiguen siempre que uno llegue a sentir un inmenso desprecio por ellos, y justamente eso es lo que nos iguala después a su calaña, y nos sitúa en su nivel, aún cuando no lo deseemos. Por eso me molesta tanto despreciar a los que me han despreciado, porque me rebaja a su rasero, a peldaños inferiores. Entonces prefiero declararles cara a cara lo que pienso, lo considero más saludable, sincero, y sobre todo me alivia de los malos cargos de conciencia, de presentimientos absurdos, y hasta de las pesadillas que entorpecen mi descanso.
Así es. Aunque, lo cierto es que ignorarlos sería aún más positivo, sobre todo desde la posición en la que me encuentro. Pero lo que no puedo ignorar es el recuerdo, ni siquiera apartándolo para rellenarlo con golosinas caras o regalos que yo misma me hago cuando me viene a la mente que mi abuela sacrificó un conejo blanco de ojos rojos cuando El Albino se enfermó de gravedad, y lo salvó, y entonces los zoquetes y cretinos (que son las demás aves del corral, digo, solar) empezaron a alabar a mi abuela de cara a la galería, pero por el contrario a sus espaldas la tildaban de vieja loca y ninfómana que se templaba al Albino y por eso quería envolverlo con un brujazo. Si ellos hubieran sabido que para aquel entonces, mi abuela irlandesa tenía un amante al que ella, con sus 58 años le llevaba 38, y que no era otro que el hijo de uno de los más insolentes del edificio, se hubieran dado candela masivamente, toda una pira de insolencia. Sí, el hijo del mismo al que después de haber comido gofio y haber viajado a todos los países hermanos comunistas, lo tronaron, le cortaron el agua y la luz, y los viajes de la noche a la mañana; entonces el tipo salía cada dos o tres meses, enfundado en un abrigo grueso de astracán, con una maleta de la Tienda Internacional adquirida en sus antiguos viajes, y se refugiaba sin salir para nada en la casa de su madre durante un mes, no sin antes divulgar en todo el vecindario que se iba a la URSS a realizar una misión secreta que su Máximo Líder (así sin comillas) le había encomendado personalmente.
Y la gente se lo creía, con los ojos entornados, embebidos, porque más que creerle o respetarlo le profesaban una especie de veneración como la que sólo es reservada a los jefes de las sectas, el tipo se convirtió en la imagen sagrada del militante que iba a salvar al mundo del capitalismo, el que iría a poner el nombre de nuestro país en lo más alto de la historia del ñangarismo, y por supuesto, él percibía esa adicción de los otros hacia su persona, y entonces se daba más valijú, miraba por encima del hombro hasta a los niños, respondía al saludo cuando le salía de sus verijas, y hablaba con el tono de los insolentes: Ojos entrecerrados, cejas enarcadas, nariz ratonil, dedos de pulpo, boca estirada hacia atrás, masticando las frases, ensalivándolas; soltaba en cada una de ellas una verborrea ininteligible y mascullada con desprecio y maldad. Sólo había desdén en sus palabras, pero la gente caía fulminada ante sus discursos de cotorra de pasillo percibidos como joyas oratorias.
Yo apenas le prestaba atención, salvo cuando un día estábamos Andresito, Pepito, Maritza y yo jugando al taco, y las cuatro esquinas, precisamente en el pasillo, y se nos aproximó para aleccionarnos, regañarnos, e incluso maltratarnos con su halitosis y enorme e inaguantable desprecio tan “fizno y apreparado”: Estas fueron sus palabras:
“Niños, yo soy una persona que trabaja esforzadamente en tareas difíciles que me ha dado la Revolución. Yo no hablo con nadie, no me meto en ningún chisme de vecino, mis hijos están resguardados en la casa. Mi familia es educada, no molesta. Por favor, dejen de jugar que están fastidiando a los demás, sobre todo a mí, a mi familia, que somos una familia ejemplar, que estamos dando segundo a segundo la vida por el futuro de ustedes. Nosotros comprendemos que ustedes sean unos mataperros, debido a la pobre educación que recibieron sus padres antes de la revolución no les ha permitido criarlos bien, correctamente… Y tú, y tú (se dirigió a Maritza y a mí), no les da pena ser tan marimachas. Claro, no diré nada a sus padres. Yo estoy por encima de eso. Ni hablaré mal de nadie, ¡faltaría más! Líbreme yo de eso. Pero por favor, muchachos, recójanse al buen vivir, aprendan a ser revolucionarios”. Blablablá.
Lo bueno fue que, al hacer nosotros un silencio que se podía cortar con una tijera, él hablaba pausadamente y por lo bajo, eso llamó la atención de Esther, la madre de mis amiguitos, que salió como una fiera a sacar la cara por nosotros. Su marido sí que era un verdadero machetero, no de los que se hacían o fingían, y que cogían el machete sólo para ganarse medallas. No, Cheo era un tipo que empataba una zafra con otra. Jamás olvidaré su risa con el tabaco de medio lado en la boca, y sus gritos, en los pocos fines de semana que compartía con su familia, desde el balcón llamando a sus hijos para que fueran a almorzar. Esther salió a darle su merecido al insolente que todo solar ha tenido como enemigo de la vida y de la libertad.
No tengo la menor idea dónde andarán los cretinos, insolentes y zoquetes de aquella época. Sus hijos seguramente habrán crecido y tal vez sigan siendo tan come-candelas y bambolleros como sus padres. Igual no, es probable que hoy anden diseñando una manera de escaparle al castrismo, pero siempre dentro de él, que es como mejor viven los sagrados perfectos de la cofradía de los insolentes, zoquetes y cretinos, que se sentirán eternamente mejores que nadie, tal como aprendieron de papá Fidel y tío Raúl.
Zoé Valdés.
(Tengo hoy un día muy cargado de trabajo, pero intentaré entregarles mañana la 3ra parte, titulada: La auténtica aristocracia solariega.) Gracias a todos por la lectura y por los comentarios.



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