Los muertos de mi cabeza son mucho mejores que muchos vivos. A esa conclusión, de por sí sabida, llegué hace mucho tiempo.
Pero nunca me ha resonado con más tristeza que ayer por la tarde, cuando intercambiándome e-mails con el Guajiro (Humberto Fontova, para quien soy el Bandolero) me manda un link con una noticia que me hizo caer el alma al piso. Y bueno, el cuerpo también cayó al piso.
Un ídolo de mi adolescencia rockera, Jimmy Page, tiene a bien aparecerse por Cuba, a lo cual no le veo nada malo, puesto que él es libre de viajar a donde le salga de su guindalejo rockero. Lo único es que, este genio de la guitarra se dispara diez días en Cuba, no se reúne con un solo rockero contestario -por mucho que respete a los que se reunieron con él, y a Juanito Camacho, el historiador del rock por excelencia sobre la isla de Cuba, no se reunió por ejemplo, con guitarristas contestarios, ni nada por el estilo- y para colmo, escúchenlo bien: nuestro querido Jimmy Page no encuentra nada mejor que hacer que comprarse una maldita foto del maldito asesino, el carnicero de la Cabaña en persona, el muy grandísimo hijo de puta del Ché Guevara, visto por Korda, como en los muy capitalistas t-shirts con la jeta más famosa del comunismo.
Un tipo como Jimmy Page puede presentarnos cualquier excusa menos la de ser ignorante de la realidad.
Este es un músico genial, un hombre de extensísima cultura, que de los Yardbirds pasa a Led Zeppelin, y que luego tiene una carrera como solista simplemente envidiable, y que además, ha conocido de primera mano a una buena cantidad de músicos e intelectuales, entre los cuales estoy seguro que estuvo Guillermo Cabrera Infante, que conoció a la crema y nata del rock británico. Y si Guillermo nunca coincidió con Page, al menos unos de sus amigos le habrá contado lo referido por el escritor.
Por otra parte, la historia es conocida.
51 años despues del accidente histórico que no solo borró de un tirón la historia y la cultura cubanas, sino que también, y en un plan diseñado por el mismísimo Ché Guevara ahora tan adorado por Page, prohibió todo atisbo de blues, jazz, y rock. Page no debe, ni puede, ignorar que por tener un disco de Led Zeppelin terminaba uno -mi historia personal- escaleras abajo en una estación de policía habanera. Que por tocar versiones de Led Zeppelin en una guerrilla en una inmunda beca, terminaba uno con una «mancha» (de honor en todo caso) en el expediente acumulativo con la bella y gloriosa acusación de diversionismo ideológico, lo que saldría en llamadas a la atención de uno cuando ya era zángano y adulto. No puede ignorar Page, que por tener el pelo largo en la misma época que él, los jóvenes cubanos iban a parar de cabeza a unos campos de concentración con la máxima «el trabajo los hará hombres» buenamente copiada del muy hitleriano «el trabajo os liberará». Y si lo ignora, alguien debería decírselo de una buena y puñetera vez.
Pero dudo, y estoy seguro en mis duda, que ninguno de los personajes con que se reunió en la Habana tuvo los cojones y la entereza de hacérselo saber. Dudo también que alguno de los que lo conocieron le haya referido que hay músicos contestarios cubanos que se hubieran sentido muy halagados con una invitación a conversar, y dudo también que los que servilmente le sonrieron y le acompañaron en la compra de las fotos de Korda, le merezcan a Page el menor respeto.
Pero así estamos.
Uno, por visitar a Cuba solo para revolcarse delante de la foto de un carnicero, y con ese gesto escupir en los huesos de todos los rockeros que o mandaron a Angola con un uniforme verdeolivo o que están en el fondo del Golfo de México, o en una prisión cubana por «peligrosidad predelictiva». Otros, por serviles y abyectos, y por no tener el valor de decirle a Page, «mire usted, ese cabrón de la foto de Korda no es más que un asesino en serie, un enemigo del rock, de la libertad, y de la cultura». Y eso solo para comenzar.
Algunos vivos estarían mejor muertos. Y algunos muertos mejor que sigan muertos, no vaya a ser que les de por salir de la tumba solo para decepcionarnos tanto como hacen hoy los vivos.
Al carajo, me costará trabajo no escuchar los albums de Led Zeppelin que todavía atesoro. Quizás es tiempo de renunciar a unos clásicos y dedicarle el tiempo a algún artista emergente, aunque hay que reconocer que también se pueden aparecer con un t-shirt del cobardísimo Guevara.
Si fuera por mí, le recomendaría a Page unas cuantas fotos de la lloriqueante rendición de su ídolo, el Che Guevara, un muerto que murió demasiado tarde.
Charlie Bravo.
Amabilidad del autor.

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