De la moralina y de la falta de educación civil del cubano.

DE LA MORALINA Y LA FALTA DE EDUCACIÓN CIVIL DEL CUBANO.

Empezaré por lo segundo. Cada día entran algunos tontos en este blog a desearme la muerte, a cagarse en mi madre muerta, a insultarme y a burlarse de mi físico, dicen que soy gorda, calva, vieja, puta, tortillera (todas las mujeres lo son), traidora, maricona (con lo que me gusta a mí ser maricona), espía y castrista, y así, infinitamente, ¿por qué? Porque hago mi trabajo de escritora: tengo opiniones y las escribo. Yo no soy una bloguera políticamente correcta. No, yo soy escritora, con la carga vitriólica que eso conlleva, y creo que bastante amable y equilibrada soy con mis dosis de vitriolo.

No pertenezco a ninguna publicación políticamente correcta del exilio, y mucho menos a ninguna que enmascare su pro-castrismo. Nadie me paga por este blog, y creo que así está bien. La CIA no se interesa en mí, del mismo modo que yo tampoco en ella. Y nadie puede sacarme nada que yo haya hecho en Cuba en contra de ningún cubano, porque yo en Cuba me dediqué a ser Nadie, es lo mejor que se puede ser en un régimen comunista.

Yo doy opiniones, algunas veces pongo nombretes, y de ahí no pasa. El día que me encuentre a unos cuantos machitos cubanos de esos que andan por ahí diciendo que mi madre es puta, no voy a decir ni una palabra, pero les voy a ir p’arriba a sacarles los ojos (porque sé con la intención que lo hacen, la de ofender, y porque con mi madre no se juega, además, no lo fue, y aunque lo haya sido), eso ténganlo por seguro, y después p’a la estación, porque como también dicen que soy chusma, pues a mí las chusmerías me gusta ventilarlas entre policías, con esos muslos, esos pechos, esas muñecas, que lucen los policías franceses y los americanos.

Aquí en este blog entra una comentarista que se hace llamar Puta Armienne, y dice ella que fue o sigue siendo puta, pero que ella no lo “hace” en público. Entonces ella no es puta de verdad. Una puta de verdad lo hace donde quiera que se le presente la oportunidad. Tanto es así que, sin ir más lejos, en este país, en esta ciudad, hay una calle que se llama Víctor Hugo, en el muy chic barrio del Quinzième donde las putas, muchas de ellas latinoamericanas y árabes, tiemplan en los coches (lo he visto yo). Inclusive, a una ex conocida mía, que conversaba con un cliente (no de putas, de la Nespresso) la invitaron a salir de la tienda Nesspreso, situada en esa calle, porque la vieron tan estrafalariamente vestida que creyeron que era puta. A mí que me digan puta no me ofende para nada, siento un profundo respeto por la profesión más antigua del mundo, según dicen… En el célebre Bois de Boulogne las putas hacen el amor bajo las estrellas, en verano, mientras el chulo las vigila, cuida, y cobra. Lo mismo existía en Madrid, les llamaban “Las Candelitas”, porque alumbraban a los automóviles que pasaban con unas luces intermitentes para que supieran que ellas estaban allí.

Desde que empecé mi adolescencia en La Habana (y ahora voy al primer sujeto, el de la moralina), esa Habana calentona que muchos conocemos y vivimos, el Malecón fue un lugar para ir a matearse con los novios, del mate en pleno muro, a la vista de todos, de los vehículos que pasaban y desde dentro gritaban “¡Suéltala que no es tuya!” o “¡Qué te coja tu marido!”, y más, hasta aquellos que merodeaban como rescabucheadores, y de ahí al Castillito de los Gemidos. El Malecón, y el Castillito de La Punta siempre fueron tumbaderos al aire libre, y los que allí íbamos a apretar no éramos putas ni jineteros, en el sentido de que no cobrábamos. Aquello era un lugar para amarse, y al Castillito le llamaban el Castillito de la Leche, o como dije antes, el Castillito de los Quejidos. Eso sí, nunca vi por aquellos rincones a un hijo o a una hija de dirigente, de “pincho”, como vulgarmente se le ha llamado siempre a estos personajes. Ellos no lo necesitaban, ellos tenían sus automóviles lujosos y sus residencias donde hacían fiestas de “perchero” (orgías), llamadas así en la época. Ya me dirán ustedes qué es más recomendable según los criterios de la moralina cubana, hacer el amor al aire libre, o hacer orgías en las casas de los dirigentes, con los dirigentes templándose a las jovencitas, menores de edad. Hubo sus escándalos y truenes a causa de eso, no olvidarlo.

El tema del jineterismo en Cuba es un tema peliagudo, porque yo creo que el jineterismo ha sido una forma contestataria de una parte de la sociedad cubana, que ha decidido prostituirse para vivir mejor, ¿qué hay de malo en eso? Yo considero más putas (en el caso  de que consideráramos que puta es un insulto) a los policías que filman a esos jóvenes en el Malecón habanero, considero todavía más indecentes y putas a los que filtran esos videos a la televisión miamense, y a los que sentados cómodamente en un plató de televisión critican a las víctimas de la sociedad castrocomunista, y además se dedican a pedir más policías que controlen, o sea, más represión para esos jóvenes, y todavía es más indecente, la que se presenta en el programa, como representante de la juventud cubana de allá o de acá, me da igual, habiendo sido la nieta de un dirigente de los que inauguró el jineterismo en Cuba con artistas cuyos nombres, por respeto a ellas, no menciono, para dar lecciones de lo que es la juventud cubana de hoy, como si ella, desde su posición de nieta de castrocomunista, pudiera dar ejemplo de algo. Prefiero mil veces a una chupa-chupa del Malecón que a esta gentuza.

Sin esos jóvenes que templaron bajo las estrellas, sin esas artistas que lloraban abandonadas por un automóvil de chapa estatal a lo largo del Malecón después de haber sido usadas, que existieron en todas las épocas, además, qué habría sido del cine, de la literatura, de la música, del bolero, y del filing cubano. Es cierto que en tiempos anteriores al castrismo los barrios de putas estaban localizados en Colón, etc, , por cierto, de aquellos bayús no salían los intelectuales de la época, como es el caso de Alejo Carpentier, contado por él mismo. El escritor Manolo Granados me contó una vez que la Dalia Habanera (nombrete de Alfredo Guevara) no lo soportaba porque él lo había visto entollado por un puto en una arcada del Malecón en los años 50. No sé si sería verdad o mentira, pero como anécdota es divina, no me lo negarán.

Así que cada vez que veo un video de esos que tal pareciera se estuviesen filmando en un confesionario, o en una capilla de iglesia, me vomito toda. Y lo único que desearía es que cuando se caigan los Castro, todos esos jóvenes que han sido mostrados a cara descubierta besándose con hombres, como si eso fuera delito, porque ¿quién me asegura a mí que esos jóvenes son jineteras y pingueros?, lleven a juicio a quienes lo hicieron. En mi época todo el mundo se besaba con todo el mundo en ese muro del Malecón, muchas muchachas nos desnudábamos (yo entre ellas) y hacíamos performances. Lo he contado en Café Nostalgia y en varias novelas. No estábamos ni borrachas ni drogadas, formábamos parte de un grupo que quería épater le bourgeois castrista. ¿Y quiénes eran los burgueses castristas? Los Almeida, Ramiro Valdés, y compañía, así como sus hijos. Si nos hubieran filmado en la época tal vez nos habrían catalogado de putas y pingueros. ¿Quiénes? Los represores moralistas de toda la vida, los castristas, esos que hoy viven de venderle videos a los programas televisivos de Miami, y de enviar comentaristas como la señorita Almeida (tal vez ella no sea culpable de nada, pero es la que menos puede condenar a nadie), cuyo abuelo no sólo fue un represor castrista, además fue el Creador en Jefe del jineterismo profesional en Cuba con cantantes y artistas que si no respondían a sus deseos y exigencias les trazaban una línea negra en su carrera hasta la aniquilación profesional.

La moralina de una cierta burguesía cubana y la mala educación del populacho politiquero (no me refiero al pueblo) son los que colocaron a los Castro en el poder, y a toda su camarilla. Por cierto, una célebre actriz de teatro, a la que Castro obligaba a acostarse con él, tratándola como a una vulgar puta (que también las hay vulgares), al menos una vez por semana, con los guardaespaldas mirando, me contó que era mal palo como loco. Ella tenía que hacerlo, si no lo hacía, no sólo no le permitirían actuar nunca más, además le cancelaban la pieza de teatro dejando a sus compañeros en el desempleo, y en el desamparo social y político.

Así que espero que la próxima vez, los curas, digo, los periodistas esos, así como la flamante “representante” de los jóvenes cubanos –menos de mi hija, por supuesto-, empiecen a rasgarse las vestiduras propias, y saquen del closet sus puterías y las de los verdaderos represores.

Zoé Valdés.