Ceguera de alma y de pies.

CEGUERA DE ALMA Y DE PIES.

Se cuenta que Jorge Luis Borges apenas veía, pero iba al cine y oía las películas, la persona que lo acompañaba le contaba el resto, y él escribía valiosas e imaginarias críticas de cine. Lo que le permitió aseverar –lo hizo con Guillermo Cabrera Infante, con quien mantenía largas conversaciones sobre cine- que Khartoum (1966) de Basil Dearden era mejor filme que Laurence de Arabia (1962) de David Lean, porque siempre “resulta más interesante la historia de un perdedor que la de un triunfador”… Y ¡cuánta razón tenía!

Alicia Alonso, la prima ballerina assoluta, lleva años ciega, casi tantos como los que ha vivido, lo que no le impidió bailar y ser la gran danseuse que es. Pero Alicia Alonso, tal como afirma Miriam Gómez, es más ciega de alma que de ojos, es la razón por la que adora defender dictadores, y además, ahora, dedica el preciado y limitado tiempo de su vejez (aunque ella está segura de poder vivir 200 años) a hacer una crítica de cine –que es lo que nos ocupa hoy en este post- sin haber visto, ni oído, la película Black Swan de Darren Aronosfky, cuyo guión trata de manera imaginaria de la historia de una perdedora (Nina), y que ha recibido, sobre todo su actriz Natalie Portman, una gran cantidad de reconocimientos, incluido el Oscar para la mejor interpretación femenina.

Es cierto que los premios no hacen al artista, ni lo consagran. Lo que consagra al artista es su arte. Pero los premios reconocen esa consagración. Numerosos artistas no han sido premiados y eso no ha minimizado para nada la grandeza que los habita. Una actriz que es tan o más grande que Natalie Portman es Annette Bening, qué duda cabe, ha sido nominada en tres ocasiones, y jamás ha conseguido la estatuilla, lo que considero una verdadera pena. Tampoco Marlene Dietrich recibió la estatuilla, pero eso no quiere decir que otras actrices que la recibieron lo merecían menos que ella, porque tratando de hacer justicia con la Dietrich se estaría entonces siendo injustos con las demás. Tampoco Jorge Luis Borges recibió el Nobel, en su lugar lo recibió Gabriel García Márquez, quien, todo sea dicho, jamás ha escrito una crítica de cine mejor que las que hacía Borges, aun teniendo él la capacidad de ver. Pero con toda seguridad el alma de Borges veía mejor y más transparente que la de García.

Alicia Alonso afirma categórica que Black Swan es una monstruosidad y añade que con esta película –no cito textualmente- se usa al ballet para demonizarlo. Como si el ballet necesitara de una película para demostrar lo demoníaco que es, y qué fuera el arte, y sobre todo el ballet mismo, sin su lado apolíneo más que dionisíaco. Sin embargo, por encima de todo, la película Black Swan no es película sobre el ballet, es una película sobre la capacidad auto-destructora del artista poco seguro de sí mismo, y de la presencia vital y letal de la madre frustrada como impulsora febril. El horror del que ahí se expresa es el mismo horror que se podría encontrar en cualquier manifestación artística, sólo que el ballet es el lenguaje perfecto para traducirlo, porque el ballet clásico es un arte de extremos; sólo hay que pedir audiencia y ver a las petits rats del Ballet de la Ópera de París, para percibir la excesiva presión que se ejerce sobre las jóvenes y hasta las niñas bailarinas, presión, desde luego, absolutamente necesaria en esta disciplina artística, pero monstruosa cuando se quiere hacer de un arte elitista, un arte del pueblo; lo que ha sido la obra malvada de Alicia Alonso durante estos 52 años de dictadura castrista.

La realizadora cubana Miriam Talavera me invitó durante varias jornadas a ver los ensayos de Alicia Alonso, eran los años ochenta; con el objetivo de que yo escribiera el texto de Espiral, a mi juicio el mejor documental que se ha hecho sobre la bailarina. El texto ya estaba escrito, el origen fue uno de mis poemas. Fui testigo de cómo Alonso se golpeaba con furia a sí misma, en las piernas, en los muslos, cuando algún giro o pirueta le salían defectuosos, y también de cómo golpeaba a las demás bailarinas, y las insultaba (lo que se evitó que saliera en el film). A esos ataques in extremis les llamo yo rigor, otros están en todo su derecho de llamarles horror, y de interpretarlo de tal modo en el cine, como en la literatura, en la pintura, y hasta en la música. El horror forma parte de la vida, así que ¿cómo no va a estar implicado en el arte, en cualquier arte? ¿Y por qué podríamos aceptarlo en otras manifestaciones artísticas, salvo en el ballet clásico?

De modo que –por mucha admiración que se le tenga, como artista- Alicia Alonso no es la más indicada para hablar de monstruosidad ni para juzgar una obra sin verla, sin oírla, y sin siquiera poseer la sensibilidad necesaria para presentirla y sentirla, dos aptitudes imprescindibles cuando se es crítico de arte. Que lo haya hecho sólo habla de lo bruta que es, y que siempre ha sido –lo que es harto conocido.

Y para finalizar, cuando se ha visto bailar a Natalia Makarova, a Margot Fonteyn, a Maïa Plissestkaïa, con esos miembros inferiores tan finos y precisos, por supuesto que la mayor monstruosidad, por muy buena bailarina que haya sido la Alonso, son esas patas largas de bailarina de jota aragonesa que tiene, tanto, que daba la impresión de que en lugar de calzar zapatillas de ballet calzaba alpargatas, y que debió domar no sin rigor, y no sin horror, supongo, y a las que tuvo que ponerles mucha imaginación para que el público reparara más en su arte que en sus sensuales y torneadas piernas. Así que, que Natalie Portman no tenga el físico de una bailarina, como se ha dicho, no significa nada en detrimento de su actuación tan premiada, porque ese físico de las bailarinas, en el caso de Alonso, no existe, lo que no fue en detrimento de su estilo; aparte de que Portman no lo es, ella es una actriz que interpreta a una mujer enferma, cuya enfermedad se somatiza a través de la danza.

Nadie le pide a un filósofo que gire encima de las puntas de sus pies, así que no veo la razón ni el interés que pueda existir en que una bailarina clásica exponga sus teorías pretendidamente filosóficas, inclusive desde la altura de su magisterio, y que intente reducir todo el arte al círculo exclusivo de la danza. Un filósofo parecería ridículo, una bailarina resultaría imbécil.

Zoé Valdés.