Era algo que se veía venir. Lars Von Trier es un director provocador, pero no exclusivamente en sus películas, sus frecuentes exigencias en el Festival de Cine de Cannes lo demostraban. Primero exigía viajar y vivir en una caravana, alejado de todos, con su equipo y familiares; después, como se declara un empedernido comunista, exigía que durante su montée de marches se pusiera como música de fondo La Internacional. Esto no me lo contó nadie, lo he visto yo con mis ojos.
Hace unos días hizo unas declaraciones desproporcionadas en Cannes en relación a Hitler, a los nazis, a los judíos, y abiertamente en contra de Israel, donde expresó su simpatía por Hitler, aceptando que lo comprendía, además de que dijo que por muchos años se creyó un judío -puesto que su madre le había negado la verdadera identidad de su padre- para luego conocer que en realidad era un nazi (su verdadero padre era alemán). Tal vez debido a ese incidente con su madre es por lo que odia tanto a las mujeres, lo que resulta evidente en su cinematografía. Una cinematografía, a mi juicio, bastante desigual, y rayando en lo ridícula en no pocas ocasiones. Por ejemplo, Dancing in the dark no es solo el peor musical de la historia de los musicales, es una de las peores películas de la historia del cine, y así y todo se llevó la Palma de Oro de Cannes. Lo mismo con Anticrista, donde muestra a Charlotte Gainsbourg en una de las más feas y grotescas escenas de masturbación que pueda uno imaginar; a tal punto, que la joven se parece al monstruo albino de El señor de los anillos atacado por espasmos, un auténtico horror. Nada más cercano al discurso del que quiere afirmar que el sexo es crimen, depravación y horror, cuando se trata de las mujeres, lo que es una constante en la obra de este cineasta.
Sin embargo, sino todas, la mayoría de las actrices quieren filmar con él, pero al parecer ninguna repite, porque el director las obliga durante el rodaje, que puede durar indefinidamente, a vivir bajo un régimen estricto, no sólo disciplinario y paranoico, rayano en lo obceso y abusador. La única que se ha revelado contra este personaje es la artista islandesa Björk, justamente el personaje protagónico de su bodrio de musical.
Con este acontecimiento, bastante desagradable en un festival que se precia de no ser político, pero que finalmente lo es más de la cuenta, queda en evidencia que detrás de todo comunista hay casi siempre un fascista. Las caretas están cayendo poco a poco, lo que se descubre es un mundo artístico repleto de falsos ídolos, de comunistas y fascistas en potencia. Fue lo que se vio años antes de la Segunda Guerra Mundial.
Si yo hubiera sido una de las actrices me habría levantando de la mesa, ninguna lo hizo. Sobre todo Charlotte Gainsbourg, cuyo padre era judío.
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