LOS ‘VOLUNTARIOS’ DE LA CULTURA.
Cada vez que leo que existen los ‘voluntarios’ de la cultura que todo lo hacen por amor al arte, sin interés ninguno, por veneración a los artistas, y toda esa rimbombancia hipocritona, ¿qué quieren que les diga? Me desternillo de la risotada. En primer lugar me parece que estoy oyendo a los mismos insensatos castristas de toda la vida, que hacían todo excesiva y sospechosamente gratis, en bien del pueblo, blablablá, de manera ‘voluntaria’, por la cultura de la revolución. Sólo que ese es un lenguaje ya muy viejo para la revolución misma, y ahora los revolucionarios son más ricos que los ricos de toda la vida.
Esos son los mismos que piensan que la cultura es un bien que debe ser consumido gratuitamente por todos, y a los artistas que los parta un rayo. Esos son los que creen que los artistas viven de comer pan viejo con croquetas tiesas en las recepciones después de una lectura de poemas, regalada, claro, y que pagándoles con unos piscolabis ya se les mantiene contentos. Ese tipo de gente, que vive recostada a los artistas, son los que más daño le hacen a los artistas y a su obra. Son los que durante años de gratuidad de la cultura han logrado casi acabar con la cultura misma. Y digo ‘casi’, pero están a puntito de conseguirlo por completo.
Por eso, siempre que veo a uno de estos empresarios de buena fe, que según ellos todo, absolutamente todo lo realizan a favor de la poesía, del arte, y de la marimba habitual que es pura caca para los tímpanos, salgo huyendo de ellos como del diablo.
Yo tengo una editorial de poesía, pago la edición de los libros, a veces hago una tirada modesta de 150 ejemplares y otras veces de 350 ejemplares, reitero que pago yo la impresión, le doy veinte ejemplares al autor, y el resto es para venderlos, para recuperar el dinero que invertí, y de este modo promociono a un poeta, y así puedo darle la alegría de ver su libro publicado. Fíjense, no estoy cobrándoles nada aunque tampoco les estoy dando anticipo, les estoy dando su libro publicado, un prefacio merecido, y probablemente artículos de prensa. Ellos me están dando el mayor de los placeres: descubrirlos y publicarlos, y ojalá venderlos. Los autores están en su libre derecho de publicar el libro nuevamente, donde quieran. Porque les aseguro que con la poesía nadie se hace rico, y las pocas ediciones que he hecho se me han quedado encajonadas. Es un negocio poco recomendable, ya lo sé, pero si puedo vender el libro, lo vendo, porque una editorial es un negocio, y en estos momentos, y más que nunca, sobre todo con la poesía, es un mal negocio.
A mí me parece extraordinario, insólito, por no usar malas palabras, que como saben para mí son las mejores, que los poetas y los escritores se dejen engañar por estos “buenazos” de la cultura; pero, ya saben, cada cual decide a quien darle el tambor para que se lo toque mejor. Esos mismos poetas y escritores no deben ignorar que están contribuyendo a una de las peores epidemias de los últimos tiempos, la que ha extendido la mala creencia y el imperdonable hábito de que la cultura debe regalarse, y que cualquiera que se haga llamar promotor del arte –sin ningún tipo de preparación para ello- tiene el derecho de manejar la obra como a ellos les dé la real gana, con el único objetivo de consentirles un caprichito: El de ser reconocidos como un ‘voluntario’ de la cultura.
Como si eso fuera verdad. Detrás de esos ‘voluntarios’ de la cultura válgame dios, detrás se esconden los ambiciosos, los famas –el peor estilo de los famas, según los términos de Julio Cortázar, de fama y de cronopio. Y los sátrapas que han destruido el derecho de los artistas (léase pintores, por ejemplo) a ganarse la vida honradamente, con su obra, al precio que merecerían, para revenderla en cuchitriles de mala muerte a precio de postalitas de navidad.
Eso sí que debería ser perseguido por la ley, y enjuiciado severamente.
Zoé Valdés.

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