Mi madre nadaba bien. Durante un tiempo había dejado de ser camarera, y empezó a trabajar como taquillera de las playas La Concha y El Náutico, aunque había aprendido a nadar mucho antes, de niña, en el río de su pueblo, en Las Villas. Desgraciadamente no podía exponerse demasiado tiempo al sol, era alérgica y le salían unas ronchas espantosas. Sin embargo, ella era la que nos llevaba a la playa a mi primo y a mí: Le fascinaba el mar, y se ponía una trusa de los años cincuenta, muy bonita, que luego heredé yo. Como esas zapatillas playeras que tengo puestas en la foto, y que heredaría mi primo.
Llegábamos a la playa muy temprano. Mamá nos embullaba a jugar con los caracoles y cubos y paletas plásticas, en la arena, y entonces aprovechaba para ir ella a zambullirse en el mar, y nadar lejos, desde donde nos vigilaba. Aunque la mayoría de las veces nos dejaba a cargo de mi padrino, o de alguna amiga de ella que nos acompañaba.
Esta foto me la hizo mi madre con una cámara que le prestó mi padrino. A ella no le gustaba esa foto, porque según ella yo me veía como disgustada. Los mejores recuerdos que tengo de mi infancia son aquellos días soleados en los que entraba al mar de la mano de mi madre, y jugábamos en la orilla. Su melena castaña flotaba en el oleaje y su rostro espejeaba iluminado por el resplandor espumeante del agua, feliz de tenernos a mí y al mar. Yo abrazaba a mi madre, y ella me montaba en sus espaldas y nadaba conmigo encima de ella, hasta casi llegar al canto del beril.
-¡No te zafes, aprieta duro los bracitos, no te zafes! -Ella nadaba conmigo a cuestas, y yo me sentía tan afortunada que reía a carcajadas aferrada al cuello de mamá-. ¡Cierra la boca, boba, no te rías, que tragarás agua y te vas ahogar!
Yo le hacía caso, apretaba la boca, pero al rato ya volvía a manifestar mis arranques eufóricos de alegría, y de buenas a primeras empezaba a toser. Ella se daba la vuelta, se sostenía flotando dándole a los pies, y conmigo cargada enjuagaba mi rostro, pasándome la mano, como un bálsamo, por la cara y el pecho. Cuando yo cesaba de toser, ella me reguindaba de nuevo a su cuello, y regresábamos lentamente a la orilla. Ella intuía que yo me estaba quedando dormida, entonces empezaba de nuevo a reclamarme:
-¡Milagrito no te quedes dormida, no te quedes dormida que ya nos queda poco! ¡Mira, mira, un delfín! -No había ningún delfín, pero yo suponía que ella decía la verdad, y que sí lo había, entonces enseguida espabilaba y erguía la cabeza buscando el delfín por todos lados.
Zoé Valdés.
Un poco más grandecita. con mami, esta foto ya la había colgado en el blog. Esta la hizo Ivo, un amigo de mi madre:



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