Los fantasmas merecidos de Gloucester Road.

LOS FANTASMAS MERECIDOS DE GLOUCESTER ROAD.

Los escritores que confiesan sarcásticos, y hasta burlones, que ellos no tienen fantasmas es porque han carecido de lecturas, de vida, o lo que es peor, de vergüenza para reconocerlos. Los fantasmas literarios son, desde luego, los de aquellos escritores que irrumpieron en la vida de uno a través de su obra, y a los que nunca podrás olvidar, de los que jamás podrás desprenderte, porque ellos serán los guías espirituales de tus presentimientos escritos, y como ellos no hay nadie más que pueda comparárseles.

Me refiero a “presentimientos” tal como los concebía el poeta Enrique Loynaz, y que se presentan como meros merodeos literarios, como élan vital, a la hora en la que necesitamos acudir a la poesía más que como estilo de expresión, como tabla de salvación.

Cada día me despierto y dedico un pensamiento a mis fantasmas literarios. A algunos, además de leerlos, también los conocí. Y como ya no están con nosotros, me digo de manera inocentemente egoísta que de alguna manera nadie más podrá poseerlos tal como yo lo hice, a través de una hermosa y profunda amistad.

Vivo en París desde hace veinte años, y esta es una ciudad plena de fantasmas literarios; para aprehender esta ciudad, para no perderla, porque esta ciudad te obliga a penetrar en ella con inteligencia, y a vivirla a plenitud, y si no lo haces tal como ella lo exige cuando la abandones, la perderás irremediablemente, para que esto no ocurra tienes que haber experimentado tres momentos esenciales en ella: haberla vivido de joven (yo llegué a los 23 años), haber sido pobre (yo lo fui), haberte enamorado en sus puentes (lo que me ocurrió). Eran las condiciones que ponía Ernest Hemingway para alcanzar una verdadera penetración en el agujero húmedo y misterioso que es París, yo añadiría una cuarta: Haber leído buena parte de la literatura escrita sobre París, como es la magnífica novela folletinesca Los misterios de París, y haberse compenetrado vívidamente con su historia, con sus protagonistas. Por ejemplo, yo converso cada día con Los Mosqueteros, que devinieron la Guardia Republicana, y a los que tengo de vecinos.

También viví alquilada en la calle Beautreillis, en el Hotel de Mónaco, que es uno de los más antiguos inmuebles de esta ciudad, cuentan que las ratas que allí pernoctan tienen sangre azul directa de Henri IV y Luis Treize (como se escribía en la época), porque de ellos mamaron bastante; enfrente de aquel edificio había vivido y fallecido, fulminado por una sobredosis el vocalista de The Doors, Jim Morrison. Cada año la calle se llena de cientos de personas venidas de todo el mundo para cantar a coro, acompañados de sus guitarras, las canciones de quien fuera su ídolo. A unos cien pasos pintó Cézanne, ya que su atelier quedaba en la misma calle. A dos cuadras, en la Place des Vosges, tenía su residencia Víctor Hugo, y en donde vivo ahora, en el Boulevard Bourdon, en el banco que queda justo delante de mi edificio, Gustave Flaubert sentó a Beauvard et Pécuchet, dos de sus más grandes personajes, justo en la primera frase de la novela que lleva el mismo título, precisamente en el Boulevard Bourdon. En el apartamento en donde vivo en calidad de propietaria, según cartas postales que se venden en todos los bouquinistes, alquiló María Callas durante un breve tiempo, y a pocos metros, en la île Saint-Louis tuvo su estudio, nada más y nada menos que Camille Claudel, además trabajé y visité a la jamás olvidada escritora cubano-italiana Alba de Céspedes, bisnieta de Carlos Manuel de Céspedes. Mi madre está enterrada en Père Lachaise, justo al lado de Colette y a pocas tumbas del espiritista Allan Kardec y del gran espiritual que fue Marcel Proust.

En otras ciudades, además de París, me ha sucedido lo mismo, sobre todo en Londres. Siempre que voy a Londres me instalo en un hotel de Gloucester Road, no solamente para estar cerca de mis queridos amigos Guillermo Cabrera Infante y de Miriam Gómez, además para redescubrir la iglesia donde escribió, vivió y trabajó otro fantasma ilustre y probadamente ilustrado: T. S Eliot. La iglesia de Saint- Stephan’s que él mismo pobló de gatos, como mismo pobló la calle, porque recogía a cuanto gato encontraba; donde atendió los asuntos financieros y pasaba el cepillo, supervisó las colectas durante 25 años, allí velaron su cadáver. Sus amigos le llamaban afectuosamente The Pope de Gloucester Road, y quiso bautizar su revista literaria como Gloucester Road.

En el número 5 de Gloucester Road también vivió, desde muy niño, puesto que se mudó a la edad de 4 años hasta su adolescencia: Henry James. Y en la misma calle, desbordante de fantasmas literarios, se encuentra la casa de Peter Pan, o sea la residencia donde James Mathew Barrie escribió la inmortal y célebre novela. Por cierto, hace poco la estaban vendiendo por 9 millones de libras, no sé si alguien la haya comprado ya.

Cuando viajo a Londres aprecio entregarme a todos estos fantasmas. Tuve la suerte de conocer, de entre todos esos grandes de la literatura universal, a Guillermo Cabrera Infante. Y uno mis más grandes placeres es recorrer con él, imaginariamente cogida de su brazo, toda la ciudad, todos aquellos sitios que él me enseñó, y que Miriam Gómez continúa perpetuando, con las únicas fuerzas que hacen mover el mundo: La del amor y la de la creación.

Zoé Valdés.

Publicado en El Economista.

Rue Beautreillis, donde vivió y murió Jim Morrison, donde tenía su atélier Paul Cézanne, y en el segundo 17, a la derecha, verán la puerta azul del 10 de la rue Beautreillis, donde viví yo, ¿en qué mejor compañía? Los balcones del final del video son los de Jim Morrison.

T.S Eliot reading

Gloucester Road, in London: