DE LO DIABÓLICO EN EL ARTE.
A Amy Winehouse, in memorian.
Los que juzgan el arte desde las vertientes del lado bueno y malo desgajado del mensaje, exclusivamente, manifiestan un claro resentimiento existencial frente a ese vasto caleidoscopio que el mismo arte proporciona y ofrece con su constante e infinita propuesta de profundidad y provocación. “La moral es únicamente una interpretación de ciertos fenómenos, dicho de otra manera más precisa, una interpretación equivocada”, escribió Friedrich Nietzsche. O sea que intentar inculcarle – y con ello sellar- nuestro punto de vista moral a una obra artística es un craso error que cometen a menudo los críticos.
El arte cuando es grande, que no bueno –la prueba es Picasso- se manifiesta diabólicamente incluso en su pretendida inocencia, como mismo afirmó Rainier María Rilke cuando dijo aquello tan conocido de que “todo ángel es terrible”. Porque el juego artístico no es más que un juego de ángeles con máscaras, en un principio, como en el ya clásico de la cinematografía china: El maestro de las máscaras.
Es preferible ser víctima de los sentidos, del deseo, que no de la consciencia moralista que no se permite aquel o aquello que desde el horror nos provoca el sufrimiento, y que predica que lo inocuo e indoloro es bueno. “La inconsciencia es el fundamento de la vida” escribió Fernando Pessoa en El libro del desasosiego y los surrealistas ya lo habían adoptado mucho antes como ars poética y también maléfica y benéfica.
El verdadero arte resulta emancipador cuando a su vez se libera del estoicismo tecnócrata, de las ideologías y hasta del pensamiento para devenir solo deseo, misterio, y una conjugación fabulosa de lo diabólico (platonismo-socrático) y lo dionisíaco (río pensante aristotélico).
Instintivamente el arte no condena la vida, al contrario, la exalta, y se enfrenta a esa manía caduca y moralista de situar en el mundo de lo pecaminoso aquello que es bello porque es diabólico. Lo que reduce y significa estudiar el arte desde una perspectiva aburguesadamente plebeya, aunque tampoco la alternativa sería colocarlo en un afán de enaltecimiento sombrío en un pedestal aristocrático, y mucho menos encerrarlo en una torre de marfil, porque cualquiera de esas opciones mataría su misterio.
El arte es sublime irracionalidad ¿por qué negarlo? ¿Por qué huir de la melancolía, de la imperfección? ¿Por qué evadir la enajenada agonía de Johan Pachelbel, su barroca popularidad? ¿Por qué rechazar el sentimiento de horror vacui de Richard Wagner, tan angustioso y terrible?
El arte es pasión, impulsión, punition, tortura y autodestrucción. Desbarajuste nocivo, muerte prematura en el más inesperado deseo, que conduce a la primera puerta de claridad, a esa puerta donde tantas veces se asomó perplejo y aterrado Van Gogh.
A la razón moralista socrática prefiero el río pensante aristotélico. A la dependencia enfermiza de Séneca, del poder de Agripina, su protectora, y su posterior tan aburrido y anunciado suicidio, adhiero a la inesperada zambullida sangrienta del viejo bardo de Petronio, o el ars amatoria de Ovidio.
Es sabido que tal como escribió Nietzsche: “Reducir algo desconocido a algo conocido alivia, tranquiliza, satisface, proporciona además un sentimiento de poder”. Y el poder encasilla, manosea y moldea, digo yo.
La verdadera libertad en arte no es más que la posibilidad infinita de vida, deseo, dolor, belleza y muerte. No me interesa el arte que produce placer a secas, que me mantiene contenta conmigo misma y con mis pobres percepciones rutinarias de pensamiento, el placer es de una absurda banalidad, no sólo en arte, en historia, en ciencia… Por el contrario, ¿qué sería el arte sin el deseo? El deseo a todo y desde todo. El deseo dionisíaco y apolíneo, el deseo hermafrodita.
Cuando asisto a un espectáculo prefiero imaginar que detrás de lo que mis pupilas perciben están las fuerzas del bien y del mal, debatiéndose, intentando destruirse entre ellas, y esas fuerzas no pueden ser mejor representadas que en la expresión del rostro del actor, en el gesto de la bailarina, en el tono del compositor, en el alma del escritor.
¿Es el arte una manera feliz, o por el contrario, insatisfecha, de ver la vida? Lo uno y lo otro. Desde el punto de vista clásico significa una fuerza arrolladora, sublimadora de la embriaguez, dominadora intensa de la plenitud, avasalladora de la perfección, buscando siempre, hallando su cosmos en el caos. El romanticismo es su rival, que nace del sentimiento de debilidad. El ballet clásico, a mi juicio pierde poder estético y ético cuando se le adjudican únicamente soluciones estrictamente románticas e inocentes en su concepción espiritual. El espíritu del ballet clásico es justamente su clasicismo como teoría y significado espiritual. Igualmente el drama, la música, no pueden ser encasilladas en las artes amables y buenas, ingenuas y por eso exquisitas.
Para poder abrirnos al arte debemos penetrar en su todo, y dejarnos penetrar liberados de todas las culpas fabricadas por la razón y la religión, y embarradas por el lodo de las ideologías, la imposición de criterios y a prioris. El arte es menos placer y felicidad, es más y sobre todo padecimiento y horror, porque la belleza no traduce exclusivamente una elección estética ante la verdad individual. La belleza es un concepto artístico vasto e inconfortablemente pesaroso.
Para ser feliz basta con muy poco, para ser infeliz hay que haber vivido y padecido mucho, y haber sabido expresarlo con el don que no es más que el látigo que nos da Dios -según Truman Capote, que más que una loca insoportable (aunque también) es (cuánto poder el de la eternidad del arte) sobre todo un gran escritor y un verdadero artista esencial y curativamente diabólico. No debería olvidar a otros endemoniados: Arthur Rimbaud y Marcel Proust.
Zoé Valdés.

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