La Iglesia, la iglesia castrista, la reconciliación, los opositores y Víctor Hugo.

El cristianismo y la religión católica  predican la paz, la no violencia, y la protección de cualquier persona, cualquiera que sea su condición moral y su situación social, en caso de desprotección y sobre todo de persecusión y de violencia en su contra. No siempre han sido fieles a sus propias predicaciones, como es ya sabido históricamente.

Víctor Hugo, una de las personalidades más importante de la historia de la humanidad, no sólo fue el gran escritor que conocemos, además fue un exiliado de honor, que tuvo a bien de escribirle a las cubanas sobre Cuba y su libertad. Víctor Hugo, nadie lo ignora, es el autor, entre otras, de esa pieza monumental de la literatura universal que es Notre Dame de Paris (1831). Uno de los temas principales de esta obra es precisamente la relación entre la iglesia y la sociedad, y esa sociedad se manifiesta a través de las clases poderosas de la época (1482) y del pueblo, del que forman parte los bohemios, denominados gitanos (Esmeralda lo es, que pasa vagamente por una egipcia), o sea los pobres, y un huérfano rescatado de la pobreza y del abandono, Quasimodo, un niño salvado por Frollo, criado por la iglesia, adulto en el momento en el que se cuenta la historia y para colmo cuyo físico es monstruoso debido a una deformidad de su cuerpo, pero cuya alma y sentimientos son de una nobleza fluctuante entre el agradecimiento y la elección amorosa, lo que no se revela enseguida, al menos no en el primer intento, porque en la primera aparición deberá por orden del malo de la intriga, el archidiácono o arcediano Frollo, capturar a Esmeralda.

Frollo no se interesa especialmente en las mujeres, y para colmo detesta a los bohemios, pese a que ha sido él mismo quien recogió a Quasimodo cuando fue abandonado en la puerta de la catedral. Entre esos pobres, como entre los ricos, los defectos y miserias humanas abundan. La trama transcurre en ese paso majestuoso y revolucionario que dio la humanidad, el de escribir y esculpir su alma en las piedras a la invención de la imprenta que significó esculpir e impirimir el espíritu en el papel. Uno de los momentos más divertidos de la novela es cuando se produce el proceso a Quasimodo por el rapto de Esmeralda, donde los magistrados y el auditorium son sordos y el propio acusado lo es. Nadie oye, nadie escuchaba, nadie oía. El proceso es una farsa. El resto ya lo conocen, Frollo se enamora de la gitana, tironeado entre su amor a Dios y su amor-odio hacia la mujer, apuñala a Phoebus, de quien se ha enamorado Esmeralda, a quien juzgan y culpan de haberlo apuñalado, la encarcelan, la torturan, y finalmente la ahorcan, Quasimodo se lanza desde el campanario y muere abrazado a su amada, puesto que mientras cuidaba de la muchacha encarcelada su amor por ella creció mayormente en proporción a su agradecimiento a Frollo.

Pese a que la novela tuvo críticas muy favorables en la época, también hubo detractores, uno de ellos fue Honoré de Balzac, quien le reprochaba a Hugo haber escrito más que una novela histórica, filosófica, sobre el progreso, el drama amoroso, y la religión, un pedestal de amor propio excesivo e inaguantable. La historia no le dio la razón en este caso a Balzac.  La novela tuvo a mi juicio sobre todo el valor de describir lo que fue el paso de una época convulsa, de un intervalo social en el que el cambio técnico influyó tremendamente en el espíritu del hombre, pero al mismo tiempo, los códigos del comportamiento humano seguían aferrados a los mismos preceptos sentimentales: odio, amor, envidia, oportunismo, desigualdad social, política y religión. Algunos críticos señalaron que la catedral de Notre Dame en la novela no tiene la significación religiosa que debió de haber tenido, que aquí aparece como una metáfora de la construcción ambiciosa de la humanidad, del final de la arquitectura y el comienzo de la escritura impresa, como otra manera de construir en el alma de los hombres, y que la iglesia que protege es la que ama, pero al mismo tiempo la que odia y mata y también abusa y abandona.

Hoy más que nunca Notre Dame de París de Víctor Hugo ilumina lo que está haciendo la iglesia castrista en Cuba y lo que a su vez hizo el Papa Benedicto XVI en su visita a Cuba, y el rol que ha jugado el Vaticano frente a las perversiones y al ultraje de uno de sus representantes, el Cardenal Jaime Ortega y Alamino, al juzgar a trece personas a las que debió de haber escuchado y apoyado, una vez que se encontraban dentro de un templo, en lugar de acusarlas de delincuentes y de gente de baja clase social como lo ha hecho públicamente en Harvard, después de haberlas traicionado odiosamente.

¿No le da vergüenza a un representante de la iglesia que debe dar amor y protección, según sus prédicas, al introducir una diferencia entre los cubanos, una diferencia para él irreconciliable, tanto que habla últimamente de reconciliación entre cubanos, solamente porque éstos hayan entrado en el templo a pedir que el Papa los escuche y se manifeste a favor de la libertad y de la democracia en Cuba? Es una vergüenza y no creo que el Cardenal Ortega y Alamino sienta demasiada pena, ni tampoco sea el representante del perdón ni de la humildad. Se ve en sus ojos, en su sonrisa hipócrita, y lo ha dicho con sus palabras: Desprecia a los cubanos de extracción humilde, desprecia a los disidentes y opositores, pero peor, desprecia a los delincuentes y gente que según su puesto, no merece que él se incline hacia ellos. Todo lo contrario a lo que predica su iglesia.

Los cubanos deberíamos pedirle al Vaticano la renuncia inmediata del Cardenal Ortega y Alamino, su expulsión de la iglesia cubana, pero que antes pida perdón frente a sus inauditos insultos no solo a los trece cubanos a los que la dictadura, el régimen y la iglesia misma expulsaron con violencia y maltrato físico del templo de la Caridad en Centro Habana, sino perdón a todos los cubanos por haberlos engañado, por haber utilizado a la Virgen de la Caridad del Cobre en una peregrinación que sólo benefició a la dictadura. Debe pedir perdón por insultar a los cubanos que son de la misma condición que los trece cubanos que allí estuvieron, pero sobre todo debe pedirle perdón a los delincuentes y a las personas de baja condición social, porque ellos más que nadie tienen derecho al perdón, a la protección, y al amor de Cristo, ¿p no es eso lo que predica la iglesia católica?

Considero que este hombre debe dimitir inmediatamente de sus cargos y funciones, que no debe ser reconocido por el pueblo cubano como el representante de la iglesia, sino como el vocero leal del régimen. Este hombre tiene que pedir perdón hoy a los deportados que actualmente pernoctan en las calles madrileñas, a los que aconsejo que se refugien en las iglesias de Madrid, que les exijan a los párrocos que el Cardenal Ortega y Alamino les resuelva la situación en donde los ha metido. La iglesia es lo suficientemente rica y poderosa para pagarles ayudas y hoteles, y hasta pudiera resolverles trabajos que es de lo que se trata.

No puede haber reconciliación con este tipo de personaje mediando entre los cubanos, quienes por otra parte, no hemos sido más que divididos por esa dictadura que él apoya y a la que responde como un cordero, no de Cristo, sino de Castro.

Jaime Ortega y Alamino debe ser expulsado sobre todo de los corazones de los cubanos -si es que alguna vez estuvo en ellos, por lo visto en la misa de Semana Santa, no son muchos los que lo siguen- que alguna vez creyeron en él. Es un mentiroso y un mediador que ha traicionado a Cuba, a los cubanos, y a la iglesia que representa. La iglesia que él representa, por otro lado, ha manifestado su adhesión y apoyo al castrismo. Entonces, tendrán que decidirse, o el amor de Dios, de la Virgen María y de Cristo hacia todos los hombres y mujeres por igual,o el odio de Castro hacia los cubanos.

Zoé Valdés.

Las Damas de Blanco deberían contestar la mentira de este hombre en relación a la deportación de los presos políticos que hoy está en el exilio.