La ética periodística requiere y exige que una persona comprometida con la información no debe usar la información para militar de manera evidente a favor de un partido o una ideología y no debe tomar partido -valga la redundancia- por una línea partidista ni apoyar a un político determinado, tampoco deberá firmar cartas que lo comprometan con la información que divulgue, para que ésta no se vea viciada por su toma de posición política o ideológica. Esa es la ética de un periodista, entre otras cosas.
Julian Assange no es periodista, su ideario (del que se habla como si fuera gran cosa tener un ideario), si es que lo tiene, está más cerca del informante de periodista, o sea, la única idea es mejorar la información de alguien que la trabajará profesionalmente. Es la persona que cobra por dar una información que luego el periodista utiliza en su trabajo. Assange no es más que eso. Un vendedor de chismes diplomáticos, de cables de embajadas, emailes, información secreta, que pirateó, que robó, y luego vendió. Ni siquiera es un informante serio. Ganó millones con eso. No es un periodista, reitero, es un paparazzi de la información, un informantico informático de poca monta. Hacer de él un héroe de la izquierda, un activista comprometido con la libertad de expresión, como se ha querido mostrar en los últimos tiempos (después que se reveló la acusación por violación, además, y que está pendiente sobre él una orden de extraidicion), es otra maniobra de la ultra izquierda latinoamericana, de la socialdemocracia que se nutre del show mediático, y de los que han rebajado el periodismo al intercambio de llaves usb, a twittear estupideces las 24 horas del día, y convertirse en globeros -que no blogueros- de la realidad. Inventan mentiras, escriben un post, y lo lanzan al mundo con la mayor irresponsabilidad e inescrupulosidad que se pueda imaginar uno.
Cristina Saralegui es otra cosa, es una periodista que decidió hacer un show con las vidas de sus entrevistados, me imagino que con previo contrato de ambas partes. El programa fue uno de los más vistos en América Latina y en Estados Unidos -según tengo entendido-, entre el mundo hispano. Fue una precursora del programa de Oprah Winfrey, me dicen algunos; aunque Winfrey llegó a la fama con un excelente programa sobre libros. No fue el caso de Saralegui, que yo sepa.
En Francia, Saralegui no sería considerada una periodista política seria, Winfrey sí. Saralegui sería apreciada exclusivamente como una vedette de los talks show y por su trabajo de entretenimiento sería considerada y respetada. Podría mostrar su simpatía por un partido político y hasta dar su opinión sobre algún político que le interesara, pero su ética profesional se vería afectada si hiciera campaña por uno u otro político. Es muy probable que perdería audiencia y que no fuera considerada ni respetada del mismo modo que antes de que lo decidiera. ¿Por qué? Porque no es concebible que una persona con tal poder deba arrastrar a un terreno de simpatía política personal a toda la audiencia que la admira y aplaude. No es correcto ni ético en relación al rival o rivales de otros políticos.
Hay una diferencia muy grande entre la carrera de Cristina Saralegui y la de Julian Assange, la primera ha mostrado sus capacidades como profesional, al segundo el título que le han querido endilgar de periodista, le queda grande. Es una pena que hasta Reporteros sin fronteras se haya embarcado en tal afirmación. Y no lo niego, también es una pena que Cristina Saralegui, que puede gustar o no a muchos, se entregue y ponga su carrera al servicio de una ideología y de un partido, en favor de un candidato a la presidencia. Pero ella es libre de hacer lo que quiera con su vida y con su carrera. Al parecer, su amor ciego a Obama le importa más que todo su pasado como presentadora de televisión, y como polemista de los medios. Es una elección válida. Ella no debe ignorar que esa elección no es irreversible en su caso, y que le puede pasar la cuenta, o quizá abrirle la puerta a la carrera política, tal vez sea lo que busca. Me imagino que para una señora como ella, hablar antes que Bill Clinton en un evento de suma importancia, le debe tener mojada la chancletica.
Sí, la diferencia es muy importante entre Assange y Saralegui, pero la amalgama política es la misma. En función de la extrema izquierda, de una sola ideología, la que manda en este mundo hipocritón donde absolutamente todo lo que tiene que ver con la cultura y con la comunicación está regido por una única ideología. Y a la que ni siquiera se le puede presentar otra opción que no sea la de derecha, porque necesitan de la derecha para poder existir. Sí, la izquierda necesita constantemente de ese lobo feroz que para ellos es la derecha. Opciones diversas de pensamiento serían imposibles de insertar en un planeta absolutista, envejecido, y falto de ética y de ideas libres. Y todo lo que se les enfrente será considerado por ellos «de derechas».
¿Hubo alguna vez un pensamiento libre de todo ese espectáculo en el que el huerto de una Primera Dama entra en campaña electoral antes que la verdad de un filósofo o el cuestionamiento de un escritor? Lo hubo, pero entonces no eran buenos, eran sencillamente catalogados de malos y hasta de reaccionarios. Para la izquierda todo lo que sea diferente y polémico es reaccionario. Y así es que se hacen llamar progresistas. No he visto a progresistas más a favor del retroceso que estos izquierdosos de título y designados de a dedo por los comités de la censura internacional de la izquierda.
La distinción entre Saralegui y Assange estriba en que la primera tomó una decisión, con la que puedo o no estar de acuerdo. No lo estoy, pero eso no cambiaría nada. Ella tiene su carrera, ha trabajado en ello, y la ha puesto en función de una causa. Tal vez de manera equivocada. Pero es lo que yo pienso, no ella.
Assange es un oportunista más, otro de los creados por internet, que busca fama, millones, y todo esto a costa de los hambrientos latinoamericanos, en su nombre. Es un héroe de dictadores y del populismo mediático, inventado por los que odian al imperio norteamericano, pero que viven de él, día a día, segundo a segundo, chupándole la teta. Así también se llega a presidente de los Estados Unidos, o a tirano de una isla maldita. Con el respaldo de la prensa de izquierdas. Haciendo la publicidad de un antiamericanismo a pulso, pero sangrándolo a diario y llenándose los bolsillos y enriqueciendo sus arcas con los millones que les regala el imperio mismo.
Zoé Valdés.
Ejemplos de periodistas que debieron abandonar su carrera o declinarla hacia otros temas precisamente por conflicto de intereses entre política y periodismo:
Christine Ockrent, su marido, Bernard Kouchner, fue ministro en varias ocasiones, de un gobierno socialista y más tarde de un gobierno de derecha (el de Sarkozy). Pese a que fue denominada la «Reina Christine» de los medios de comunicación, tuvo que abandonar temporalmente su carrera el tiempo que su marido ocupó un ministerio.
Anne Sinclair, su marido Dominique Strauss-Kahn, fue ministro socialista y casi llegó a candidato de la presidencia de la República. Pese a que Sinclair era la estrella indiscutible de la pequeña pantalla debió ausentarse a causa de la nominación de ministro de su marido. Hoy viven supuestamente distanciados tras los escándalos sexuales de DSK y ella es la directora del The Huffington Post francés.
Audrey Pulvar debió abandonar su carrera de animadora en la televisión, que empezaba a despuntar de manera notable, llevaba años ejerciendo el periodismo, al ser nombrado su marido, Arnaud Montebourg, ministro del gobierno de François Hollande. Hoy trabaja en la revista de arte y literatura Les Inrrockutibles.
La periodista Valérie Trierweiler, Primera Dama de Francia actualmente, ha tenido que declinar los temas políticos de los que se ocupaba en Paris Match, para dedicarse exclusivamente a la crítica de libros, ante su negativa a convertirse -según ella- en un florero, que es lo que son para ella las Primeras Damas. Su marido es el actual presidente de Francia.
En Estados Unidos, Jacquie Kennedy fue un ejemplo muy parecido, aunque nunca tuvo una carrera ni remotamente parecida a las anteriores.

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