Es la segunda vez que voy a tomar la defensa de Cecilia Giménez en este blog. Por ella misma primero, y por mortificar después.
El ser humano no puede ser más innoble y degenerado. Lo que han hecho y siguen haciendo con Cecilia Giménez no tiene nombre. Una pobre anciana, con un hijo o hija, enfermo o enferma, que restauraba -según ella misma ha dicho- habitualmente las pinturas de la iglesia de un desconocido pueblo: Borja, decidió hacerlo con un trozo de fresco abandonado en la pared cuya existencia muy pocos habían repertoriado. El fresco estaba tan borrado que apenas se veía. La familia del pintor que lo pintó es probable que ni siquiera se acordara del fresco, o que pasara por delante de vez en cuando observándolo de reojo. La iglesia dejó que esta señora lo restaurara porque se habrán dicho que «peor de lo que está no podrá ponerlo, y mira tú, si lo hace gratis, pues mejor para los bolsillones de nuestras sotanas».
Total, que la señora hizo su versión del Cristo, y sin terminarlo se va una semana de vacaciones, y cuando regresa se encuentra el gran escándalo, el cura de la iglesia no entiende cómo ha podido ella realizar semejante horror, ¡sacrilegio, sacrilegio! La familia del pintor añade que el estado en que ha dejado la obra es horrendo, que el resultado daña las pupilas, y según leí en algún periódico, hasta pensaron en demandar a la anciana. Al final decidieron que había que taparlo, para que nadie lo viera. Por suerte la decisión no prosperó.
Entonces se arma tal rollo periodístico en contra de Cecilia Giménez que no vean ustedes, en twitter la crucifican (menos mal que existe twitter, en la época de Cristo existían las cruces de verdad, durante la Inquisición la hubieran quemado viva), la televisión goza filmándola mientras llora y se lamenta como una buena señora de pueblo, la ridiculizan al extremo, El País publica una editorial comparando la pintura con la crisis española; y la señora cae en un estado de ansiedad del que no ha podido salir ni para las fiestas de su pueblo. Fiestas nunca antes tan abarrotadas después que ella saliera a la palestra pública.
Porque con lo que no contó nadie es que súbitamente cientos de personas empezaron a defender el Cristo de Cecilia Giménez en las redes sociales, y con que hasta se organizaría una Petición para que el Cristo quedara tal como ella lo dejó. Y con que el espectáculo de su pueblo le fuese dedicado, y que le llegaran ramos de flores a la puerta de su casa, y que hubiera una larga cola para retratarse con la obra inacabada.
Creo que fui una de las primeras en escribir a favor de Cecilia Giménez, detrás de mí salieron varios artículos agasajándola, que como era de esperarse jamás destacaron el mío, ni mi iniciativa al defenderla de la plebe endemoniada en su contra. Ahora resulta que hasta se fabrican y venden pulóveres, dulces, crepas, y en cualquier momento harán paellas andaluzas con la cara del Cristo de Cecilia Giménez, y la señora sin ganar un centavo de todo eso, tirada a morir. Todo el mundo forrándose menos ella.
Sí, ya empezaron los abusadores a enriquecerse reguindados de su fama. La iglesia de Borja ayer recibió más visitas que nunca antes en su historia, el pueblo se ha hecho célebre mundialmente. ¿Y Cecilia? Deprimida, tirada en la cama. Ya opiné antes sobre lo que le tienen que brindar a esta señora, exposiciones, compra de su obra, y participación en ferias de arte. Pero ahora, le digo a Cecilia, que se levante y tome las riendas, que la iglesia le tiene que pagar un abogado para que ella inscriba su obra en derechos de autor y cobre por cada reproducción que se haga y que se utilice de manera comercial. El ayuntamiento debiera condecorarla por haber ubicado al pueblo en el mapa internacional. Y debieran pensar en otorgarle el Príncipe de Asturias vestido, que ya sabemos que Don Felipe no es como Harry, no se desnuda ni de premio.
Cecilia, levántese ya, límpiese el rostro de esas lágrimas, y ríase usted también, ríase de los mentecatos que hoy ya empiezan a escribir sobre usted, y que pronto empezarán a encumbrarla y a compararla con Caravaggio, Artemisia y Leonardo Da Vinci.
Vamos, querida señora, que en el mundo todavía unos pocos necesitamos a gente con su iniciativa, su generosidad, y su idea artística de la vida.
Zoé Valdés.

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