
AMISTAD.
Existió todo desde el principio de manera tan natural, aunque por el contrario nada común, porque primero fue la risa y en verdad muy pocas palabras; qué manera de reírnos juntos durante todos estos años, enseguida le siguió un inmenso cariño, luego el respeto, la admiración, por una obra en la que se había impuesto la genialidad y el magisterio.
No había algo que hiciera que no estuviera impregnado de su gran genio y en lo que nos brindara una enseñanza. Todavía hoy mientras observo sus cuadros voy adivinando y comprendiendo lo que nos quiso decir a veces con una sencilla pincelada que transformaba a una mujer festiva en mujer rota, a un guerrero en un ángel del deseo, a un marinero en niña dulce.
Es una amistad que se manifestó siempre clara, transparente, de una belleza insustituible, y que hizo de mi vida una obra de arte. Es una amistad que también es una obra de arte. Como único concebíamos la amistad entre nosotros.
Leo sus dedicatorias en los libros, sus tarjetas de cumpleaños, siempre dibujadas e ideadas con alguna sorpresa que me complaciera hasta el júbilo, y voy leyendo en su alma, dadora y espontánea, refinada, y tan culta y personal, cubana y universal.
Línea a línea, trazo a trazo, voy descifrándolo de nuevo, en esta nueva dimensión a donde ha volado, semejante al ave en uno de sus últimos dibujos escapada de una jaula que, sostiene más o menos a lo como puede, un joven descamisado y atolondrado que no sabe cómo equilibrar encima de su cabeza tantas y tantas jaulas.
Quisiera creer que se trata de una horrenda pesadilla, y que voy a despertar y voy a verlo sentado en el salón, dispuesto a irse a zapatear las calles de Paris, muy matinal, muy presto para los museos y las aventuras, y que al rato regresará y nos beberemos un café Nespresso en la cocina mientras comentamos otra vez lo que ha significado para nosotros el arte y la libertad.
Sólo quiero que esté aquí para siempre, que vuelva por mucho más tiempo. El tiempo que se merecía, que nos merecíamos todos juntos.
Él sabía como nadie lo que significaba para mí la amistad, porque para él era lo mismo: todo un misterio desplegado, de amor, desprendimiento y entrega.
Él me conocía como nadie, y por eso me defendía de mí misma.
Él y su hermana Enaida hicieron del amor fraternal una leyenda única, un núcleo perfecto de vida, amor y creación. Y fueron tan generosos que lo compartieron conmigo, como una hermana más. No hubo un instante en que yo no pensara en ellos cuando apreciaba un cuadro en una exposición, o cuando degustaba un dulce en una dulcería, o allá, frente a una máscara, en Venecia o en Lima, y hasta frente a las montañas que me recordaban las montañas de Tenerife. Y así sucederá siempre que estaré en lugar donde estará él conmigo. Donde estaremos Ena, Rami y yo.
Si tuviera que definir la amistad perfecta, al amigo ideal, diría que lleva un nombre, el nombre de un gran hombre, de un hombre bueno: Ramón Unzueta.
Zoé Valdés, a un mes.

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