
Sigue un estudio sobre Courbet, espíritu sincero en mente montañesa, pintor leal de lo doloroso y lo pujante, enemigo rudo y burlón de lo convencional y de sus criaturas, batallador de suyo, por no haber hallado el mundo real conforme al ideal, y poner su ímpetu en echar abajo los obstáculos que impiden a su juicio aquella final y maravillosa yuxtaformación; batallador terco que, de ver tanto la lidia en sí, llegó a ver siempre batalladora a la Naturaleza, y de ver las injusticias sociales, vició en ellas sus ojos, y a la Naturaleza misma pintó en sus horas desvastadoras y aparentemente injustas. En el estudio de Courbet están su obra fanática en la «Commune» de París, su «Muerte del ciervo», su «Lucha de los ciervos», sus burlas a los clérigos vinosos, su músico adolorido, su «Entierro en el cementerio de Ormans», donde sobre un lienzo que rebosa figuras, tristes unas, otras groseras, otras indiferentes, como las que lleva a los enterramientos una práctica vulgar y vanidosa, se dilatan las colinas serenas y espaciosas del valle del Loue. Y el estudio cuenta de prisa, sin penetrar en la causa de las acciones, ni desfibrar los elementos del carácter, cómo aquel hombre exuberante, seguro de sí propio y turbulento, batalló con los comunalistas, los ayudó a echar abajo la columna de Vendôme, y murió triste en Suiza, envuelto acaso en aquella colcha que compró en un invierno a un judío, y agujereó por el centro para que le cupiese por el agujero la cabeza, con lo cual ayudó a su fama de hombre original, y tuvo sobretodo para el duro invierno.
José Martí.
La América, Nueva York, febrero de 1884.



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