Detesté y detesto los mítines de repudio; en Cuba los viví y padecí en carne propia, también los sufrió mi madre, cuando yo me exilé, así la enfermaron insultándola, gritándole improperios en plena calle, ensordeciéndola, haciéndole bulla a toda hora frente a la puerta de la casa y la acosaron burlándose de ella sin parar. Por eso no puedo estar de acuerdo con los actos de repudio en contra de nadie y menos desde el exilio.
Dicho esto, comprendo que se pueda estar en desacuerdo con personas significativas que no se aclaran en relación al castrismo, y que un día dicen una cosa y otro día arremeten con su contraria. Ese cantinfleo hiere sensibilidades, sobre todo cuando se trata de ignorar a las víctimas y a sus familiares, y a todo un exilio al que se le ha escamoteado siempre su derecho a defenderse y a exponer sus criterios claramente, y hasta a ser comprendidos. Por lo cual, es hora ya de que los que vayan a referirse al tema cubano al menos se alfabeticen.
Por supuesto que el derecho a manifestarse en contra existe y es válido, pero debiéramos también y sobre todo, empezar a tener el derecho a la grandeza, o sea, a demostrar que nuestro dolor es más grande que sus ofensas, más digno, porque es más sabio, más verdadero, más auténtico, más respetuoso y respetable que sus mentiras, ignorancias y hasta manipulaciones que sólo obran a su ventaja y favor.
Ahora, es verdad que oír decir en la Torre de la Libertad que el embargo norteamericano es injerencista y obsoleto, que hay que liberar a los Cuatro cuatreros asesinos de los pilotos de Hermanos al Rescate, no es fácil. Sin embargo, yo propongo la grandeza. Propongo que antes de hacerle un mitin de repudio a Yoani Sánchez vayan aunque sea a rayarle un yiti al quinto espía que hace meses campea por sus respetos por Miami.
Zoé Valdés.

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