Un comentarista entró hace unos días en mi blog y dejó una de esas parrafadas lastimeras donde afirmaba sin que le temblara un ápice de vergüenza: «yo sé que usted ha tenido una vida lasciva»; en su texto el término «lasciva» se podía leer en forma despectiva, como insulto. A los insultos ya me he acostumbrado, eso es lo que verdaderamente ha aportado internet, sobre todo en los blogs cubanos, el insulto, la infamia, la difamación, y la bajeza, sin dar la cara, por supuesto.
Este señor, que seguramente firma con un seudónimo, a quién no conozco de nada, ni me conoce de nada, afirma tan a la ligera que yo he tenido una vida lasciva. Una calumnia, otra infamia más.
Este señor seguramente no sabe lo que es la literatura y juzga mi vida por mi literatura. Allá él.
Siento decirle que yo no he tenido toda la vida lasciva que hubiera querido y habría deseado tener en la vida real. En la vita literaria, en la mía, en mi escritura, sí que la he tenido, desenfrenadamente, a chorro y chorreada.
El término «lascivo» nada tiene que ver con promíscuo, por cierto. Desde hace veinte años llevo una vida muy lasciva con mi esposo. Lo que seguramente para este señor tan informado sea pecado, culpa, y desde luego yo sea digna de ser lapidada o quemada en la hoguera.
Yo nunca he sido santa de nada, como no sea en la pintura de Cepp Selgas y de Ramón Unzueta, donde he sido santa, meretriz, japonesa, china, mataperra, pandillera, maga, adivina, y unas cuantas cosas más propias de la imaginación de estos inmensos artistas.
El pintor Sergio Lastres me pintó también junto a Remedios Varo, la pintora a la que le dediqué una novela titulada La cazadora de astros (2007), publicada por Plaza Janès, yo no conocí a Remedios Varo, pero pude hacerlo a través de la obra de este pintor, estar a su lado en su imaginación, aunque sobre todo a través de mi propia novela pude incluso hablarle, susurrarle. A eso se le llama, reitero, imaginación. El señor de marras al parecer todavía no se ha enterado.
En cuanto a mi vida lasciva, haya existido o no, a nadie le importa más allá de lo yo que escriba, y que será, sin duda alguna, literatura.
Por lo demás, cada cual es responsable de su descomunal incultura. Los libros siempre estarán ahí, sólo hay que elegirlos, antes que soltar sandeces en blogs, facebook o twitter.
Zoé Valdés.


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