Un señor que peina canas, de rostro tan arrugado como enrojecido semejante a un trozo de carne de puerco horneado al carbón, se presenta en mi muro, muy trajeado y de cuello y corbata él, grita improperios en mi contra. Todo porque no estoy de acuerdo según su sacrosanta opinión con la elección que ya él y un grupito como él hicieron para el futuro de Cuba.
Este señor debe de contar más de setenta años, debe de ser de los mismos que puso a Fidel Castro en el poder hace más de medio siglo y que enseguida se largó a Los Ángeles, para -decía entonces- tumbarlo desde lejos, dejándonos a nosotros, recién nacidos, abandonados a nuestra suerte.
Hoy, no sólo me vuelve a abandonar, además me crucifica. Como que no tengo tiempo y no se puede razonar con un señor que lo llama a uno de todo, opto por borrarlo. No existe en Facebook, pero existe en la vida real. De ahí se borrará él solo, o la historia se encargará.
En Facebook los aliados a este señor, a quienes yo no les pedí como amigos, pero que sin embargo los acepté cuando ellos me pidieron en amistad, se han rebelado también. Algunos me desean la muerte, otros amenazan mi estabilidad emocional, intentan chantajearme, me amenazan que acudirán a denunciarme a bibliotecas, que habrá juicios en mi contra, tribunales, y otra vez surge el fantasma terrorista de la muerte. Como en la Cuba de los Castro, sólo que vivimos en el exilio, donde se supone que uno pueda vivir y opinar en libertad.
Es sábado de gloria en Facebook. La alevosa gloria de los extremistas y recalcitrantes cambiacasacas de toda la vida. Así va el mundo. Unos lavan y besan pies, y otros lamen botas desde que sustituyeron a Cristo por Castro y no han sabido vivir si él; en el mejor de los casos chupan dedos de estatuas, a la manera de Buñuel, pero sin el deseo, sin la gloria. Que al final, al igual que en la canción, eres tú. Tú, que chuparas sin descanso solamente aquello que te provocará placer, con tu lengua tan puntiaguda y mordaz como el ají guaguao.
Zoé Valdés.


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