Ramón Unzueta: Los cordones desabrochados.

A veces salíamos juntos hacia el mediodía, escapados de la escuela, a desandar los bulevares habaneros, abrazados, sudorosos, hambrientos; él con los cordones de los zapatos desabrochados, pisándoselos. Yo tratando de corregirle el defecto. En uno de esos cumpleaños en los que la escasez nos arrebataba el deseo de hacernos buenos regalos le compré a él y a Ena dos libritos infantiles, el suyo muy apropiado.

Nos quedábamos embobados frente a las vitrinas de las tiendas, en aquellos portalones repletos de gente ansiosa, no había nada que mirar, salvo nuestros rostros, haciéndonos muecas mutuas, bizcos, sacándonos la lengua, riéndonos de nosotros y de los rostros de los paseantes que nos observaban aturdidos como si fuéramos turulatos o ¡comemierrrrrdas!, de ese modo nos llamaban menospreciando nuestra alegría, adolescente la suya, la mía joven e inmadura.

-Todavía él es un niño, se le acepta, pero a tí, tan zangaletúa, ¿no te da pena? ¡Inmadura! -rezongó una comisaria de la risa.

Él siempre pareció un niño.

Nos reíamos todavía más.

Una tarde estábamos en la cola de la pizzeta a 1,50 en el Bulevar de San Rafael y él hizo una de sus maldades, amarró el cordón de su colegial vaquetetumbo al cordón de uno de mis tennis negros de seis pesos, aquellos que embadurnábamos de betún, siendo de tela, para no tener que lavarlos y para que nos duraran más. Al final teníamos que botarlos intactos de la peste a chicote que cogían.

Cuando di un paso adelante advertí su broma, pero lo dejé hacer, compramos las pizzetas y caminamos todo el trecho del Bulevar de San Rafael hacia el Parque Central anudados por los pies. La gente no entendía. Esa gente nunca nos entendió.

Zoé Valdés.

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