Murió Alfredo Guevara hoy 19 de abril a la edad de 87 años. Mi madre nació un 19 de abril, murió con 71 años en el exilio, eso sí, bien cuidada, y rodeada de sus familiares cercanos, en el Hospital Saint-Antoine. Le mandé a hacer una tumba de mármol rosado en el cementerio de Père Lachaise. Mi madre nunca soportó a Alfredo Guevara.
Alfredo Guevara murió -como era de esperar en su caso- en una clínica de lujo en Cuba, de las que sólo existen para viejos dirigentes como él. Por lo que leo murió solo, más bien acompañado de dos extraños, de su secretario y de un viejo loco fanático e hijo de puta de Miami, uno de los que le que le llenaba el estómago y el refrigerador, de vez en cuando, de pollos del Sedano y de Medianoches zapatúas.
Sí, en efecto, por lo que leo, por todo aquello no andaban su hermano (no sé si seguirá vivo), ni su sobrino, ni siquiera el hijo «adoptivo», que fue su chofer, y más… ni la esposa del hijo adoptivo, ni los nietos adoptivos, ni sus mejores amigos, o sea… Tampoco estarían ni Fidel ni Raúl. Aunque a él, en los cumpleaños, quien verdaderamente le interesaba que lo felicitara era Fidel. Se desvivía los 31 de diciembre esperando a que sonara el teléfono, deseando que fuera el ‘Jefe’ para felicitarlo. Cuando se trataba de otra voz atendía con desgano y colgaba sin explicaciones, entrándole una ansiedad indescriptible e inaguantable.
Murió Alfredo. Yo lo quise, por ósmosis. Ahí sí que fue por ósmosis. Hasta que descubrí que nos había engañado, no solamente a mí, ni a los otros, sino a varias generaciones; no fue intelectual ni nada. Sólo se interesaba en mí porque yo era la mujer acompañante de quien realmente le interesaba a él. Leo por ahí que si intelectual, que si creador del ICAIC, todo mentira. Sólo era un petulante con ínfulas, culto hasta donde se lo permitió su obsesión marxista y castrista,, sobre todo fidelista. Tampoco fue del todo castrista, ni del todo marxista. Como no fue del todo homosexual, ni del todo cubano, ni lo suficientemente afrancesado como pretendía. Una vida de mentira. Dejó un libro mediocre (lo sé porque yo le recopilé los artículos y traté de que le cambiara aquel título rimbombante: ‘Inundar el mundo de belleza’), y escritos más mediocres todavía. Carlos Franqui lo describió magistralmente en Retrato de familia con Fidel como «el cerebro gris» de la revolución cubana. Guillermo Cabrera Infante lo inmortalizó como el Comisario político en Delito por bailar el chachachá.
Le gustaba humillar a las mujeres, las despreciaba, o por el contrario se servía de ellas, típico de algunos tartufos cubanos.
No tengo por qué agradecerle que me haya permitido viajar fuera de Cuba con mi familia porque ese era un derecho con el que quiso chantajearme y humillarme una vez más. Y no fue el ICAIC quien me pagó el viaje, y mucho menos él, al que le costaba pagarle a uno un chocolate.
Pude decirle todo lo que pensaba del comunismo y de Fidel Castro en su cara, y me tuvo que oír. Lo hizo porque ya yo me iba. De todos modos fui de las pocas mujeres a las que -según él mismo reconoció en público- respetó intelectualmente y decía que de todos los que habían salido con él yo había sido la que más había aprendido en Francia. No me hizo ningún honor, aprendí a contracorriente de sus intenciones, porque que yo aprendiera, que yo me cultivara como escritora, no estaba para nada en sus planes, más bien todo lo contrario. Cuando me largué se vanaglorió de haber salido de nosotros.
La última palabra que escuché hace veinte años en su boca referida a mí fue «cloaca». Lo puse como botija verde. ¡Decirme él cloaca a mí! ¡Él, un verdadero vertedero de estiércol perfumado con Roger Gallet!
Me enteré de su muerte aquí en Serbia, mientras presentaba uno de mis libros. Salí con mi traductora a tomarme un helado, y no sentí nada. La heladería se llama Gloria, como mi madre. A mami le encantaba el helado de coco. El exilio me ha lavado, más bien me ha restregado de adentro hacia afuera, ahora sí que estoy como nueva. No sentí nada. La novela ya no podrá esperar más.
Entretanto, un adelanto con El hombre profundo, en una primera versión que habrá que retrabajar. Espero que aquellos que lo conocieron más que yo, aquellos que se beneficiaron muchísimo más, escriban lo que tengan que escribir. En una época nos confundió casi magistralmente haciéndonos pensar que la única solución pasaba por él. Típico de los Fouchés palaciegos en los regímenes totalitarios.
Zoé Valdés.

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