La celda de Marie-Antoinette en La Conciergerie, París.

Una diminuta pila bautismal, una jarrita de porcelana, una cruz. Allí resistió Marie-Antoinette los peores insultos, los más obscenos. Ahí, en esa celda en penumbras, preparó su autodefensa. Hasta que su cabeza encanecida en breve tiempo, besada otrora hasta la saciedad, rodó a los pies de un verdugo encapuchado. Fue en ese instante único cuando él se permitió mirarla fijo a los ojos.

Zoé Valdés.