
Un año, Rami, ha pasado sin tí, aunque más que nunca contigo; en cada pieza del rompecabezas que es la vida apareces tú, alentador o en alerta contra cualquier naufragio. Mojas la punta de los pinceles con tus labios, «envenenándome de azules» decías, y así llegas, todo azul, todo tú, en ese índigo tan buscado por Vincent Van Gogh, el añil que nos quedamos por ver allí donde se pegó el tiro en pleno centro del pecho, queriendo situar al corazón como diana, de donde regresó cojeando hasta su cuarto en la Auverge Ravoux, en Auvers-sur-Oise, y donde lo descubrió el propietario del hotelito Arthur Ravoux gravemente herido. No pudo hacer nada el doctor Gachet por el joven maestro obsesivo de los azules, dos días más tarde murió, a la edad de 37 años. Allí, en el pequeño cementerio está su tumba, junto a la de Théo, su hermano, con quien mantuvo una de las correspondencias más sabias y extraordinarias que yo conozca.
En su cuarto, estrecho, pobre, estuvimos Ena y yo, hablando de tí, de la grandeza de tu pintura y de tu sencillez de hombre honesto. Allí, a donde siempre pensé que te llevaría alguna vez, para pasearnos por los senderos repletos de girasoles imaginarios, arborescentes de arbustos salvajes, empedrados de gemas en bruto de un resplandor insólito; allí donde no alcancé a llevarte nunca. Allí, donde quizás ya hayas llegado sin mí.
Duerme bien, niño amado.
Zoé Valdés.

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