Dos tomos de los 27 de la voluminosa obra martiana están dedicadas a las traducciones que hizo José Martí, el mayor escritor que ha dado Cuba, sin duda alguna. El Tomo 24 y el Tomo 25. Entre esas traducciones hay algunas importantes novelas. Se ha dicho que Martí no fue un gran novelista, y que su única novela ‘Lucía Jérez’, es apenas una noveleta sin importancia comparada con su obra. Con lo que yo nunca he estado de acuerdo. Lucía Jérez es una gran novela.
También se afirma que para ser un gran traductor hay que ser un gran escritor, lo que en Martí estaba más que confirmado. Martí no bajó del pedestal de la escritura para ganarse la vida como traductor, aunque también. Martí amaba la traducción, y muestra de ello son sus excelentes traducciones, como es el caso de la novela ‘Misterio’, de Hugh Conway, o nada más y nada menos que ‘Mis Hijos’ de Víctor Hugo.
Al estudiar las traducciones de José Martí podemos encontrar de dónde también bebió Martí, no sólo de los maestros europeos, como Víctor Hugo, sino también de los escritores populares, como fue el caso de la novela ‘Ramona’ de Helen Hunt Jackson. Es conocido que se ha reiterado en múltiples ocasiones que la traducción de ‘Ramona’ es mejor que la novela en su lengua original, lo que quiere decir, entre otras cosas, que José Martí se entregaba plenamente a su trabajo de traductor como al de escritor. Y es que no hay uno sin otro.
Un traductor felizmente no es, como tanto se ha difamado en la mayoría de los casos, un escritor frustrado, no; un traductor es casi siempre un escritor, un poeta que interpreta, traduce, pero también reinventa a través de su escritura y de su idioma la escritura y el idioma de otros. Hay que tener mucha humildad, cultura y oficio para alcanzar a ser tan buen traductor como escritor. Martí lo era.
Zoé Valdés.

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