Editorial: Después de las fiestas con Julio Cortázar. Por Zoé Valdés

La obra:

Leí ‘Rayuela’ de Julio Cortázar en una edición de CASA de las Américas, yo tendría unos diecisiete años, más tarde leería sus cuentos, poemas, y la traducción que hizo el escritor de ‘Memorias de Adriano’ de Marguerite Yourcenar, creo que en el año 1958, si mal no recuerdo. ‘Rayuela’ fue un «bouleversement» para mí, porque en ella veía la ciudad de París distinta que en otras lecturas, por ejemplo muy diferente que en Balzac, o en Zola, Dumas o Eugène Sue con ‘Los Misterios de París’. Yo soñaba con vivir en esta ciudad, por culpa de mi abuela, que declamaba a Baudelaire en francés, sin saber francés, con un acento irlandés que le salía espantoso; mi abuela era de origen irlandés, cuando hablaba español no tenía acento, cuando hablaba francés le salía un acento horrendo en francés.

Con ‘Rayuela’, que es como una novela como una ecuación de Poincaré, y ya conocemos lo que decía Poincaré de sus ecuaciones: «Al final de cada ecuación está esperando la poesía», una novela como una ecuación matemática, pude habitar esta ciudad vista por un argentino, por un amante del jazz, por un caminador de ciudades, que así se describía Julio Cortázar. Me enamoré de Horacio Oliveira y le temí a La Maga, a la que conocí años más tarde, en su versión original, y era de verdad para temer, o sea, conocí a la persona que inspiró al personaje, y que según cuentan convirtió a Cortázar en un castrista. Es una novela laberíntica, construída como en un puzzle o rompecabezas cuyos fragmentos serían como esquirlas de espejos. Fue una de las primeras novelas que me dieron la clave para entender que la novela podía ser todo, que como escribió Proust: «la vida es una novela», pero con Rayuela cabría añadir, «la novela es la vida fragmentada». Cortázar cuestionaba el poder del tiempo, su misterio lo describía con silencios que conducían al jazz siempre, estudiaba y filosofaba de forma oblícua sobre los vacíos que deja la añoranza de las sombras, en esos vacíos en los que hay que engarzar momentos ulteriores o posteriores al acontecimiento narrado; hay que recordar que Blow up, la película de Michelangelo Antonioni está basada en ‘Las babas del diablo’, un cuento de Cortázar, que no es de los mejores. ‘Rayuela’ es una novela en la que la fantasía es verdad, por fin, la fantasía es palpable, porque es la verdad del narrador que desafía al tiempo en un partido de ajedrez.

‘Rayuela’ fue un descubrimiento de primera juventud. Sin embargo, Julio Cortázar no fue un maestro, no lo considero uno de mis maestros; más que su novela me inspiraron los ‘Famas y Cronopios’, y esa poesía tan íntima silueteada por la melodía del jazz.

El poema:

Conocí a Julio Cortázar en los años ochenta en Cuba, sería a inicios de los ochenta, yo tenía veinte años. Fue en una fiesta en la casa de una periodista mexicana en el Vedado (yo todavía vivía en La Habana Vieja y para mí el Vedado era un territorio inalcanzable); al día siguiente yo debía llevarle unos libros de Manuel Pereira al Hotel Riviera donde se hospedaba. Sorpresivamente me entregó un poema, que me había escrito y dedicado. El poema describe la fiesta en la casa de esa periodista, y tal como dice es verdad que los invitados se fueron yendo, y sólo quedamos él y yo, solos en la pequeña sala, entre nosotros una mesa redonda con ceniceros repletos y vasos sucios. Él me preguntó algunas cosas, era muy tímido, como que a qué me dedicaba, le dije que escribía poesía, con una tremenda timidez también, y así siguió la conversación entre dos tímidos.

De modo que al día siguiente me entregó ese poema, y yo los libros. Me hizo algunas preguntas sobre la juventud y el sistema, dijo «sistema», al rato corregiría por «revolución». Cuando había otras personas delante en otras ocasiones siempre dijo «revolución». Como es sabido Julio Cortázar apoyó al régimen castrista, pero al inicio no lo hizo por inspiración propia, después apoyó al sandinismo, en el que se implicó mucho más. Pero ya en el año 1983 se le notaba algo desconfiado, o al menos así lo presentí yo. Nos vimos más veces, fue breve, intenso, aunque hermoso, solamente encuentros entre una lectora y el escritor. Recuerdo que estaba muy triste por la muerte de Carol Dunlop, su última mujer, muy apesadumbrado.

Cuando yo llegué a París en 1984, que lo llamé, llegué en enero, ya estaba muy enfermo, y murió en febrero. Mi primer acto social en París fue ir a su entierro en Montparnasse, fue muy emocionante, de una inmensa melancolía, hacía mucho frío, y ahí estaban todos sus amigos. Pusimos una rosa roja en su tumba. Fue un momento muy parecido a algún otro momento en ‘Rayuela’, o a uno de sus cuentos, por algo relacionado siempre con ese tiempo del jazz, sublime y abrumador al mismo tiempo, que todavía no sé por qué a mí me da la impresión que fue así.

Aprecio mucho a Aurora Bernárdez, su primera esposa, y conversé en muchas ocasiones con el poeta Saúl Yurkiévich, en su casa, sobre Julio Cortázar. Juntos recordábamos su rostro aniñado, afilado o delineado a veces por esa barba tan bien cuidada. Fue un gran amigo de José Lezama Lima. Es que en el fondo, además de ser el escritor que era, pues sabía cuidar de la amistad, y mimarla con suma elegancia y respeto. Hay varias fotos del fotógrafo cubano Chinolope, de Julio y Lezama, da gusto verlas y volver a verlas. Como mismo leo y releo yo el poema que me dedicó.

A ese poema le respondí yo con otro poema, aparecen, ambos, en ‘Todo para una sombra‘ (1986, reeditado en 2014).

Zoé Valdés.

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