Antes tenía detrás de mi cama, colgado en la pared, una Marilyn de Andy Warhol, ahora tengo un enorme Martí de César Beltrán. Como cada año, por estos días, sueño mucho con Martí. El año pasado tuve un sueño erótico con el apóstol, pero este año no fue así. Este año soñé que Martí y yo hacíamos un largo viaje, a un país muy montañoso, y subíamos todas esos pedruscos cargados de nuestras mochilas. Nos deteníamos sólo para beber agua, o para intercambiar alguna sonrisa.
En una de esas paradas Martí se sentó un rato, cosa rara en él, porque si Martí era incansable en la vida real, en los sueños lo es mucho más, es agotador. Entonces me pidió que le frotara la espalda, tenía calambres. Yo le di un masaje en la espalda a Martí, que él agradeció recitándome un poema de los Versos sencillos. Martí es un gran agradecedor. Ya sé que se dice agradecido, pero me gusta más agradecedor, que es lo que corresponde a Martí.
Al rato seguimos rumbo al pico de la montaña, mientras Martí tarareaba un bolero de Panchito Riset. A mi me faltaba el aire y Martí iba cantando como si nada. Por fin llegamos a una cuesta en una ladera, entonces fui yo la que rogué que nos detuviéramos a descansar. Bebimos de un licor exquisito para calentarnos, pues hacía mucho frío. Entonces, de nuevo, Martí me rogó que le rascara la espalda, obedecí de inmediato.
El resto del sueño fue caminando junto a Martí, que me hablaba de la independencia de Cuba, de su vida en el «monstruo», y de sus «entrañas», las del «monstruo». De súbito avizoramos a lo lejos un venado, raro por estas tierras, y Martí risueño quiso acercarse para acariciarlo.
Zoé Valdés.


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