DÍA DE REYES.

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Yo tenía siete u ocho años. Mami se había pasado semanas de semanas haciendo cola para el teléfono público de la esquina, colgada al auricular, para poder conseguir un número decente, finalmente le dieron uno de los últimos, el quinto día, o sea, para cuando apenas quedara nada. Ese año los reyes no fueron muy pródigos, llevaban años sin serlo, y no estarían mucho mejor en años posteriores; aún cuando yo intentaba ser una niña modelo. Creo que fue a partir de esa edad en que me empezó a quemar la rabia por dentro. Y me ripiaba a piñazos con los varones en el aula, y llegaba de la escuela con la camisa gris rajada por la costura del medio. No creía ni en mi sombra.

En esa foto todavía en el barrio me llamaban Mamota, irónicamente, por supuesto. Es un seis de enero, estoy vestida con un traje de pepilla, que era un juguete básico, o sea, considerado básico, de los tres que vendían por la libreta: básico, no básico, y dirigido. Mi madre, después de haber adquirido el famoso numerito, se dedicó a dormir en el quicio de la ferretería La Mina, al doblar del solar en el que vivíamos, para ver si mejoraba el turno. Nada, el número mil y pico del quinto día.

Me tocó, como juguete básico, ese juego de pepilla: una saya de vinyl, una enguatada azul cuello de tortuga, un pañuelo a la cabeza, una cartera comando de vinyl, el juguete no básico fue un juego de tocador, y el dirigido un juego de yaquis. Punto.

En esa foto estoy en la azotea de Muralla 160, entre Cuba y San Ignacio, a mi izquierda, los palomares de mi abuela, fue ella quien me hizo la foto. Es la única que tengo en el solar.

Era un día de reyes, y después de esa instantánea me fui a mataperrear al parque Habana, con Maritza, Pepito, y Andrés Landa Lora.