A través del cristal de la ventana de un café a orillas del Sena.

Otra foto de Daniel Mordzinski. Esta data del invierno de 1995. Yo estaba recién llegada. El fotógrafo me pidió que me virara hacia la ventana, y que observara el exterior, de manera que para su lente yo quedaba de perfil. Antes detestaba mi perfil, poco a poco me ido reconciliando con mi ñata, herencia del chino que late con mayor intensidad a medida que el tiempo pasa, dentro de mí.

A través del cristal de la ventana de aquel café a orillas del Sena volví a contemplar el mundo con pavor. Los autos pasaban velozmente, y las mujeres se dirigían a pasos seguros y sonoros a algún  sitio donde seguramente eran esperadas. Los hombres lucían elegantes, enfundados en abrigos oscuros, en la mano llevaban una pesada maleta de abogados. En Cuba, a esas maletas de cuero negro se les llamaba maletas de abogados, que yo recuerde.

Otra vez debía de enfrentarme al mundo, y aquello volvió a parecerme imposible. Todo era demasiado vasto, me sentí tragada y escupida por los espacios. Al poco tiempo, fui entendiendo que el mundo, las ciudades, los pueblos, poseen la medida exacta del ser humano, sólo es cuestión de encajar en la estatura, de cogerle tachones a los ángulos, como haría una modista, cuando a veces algo nos queda demasiado grande.

El café dentro era sombrío, pero poseía ese hermoso cuadro detrás. La desnudez de la mujer iluminaba el ambiente, aclarado por la luz azul que entraba desde lo más profundo de la temporada. El invierno aquí es siempre azul.

Yo había cumplido 35 años, y ya me sentía antigua. No me sacaba las cejas.